Opinión

El honor de la elite. Nuestra incurable modernidad oligárquica

Por: Mauro Salazar Jaque / Publicado: 22.05.2019
Y si de cortesanos se trata, el infranqueable Rectorado semiótico de Carlos Peña, verdadero "panóptico cognitivo", ha recreado un jubiloso mecanismo deliberativo-consensual donde la modernización es el dispositivo que administra los antagonismos. A decir verdad, tal Rectorado, de virtud, fortuna y consenso, se ha constituido en un "ángel de la guarda" del poder oligárquico por cuanto se ubica como el médium de la crítica plausible. Y como Rectorado no hace más -pero tampoco menos- que aggiornar creativamente, merced a la "alta academia" y la "alta indexación", la reconstitución de un poder soberano, flexible y capilar, sobriamente cincelado, donde se produce el "laissez faire" entre oligarquía y modernización.

Padecemos una época abyecta. En el valle de Santiago “chilla” la descomposición de los mitos portalianos, abunda la degradación de las representaciones republicanas y resuena la tragedia de un campo intelectual diezmado por la renta infinita del capitalismo académico. Tras este “estado de confusión” se ha levantado una obsesión desde el polo institucional por develar su propio estado de indignidad. En ausencia de toda narrativa redentora estamos empozados bajo un “capitalismo alegre”, cuya oferta es una democracia managerial centrada en manuales de “buenas prácticas”, donde la violencia extrema del institucionalismo transicional  derivó en un patíbulo de Corporaciones. Aquí, en nuestro mundanal tupido, no hay lugar para el “noble arte” de la metafísica.

Ahora bien, y asumiendo un mismo tronco patronímico, ¿cómo ubicar a nuestras élites conservadoras y progresistas en medio de esta intricada trama? Tisis y epilepsia, diría el poeta. Aquí destacan los heraldos negros: banqueros, especuladores y políticos convertidos en una pesadilla ambulatoria. Grupos de pandilleros (SQM/PENTA) dados al “capital buitre” -siniestrados y expiados por la producción de una jurisprudencia negociada- y llenos de hedores inclasificables que no hacen más que agudizar una “atmosfera pervertida”. La promesa de la modernización se asemeja a una “rosa rota” en medio de febriles coloquios manageriales. Hoy, el enigma de las élites, su verdadera cripta, es cómo articular analfabetismo funcional (“indigencia simbólica”) con el texto de la segunda modernización. La ficción del momento es ¿cómo administrar pobreza millennial y anestesiar la subjetividad? La elite y sus lacayos cognitivos -pastores letrados y cuatreros ideológicos del progresismo cordillerano- intentan manufacturar un nuevo “pipiolaje simbólico”, es decir, un rebaño de alto consumo, goce y conectividad. El paradigma de la “modernización acelerada” (1990-2010), que obedecía a una analogía entre crecimiento y desarrollo -más inversión extranjera-, ya no es parte de una secuencia analógica para superar una especie de “subdesarrollo exitoso”. En buenas cuentas, el desafío consiste en articular acumulación, auto-explotación, hedonismo y “ejércitos de reserva” ficcionando una nueva trama visual de gobernabilidad. Pero a la luz de la facticidad del capital financiero, “el rey está desnudo”. Junto a la capitulación del laguismo -tradición de los acuerdos de normalización- resulta absurdo insistir en el crecimiento económico como pivote del “consenso”. Y es bueno precisarlo: el gobierno de turno se encuentra impedido de elaborar un discurso programático, y no por falta de voluntad, ni por seguir las recetas bastardas de Eugenio Tironi sobre la no comunicación y la “sociología de los medios”, sino porque hoy todo se encuentra sometido a la facticidad del capital financiero. En suma, si la transición con su teoría de la gobernabilidad fue una fase institucionalista que recreaba la ficción narrativa del crecimiento con el léxico de la igualdad, hoy irrumpe un “capitalismo transparente”, “al descampado”, que no reclama ninguna retórica de validación, a saber, un “neoliberalismo desnudo” que no cultiva estrategias discursivas. De tal suerte nos encontramos frente a una elite cautiva de la voracidad expansiva del capital (especulación, rentismo y oligopolios) librada a la velocidad suntuaria de la gestión financiera que genera las condiciones de su crisis hegemónica, pero no necesariamente los modos de su restitución normativa. Se trata de dos tiempos contrapuestos. De un lado, la velocidad de la acumulación medida en flujos mediáticos y, de otro, la trabajosa reconstitución de relatos, practicas institucionales y simulacros de participación.

