Vivía en una casa de mujeres, con mi madre, mi abuela, y un circuito de tías y vecinas que circulaban día y noche cocinando, comiendo y tomando té. Entonces, la presencia de un pene, en cualquier estado, era algo completamente insospechado para mí.

Un fin de semana fuimos a visitar a un tío. Un cumpleaños quizá, una celebración de algún tipo, porque había más gente y torta. Creo que había torta.

No había niños, todo era un universo adulto con conversaciones incomprensibles y manos que me acariciaban el pelo, bocas que me sonreían y me hacían preguntas sobre el colegio, mis amigas, mis juguetes, o lo que fuera que se podía preguntar a una niña de cinco años.

El hijo de mi tío, era mi tío también. Primo menor de mi madre, debe haber tenido unos dieciocho o diecinueve años en ese tiempo. Su pieza estaba en un ático de la casa, al final de una larga y empinada escalera, que para mí siempre fue un lugar de interés por su repisa llena de libros de cómics que hacían más cortas esas interminables tardes de visita. Recuerdo específicamente una colección de Astérix y Obélix, con muchos volúmenes de tapa dura y con hojas gruesas e ilustraciones de colores brillantes. Creo que estaba escrito en francés, pero puede que sea un recuerdo desajustado, porque entonces, no sabía leer y quizá todo lo escrito me parecía un idioma extranjero.

En medio del festejo, después de una once eterna, el hijo de mi tío, que era mi tío también, me invita a su pieza para ver los libros. Yo me levanto de la silla feliz y lo sigo fuera del comedor con una gratitud secreta y urgente por el rescate. Subo detrás de él por esa larga y empinada escalera que va a dar a una puerta blanca. El hijo de mi tío, que era mi tío también, abre la puerta delante de mí y luego la cierra cuando ya he entrado. Quedamos los dos a solas en su pieza.

El techo es triangular, de madera, con vigas al aire. Hace calor. El sol da la tarde entra y la temperatura se agolpa y se caldea ahí en el ático. Hay una ventana con un visillo frente a la puerta. Hay ropa tirada, una cama desecha. Y en una pared esa recordada y deseada repisa que yo veo y me lanzo a investigar. Está Astérix y está Obélix, y yo saco un par de volúmenes y me siento a los pies de la cama, o quizá en el suelo, y comienzo a hojear los libros y a perderme en sus páginas de colores.

En medio de batallas prehistóricas, en países remotos, el hijo de mi tío, que es mi tío también, me habla. No sé si mucho tiempo después de haber entrado a la pieza o en cuanto me he sentado a hojear, siempre perdí la noción del tiempo cuando estaba frente a un libro. Él me llama por mi nombre y me dice que me quiere mostrar algo más interesante que los libros. Yo lo miro y veo que está sentado en la cama. Me da la espalda, mira hacia la ventana. Me acerco con un Astérix y Obélix en la mano, me resisto a interrumpir del todo mi visionado, y cuando llego a su lado me pide que me acerque más, que solo así podré ver bien.

El hijo de mi tío, que era mi tío también, tiene el cierre del pantalón abierto y el calzoncillo corrido. Desde ese enjambre de géneros, pantalón y calzoncillo, puedo ver un pedazo de carne medio colorado o morado, mezclado con algunos pelos negros, que él me presenta como su pirula. Yo la observo sin comprender mucho de qué se trata. Nunca había visto un pene erecto, nunca había visto un pene siquiera, entonces mi desconcierto es total. Entiendo sí, que los hombres, lo mismo que las mujeres, no andan mostrando sus genitales a cualquiera, entonces algo de suspicacia se levanta con esta escena. ¿Por qué me lo muestra?¿Para qué? ¿Querrá hacer pipí? Pienso cosas. Muchas, pero nada que resuelva mis interrogantes.

El hijo de mi tío, que también era mi tío, me preguntó si quería tocar su pirula –así le decía–, y sentir cómo era. Esa pregunta me sonó más desconcertante aún, y con algo de sensatez, o con algún sentimiento de sobrevivencia instalado en el ADN, respondí que no, que muchas gracias, pero que prefería no hacerlo. Ya con el visionado me bastaba, no era necesaria más experimentación.

Volví con mi libro en la mano a los pies de la cama, o al suelo, o al lugar que me pareció más seguro de esa pieza. Me metí con obsesión a las páginas de colores y escuché, en una segunda línea, como una voz fantasmal que se colaba sin querer escucharla, la insistencia del hijo de mi tío por ver, por tocar, lo que para él era un espectáculo soñado: su pene.

Me quedé ahí, algo paralizada, pero a salvo entre Astérix y Obélix. Refugiada en sus aventuras en francés o en algún un idioma incomprensible, tan incomprensible como lo que me acababa de pasar.

Sé que el hijo de mi tío me pidió no hablar del tema, no contárselo a nadie. Sé que obedecí. No sé por qué, pero lo hice. Solo a los dieciocho años, cuando intentaba componer mis primeros desequilibrios con un terapeuta, recordé esta escena y decidí contársela a mi madre. Ella me miró muy sorprendida y me dijo que el hijo de mi tío, que era mi tío también, era así, un poco loco. Nunca más hablamos del tema.