El 17 de noviembre de 2008, el año en que se desata la última gran crisis financiera en el mundo, Carlos Altamirano Orrego recibió al equipo de Revista Babuino (revista universitaria de ese entonces) para conversar sobre el poder, la economía y la izquierda.

El secretario general del Partido Socialista durante el gobierno de la Unidad Popular y emblema de la izquierda durante el siglo pasado, habló de las formas de organización de la izquierda en ese 2008, situando ya a las organizaciones no gubernamentales como la clave en el nuevo entramado del poder.

A casi una década de aquel momento, la lectura de Altamirano parece no perder vigencia. Por ello, El Desconcierto desclasifica ese archivo, que da cuenta de la profundidad de Altamirano, quien falleció este domingo a los 96 años.

Rafael Alvear (RA): ¿Cómo entiende usted la dinámica del poder en la actualidad?

Carlos Altamirano (CA): Hoy día el poder es un poder global. Este poder global aparece por primera vez en la historia. Hasta hace poco ni siquiera el último de los grandes imperios que conocimos (el inglés) tenía ni la cuarta parte del poder que tiene EE.UU. El poder inglés no era un poder propiamente militar, era más bien diplomático. Sabía manejar y poner a un país contra otro, era todo un juego de ajedrez, muy sofisticado, muy inteligente.

EE.UU., en cambio, tiene un poder mucho más brutal, poco sofisticado, que simplemente invade en Yugoslavia, Kosovo, invade Irak, o invade Afganistán, o invade Granada, una pequeña isla, de manera que ahí no hay sofisticación alguna, impone su ley en el plano económico, militar, político y también en el plano cultural y comunicacional. EE.UU. sintetizó, resumió, todos los poderes. De ahí que su poder fue doblemente global. Fue a través de todo el globo terrestre, y fue en todos los elementos esenciales que hoy día confieren poder.

RA: ¿Con qué tipo de poder se encontró usted?

CA: Yo nací todavía en una época de poder relativamente reducido, disminuido en relación a lo que es hoy. Yo nazco en 1922. En esa época todavía EE.UU. no alcanzaba el clímax de poder. En ese entonces, el poder fundamental era el de la tierra, el de la oligarquía agraria; era el de los grandes dueños del latifundio que gobernaban Chile y decidían quien iba a ser presidente, si un Balmaceda, Errázuriz, Riesco, un qué se yo. Ese poder de la tierra, esa oligarquía de la tierra, también perdió su poder, y emergió lo que ya había ocurrido en todo el mundo desarrollado, en el mundo europeo, el poder empresarial, el poder de los empresarios industriales.

RA: Ahora bien, cuando cambia ese escenario y el “pueblo” parece acercarse a dicho poder, ¿con qué fin se manejó en ese momento? ¿Y cómo fue su experiencia?

CA: En general, mi familia, mi formación, mi educación, viene de los grupos oligárquicos chilenos, pero por razones que habría que preguntarle a un psiquiatra (digo muy honestamente) a mí nunca me pareció ese machismo, ese clasismo, ese tratar de indio en forma insultante y peyorativa. Bueno, el hecho es que yo ya ingresaba a la universidad en los años 40’, 45’, y me vinculé con gente de izquierda solamente (aunque en mi curso había una serie de jóvenes pertenecientes a la alta oligarquía chilena como los Bulnes, los Subercaseaux, los Fontecilla, los qué se yo). Pero yo me vinculé con los Clodomiro Almeyda, los Felipe Herrera, en fin, con la gente de la clase media ilustrada, porque ya la clase media se había comenzado a ilustrar; había ido a la universidad, y yo le diría que tenía una cultura bastante superior a la de la alta clase chilena. Yo evoluciono por razones psiquiátricas, psicológicas, no sé de qué orden, e ingreso al Partido Socialista, y como tal, ingreso a la Unidad Popular.

En ese momento, el poder político se ejercía sobre el poder económico, y la Unidad Popular lo que pretendió fue un cambio de las estructuras sociales, políticas y económicas chilenas, con el fin de permitir que las grandes mayorías nacionales (para nosotros eran las grandes mayorías) se beneficiaran con el poder de la economía chilena, del Estado chileno, de la nación chilena. Este era el objetivo del poder ejercido por la Unidad Popular, y ese fue el objetivo de hacer cambios tan profundos, tan drásticos, tan dramáticos en la economía chilena.

RA: En virtud de lo dicho, en términos históricos y respecto al escenario actual, ¿es el poder (político) la vía para la solución de los problemas sociales en Chile?

CA: No, porque nuevamente tengo que volver a mencionar que, en primer lugar, hoy día hay un poder global que está por encima de nuestros poderes nacionales, de nuestros poderes locales. Así que nosotros no podemos decir “mire, basta que en Chile asuma una nueva Unidad Popular para los cambios estructurales de la sociedad chilena”. Ya lo asumió, y ya EE.UU. nos declaró la guerra; y ya Nixon nos dijo que haría humear la economía chilena, y la hizo humear. Todavía es EE.UU.

RA: ¿Cómo diferenciar esa lógica mundial globalizante con la lógica propia del Estado-nación, para generar cambios dentro del país? ¿O hay que estar dispuestos a que la “evolución” nos lleve a donde nos lleve?

CA: Yo le contestaría con las reflexiones de un Sábato, “hay que resistir”. Pero al igual que Sábato, no sé cómo resistir, él no sabe cómo resistir; él solamente llama a resistir. Pero ¿qué quiere decir esto?, ¿resistir qué? En este minuto se resiste el sistema neoliberal, que está siendo destruido, que ha caído en una profunda crisis, no por alguna actividad de la izquierda, sino por la actividad de los capitalistas financieros norteamericanos.

