Durante los días 14 y 16 de mayo recién pasado se llevaron a cabo las elecciones de Convergencia Social, organización política que de esta manera inicia su proceso de legalización con una campaña de recolección de firmas pronta a comenzar.

A contrapelo de la tendencia corriente, esta nueva organización no es el resultado de la tradicional compulsión a la fragmentación del variopinto universo de la izquierda chilena, sino que por el contrario el fruto de un esfuerzo de encuentro y coordinación de cuatro organizaciones integrantes del Frente Amplio –Izquierda Libertaria, SOL, Nueva Democracia y Movimiento Autonomista- que decidieron unificarse para producir un instrumento legal que les permita contar con una herramienta propia para la disputa institucional.

Pero el largo camino que condujo a estas organizaciones a crear un nuevo espacio político heredero de las tradiciones de la izquierda a la vez que abierta a la incorporación de nuevas generaciones y sensibilidades no se encuentra excento de desafíos y retos ineludibles que, en el futuro próximo, determinarán si este nuevo referente logra ocupar efectivamente un espacio en la política nacional o si, por el contrario, será recordado como uno de los tantos intentos fallidos que abundan en el espacio de las izquierdas.

Un primer desafío de esta organización es producir un lugar identificable al interior del Frente Amplio: ¿es Convergencia Social un contrapeso al predominio de Revolución Democrática, la expresión de sectores “verdaderamente de izquierda” o, por el contrario, el lugar de llegada de la diversidad de identidades disponibles para pensar los desafíos de una izquierda del siglo XXI? Determinar la especificidad del aporte que esta organización ofrece hacia el mundo de las izquierdas, las bases frenteamplistas y la ciudadanía en general es condición necesaria para el éxito de su apuesta. Y para ello cuenta con un gran activo: la disposición de las organizaciones que precedieron a Convergencia Social a unirse y abandonar sus trincheras identitarias expresa un fuerte potencial de apertura y alejamiento de la seducción del ideologismo.

En segundo lugar, el transito de las militancias convergentes hacia la lógica de un partido de cobertura nacional -con todo lo que ello implica- contiene la necesidad de superar el característico internismo de sus dinámicas, la tendencia a la destrucción de sus liderazgos y la compulsión a la diferencia. Militar en una organización política que se asigna un rol de convergencia con mundos sociales y políticos diversos implica, como cuestión prioritaria, una disposición permanente a poner en duda las propias definiciones y tradiciones identitarias y estar disponibles para el debate y la construcción en común. Y ello implicará un camino no exento de dificultades, dado el peso de las tradiciones militantes confluyentes en este nuevo espacio político.

Un tercer desafío para la convergencia es el de repensar sus prácticas y formas militantes. Hoy por hoy, ser militante de alguna de las organizaciones que convergieron en este nuevo partido implica una labor de alta exigencia, poblada de reuniones y de conexión 24/7. Ello se traduce en la exclusión de facto de un conjunto amplio de voluntades potencialmente disponibles a colaborar y militar: trabajadores y trabajadoras cuyos horarios le vuelven imposible la conexión permanente o la asistencia a reuniones interminables; estudiantes que solo están disponibles para tiempos de militancia acotados; hombres y mujeres que no están dispuestos a sacrificar porciones relevantes de tiempo libre o de vida familia; adultos mayores para quienes los lenguajes y dispositivos característicos les son ajenos. Cuando la militancia es una actividad tan fuertemente demandante en términos físicos y emocionales, el resultado son organizaciones pequeñas, internistas y aisladas del medio exterior. La convergencia debe ser capaz de superar aquello abriendo sus puertas y ventanas a todos y todas quieran aportar en la forma e intensidad en que estén dispuestas a hacerlo.

¿Cuál es el lugar que ocupa esta nueva organización política del Frente Amplio?; ¿de qué forma la Convergencia genera el tránsito desde espacios orgánicos pequeños hacia un partido político de alcance nacional y con pretensiones de disputa institucional; ¿qué nuevas formas de militancia serán acogidas en esta nueva organización? Pensamos que, junto a muchas otras preguntas, la forma en que se responda a los desafíos acá expuestos será determinante del futuro aun abierto de esta nueva apuesta.


Investigador UCSH