A la luz de nuestro presente post-hegemónico (post-representacional) ha tenido lugar una confluencia entre políticos afásicos, líderes de matinales, reyezuelos de palacio de tono liberal y una histeria sacerdotal que en nombre de la probidad representa el goce voluptuoso de un “decadentismo elitario”.  Bajo este telón de fondo, tiene lugar la “precarización de la creatividad” donde las élites han renunciado a la “industria creativa” y de paso han condenado a los grupos medios a vivir “atados” al populismo del acceso clamoroso. Ello torna inviable un nexo entre economía y cultura;  modernización y subjetividad. Dentro del desgaste representacional, CADEM, verdadera renuncia a la comunicación política, no puede ser más que un “fantasma estadístico” que evade toda relatoría. Un instrumento inviable a la hora de dar cuenta de los antagonismos subterráneos, o bien, de los nuevos malestares microfísicos.

En medio de este panorama hemos constatado el exitoso revisionismo neo-conservador a la hora de dejar a los administradores progresistas del modelo sin legitimidad política. Ergo, la derecha capturó la narrativa miserable de un “progresismo neoliberal” que siempre quiso ser elite. Una vez agotado el modelo de representación transicional nuestras élites (rentistas, extractivistas y suntuarias) se enfrentan al dilema de reclamar soberanía, pero sin comprometer ningún proyecto nacional.

Ante la evidencia del pacto oligarquizante es más necesario que nunca reflexionar sobre la irrupción del new rich en pleno shock anti-fiscal (1981). Desde el Clan de Ponce Lerau, con su voluptuosa dimensión fáctica, pasando por la teología Daválos-Piñera hasta feñita Bachelet. Quizá lo que se ha develado en los últimos tiempos es que la “vieja república” (1938-1970) ha sido siempre un retrato fallido, un relato inacabado, por donde se intentaba sublimar nuestra inexorable “modernidad oligárquica”. Hoy circulan hienas (elitarias) que con menos frugalidad y cultura cívica viralizan sus peleas ante un masivo “pipiolaje on line” que consume el melodrama, la denuncia y la vendetta de matinales. Se trata de conflictos cupulares cuyo origen es tan estructural como histórico porque se ha develado la “desigualdad del mérito” mediante comportamientos feudales que garantizan el derecho a diezmo y  profitan de la ficción modernizante.

En medio de una colosal devastación del campo político, acanallados en una gobernabilidad sin texto, el establishment pretende hacer coincidir el diferido relato con el discurso económico. Tal fetichismo del crecimiento implica que la economía (los indicadores del PIB) resultaría igual a un proceso histórico-natural que habla por sí mismo ¡donde las cifran hablan¡ como sí las mercancías rompiesen a bailar por su propio impulso.

Y si de cortesanos se trata, el infranqueable Rectorado semiótico de Carlos Peña, verdadero “panóptico cognitivo”, ha recreado un jubiloso mecanismo deliberativo-consensual donde la modernización es el dispositivo que administra los antagonismos. A decir verdad, tal Rectorado, de virtud,  fortuna y consenso, se ha constituido en un “ángel de la guarda” del poder oligárquico por cuanto se ubica como el médium de la crítica plausible. Y como Rectorado no hace más -pero tampoco menos- que aggiornar creativamente, merced a la “alta academia” y la “alta indexación”, la reconstitución de un poder soberano, flexible y capilar, sobriamente cincelado, donde se produce el “laissez faire” entre oligarquía y modernización.

Finalmente, resta repensar la eficiencia de los capataces simbólicos respecto a las bondades de la modernización. Todo indica que nos han embaucado con férula: impunidad social y saturación mediática. En esta cruzada que frívolamente va de “Chilezuela” a “Chilandia” es poco usual aludir a los vejámenes de un “neoliberalismo rentista” cuya lógica es generar colusiones propias de “mercados no competitivos”. En sus implicancias más extenuantes la propia modernización pinochetista ha devorado la apropiación concertacionista del término. En los años 70′ tuvo lugar la proyección de una “vanguardia fantasmatica” que ha derogado las apropiaciones progresistas de nuestra modernidad. Hoy tal termino ha sido vaciado de todo contenido.

Contra el Rectorado semiótico -y su teología del progreso- todo migra bajo la mirada auto complaciente de una elite hacendal y pre-moderna que, más allá de la performatividad de los mercados abiertos, no le interesa suscribir a ningún proyecto nacional y dista de cultivar los códigos de modernización, competencia y regulación que las burguesías nacionales (Max Weber) inauguraron a la entrada del Siglo XX.

Mauro Salazar Jaque
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