Cultura

La última de Heredia: “La cola del diablo”

Por: Daniel Noemi / Publicado: 16.05.2019
Uno de los personajes en la novela, un obispo ya octogenario, recuerda el caso de Cristián Precht: alguien que hizo una labor a favor de los derechos humanos, sin dudas encomiable y que, también sin dudas, cometió crímenes horribles. Hay un sentido y una relevancia que podemos llamar radical en lo que hace Díaz Eterovic: devuelve a la realidad de la ficción la realidad y, con ello, la instala en el imaginario social y político de una manera que la (mera) realidad es incapaz de hacerlo. La novela, al establecer un vínculo directo entre la represión brutal durante la dictadura y la brutal impunidad de la Iglesia, nos sacude de nuestros asientos y nos obliga a pensar en lo que es el problema central: el de la justicia.

Desde antes de siempre la literatura ha sido una manera de hablar de la realidad. Para soñarla, criticarla, pensarla u olvidarla, para divertirnos con ella, para saber que, a fin de cuentas, hay algo más que se niega a estar constreñido por una lógica de resultados y eficiencia. Mucho se ha escrito sobre el papel (rara palabra) de la literatura y mucho más se va a escribir porque hay, como dijera bellamente Cernuda, una realidad y un deseo que nos impelen a buscarla, una y otra vez.

Así, cuando leí la última novela de la serie de Heredia, La cola del diablo, todo esto me revolvió la cabeza. Acababa, además, de estar en una (bella) defensa de tesis doctoral que hablaba de los policiales y su humor y de cómo ese humor termina desvaneciéndose ante la inclemencia de la realidad. En el caso latinoamericano, como han escrito Taibo II, Padura, Cazorla y mi amigo Mempo, entre otros, esa relación es compleja y tiene mucho que ver con la pinche historia que nunca nos deja tristemente de golpear y sorprender.

Desde La ciudad está triste, creo que por allá el 87, Díaz Eterovic nos ha invitado a beber (literalmente) de ese encuentro. El recorrido ha sido, como todos, desigual, con ángeles y solitarios, deseos secundarios, amores y forasteros, y muchas, muchas, demasiadas, muertes. A ratos su romanticismo puede herir ciertas susceptibilidades; el recurso excesivo al refrán y frase hecha, cansar; en ocasiones, el desgaste de la vida del detective se traslada al desgaste de la escritura. Sin embargo, sin embargo, hay algo –una belleza, un sentido y un sentimiento– que persiste (románticamente) y que es tan lejano a la literatura que irremediablemente se convierte en ella. Sí, Heredia ha pasado a las pantallas (estoy esperando la serie de Netflix que espero nunca llegue) y, en algunos círculos, es un personaje de culto. Simenon ha dejado de ser un prolífico escritor para convertirse en un gato alucinante. Es curioso, sin duda. Heredia junto a Conde, Belascoarán Shayne y, en menor medida, Kurt Wallander, insisten en devolvernos la realidad de nuestra realidad.

La pregunta que despierta la lectura de La cola del diablo: ¿Cuál es el sentido de una trama que vuelve a mostrar –reitera y refuerza—la corrupción en la Iglesia católica, su defensa de pedófilos y abusadores y asesinos en todas sus esferas, algo que a estas alturas del partido ha pasado incluso y jodidamente a tener algo de deja vu?

Hay un sentido y una relevancia que podemos llamar radical en lo que hace Díaz Eterovic: devuelve a la realidad de la ficción la realidad y, con ello, la instala en el imaginario social y político de una manera que la (mera) realidad es incapaz de hacerlo. La novela, al establecer un vínculo directo entre la represión brutal durante la dictadura y la brutal impunidad de la Iglesia, nos sacude de nuestros asientos y nos obliga a pensar en lo que es el problema central: el de la justicia. ¿Cuál es la justicia posible para Marta, la joven asesinada por saber de los abusos contra niños? ¿Cuál es la justicia hoy por esos horrores y por los horrores que sucedieron después de 1973?

Uno de los personajes en la novela, un obispo ya octogenario, recuerda el caso de Cristián Precht: alguien que hizo una labor a favor de los derechos humanos, sin dudas encomiable y que, también sin dudas, cometió crímenes horribles. Heredia acepta un trato con Valdemar, el obispo, en el que a cambio de parte de la verdad, él queda libre. Así, La cola del diablo mete esa cola en esa justicia en la medida de lo posible que, ayer como hoy, se instala y se convierte en la única posible. ¿Pero tiene que ser así? ¿No es, acaso, posible una justicia otra, radical? A pesar del desencanto obligado que atraviesa el rostro y el hígado de Heredia, se abre una puerta hacia el futuro de la que no hablaré para no romper el encanto que la primera lectura siempre conlleva. Solo digamos que al final –después de la irónica nota en cursiva diciéndonos que toda semejanza con la realidad es solo casualidad—nos queda la esperanza de un futuro mejor. Y eso, viniendo de Heredia, es mucho decir.  

La cola del diablo

Ramón Díaz Eterovic

LOM Ediciones

296 páginas

Precio de referencia $12.000

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