RA: Y hasta EE.UU. tuvo que intervenir.

CA: Claro, en EE.UU. tienen que hacer la mayor intervención precisamente estos que divulgaron en el mundo la teoría de la autorregulación de los mercados, de no-intervención del Estado, de no tener ningún tipo de regulación, ningún tipo de protección; de entregar todos los bienes públicos a las empresas privadas; o sea, la privatización, la desregulación y la desprotección, que son las tres grandes banderas del neoliberalismo.

RA: En la línea de lo que usted dice: ¿qué tipo de organizaciones debiesen tener más o menos poder, asumiendo el contexto de un medio globalizante que hace cada vez más improbable la generación de políticas locales efectivas?

CA: Bueno, yo le respondería, en primer lugar, en forma muy general, con una famosa afirmación de Gramsci, el gran teórico occidental marxista. Nuestra cultura necesita una profunda revolución intelectual y moral; tanto en las ideas neoliberales como en la moral individualista norteamericana y materialista, que se ha venido predicando en los últimos veinte años. Esa concepción es monstruosa, la concepción del mundo neoliberal de la competencia, de que hay que estar permanentemente en competencia, en competencia para producir más. Mientras no se establezca producir más para quiénes, producir más que para que el 10% o 20% de la población se lleve el 60% de la riqueza de un país, yo le digo, “no produzcamos más”.

RA: ¿Y hay organizaciones que podrían llevar ese cambio?

CA: Yo, como usted puede deducirlo, no soy católico, pero le atribuyo un rol importante a la Iglesia Católica en un cambio de la moral del mundo occidental (por lo menos). Lamentablemente, como le decía, cada día tiene menos influencia la Iglesia en ese cambio de moral, y cada día la Iglesia ha estado más comprometida en esta mentalidad neoliberal, y no se ha atrevido a condenar todo este mundo neoliberal. Mejor dicho, tanto Juan Pablo como este Papa deslizan una frasecita condenando el enriquecimiento, condenando el egoísmo, condenando la falta de equidad, en fin. No hay una campaña, no hay una exigencia permanente en ese sentido.

RA: ¿Y las instituciones seculares?

CA: Respecto a las instituciones seculares, yo creo que lo fundamental es reorganizar un movimiento, para mí más que partidos; un movimiento de izquierda, reestructurar un movimiento de izquierda en el mundo.

RA: ¿En el sentido “revolucionario”, o a través del “diálogo social”, como algunos sostienen hoy día?

CA: No, yo creo que no tanto el diálogo, porque ese diálogo social entra a confundir con el consentimiento de las derechas a todo lo que proponga el gobierno. Yo creo que las ideas democráticamente (repito: democráticamente) tienen que ser impuestas por la mayoría. Ahora, la derecha idea una serie de fórmulas en que la mayoría no manda, en que la mayoría tiene que consultar a la minoría, y en que si no consulta a la minoría no resultan las leyes, no resultan los cambios constitucionales, no resulta nada. Entonces, creo que es necesario este marco general, la gran revolución intelectual y moral de las sociedades del mundo occidental cristiano. Y en segundo lugar, recomponer, reponer, recrear, repensar todos estos términos, una nueva izquierda; una nueva izquierda y no la antigua izquierda; la antigua izquierda falleció, periclitó, y gran parte de esa izquierda está pasada a la derecha, apoya a la derecha.

RA: Si se lograsen generar esos cambios, ¿cómo hacer que quienes presiden ese tipo de movimientos (como una “nueva izquierda”) no caigan en autoexaltaciones propias o el beneficio personal, y se mantengan al servicio de la gente?

CA: Esa es una pregunta muy difícil de responder. Yo le diría que es casi imposible evitar la corrupción inherente que va con el poder. Todo poder engendra una corrupción muy grande, de manera que lo único que cabe responder es que hay que luchar contra esa corrupción en el poder. Bueno, ahora hay algunos puntos favorables, cual es para mí, que la izquierda del mundo está fundamentalmente en las ONG. Las ONG ecológicas, las ONG de derechos humanos, las ONG defensoras de las mujeres, las ONG de diversas especies (también las antinucleares) son las que tienen las grandes banderas de izquierda.

RA: ¿Ha perdido entonces la política la centralidad del poder para generar cambios?

CA: Para mí, indudablemente, sí, porque después de todo, las ONG están haciendo política. Entonces, es una nueva forma de ir haciendo política.

RA: Finalmente, ¿qué tipo de lógica de poder prefiere? ¿El poder que de alguna forma tiene una centralidad dentro del orden societal, o este poder difuminado donde el político está diferenciado de alguna forma con los distintos tipos de poder?

CA: No, yo preferiría un poder más centralizado, porque en un poder centralizado tenemos los locales una mayor influencia y un mayor poder. En un poder difuminado, en un poder descentralizado como el que había y como el que todavía hay, es EE.UU. el que impone, el que impone el sistema neoliberal en el mundo; aquel que Chile siguió y que en realidad había muy pocas posibilidades de combatirlo, porque EE.UU. era la gran potencia financiera y económica del mundo. Y si no era EE.UU., era el Fondo Monetario Internacional, gobernado por EE.UU., o el Banco Mundial, gobernado por EE.UU.; entonces, ese poder ya pasa a ser muy difícil de influirlo, por eso es que un Sábato, como le decía, llama a resistir, porque ya no depende tanto de nosotros.

*Publicado originalmente el 17 de noviembre de 2008 por Rafael Alvear en REVISTA BABUINO.