Cultura

“Inscribir, atesorar, recordar”: hacer la historia a través de la lectura

Por: Belén Roca / Publicado: 29.05.2019
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El estudio, situado en la colección donada por José Toribio Medina a la Biblioteca Nacional en 1919, se enfocó en lo que denominan huellas de manipulación en libros mayoritariamente religiosos, cuyo objetivo era servir de auxilio en los devocionales de la época.

Recuerdo de nuestros amigos René y Maricarmen en el día de nuestro aniversario de matrimonio número 30. Tiene como misión hacer las horas más cortas, recordando lecturas de mi juventud que me recuerdan a mi padre Óscar.

Stgo, Junio 22 del 2002
Gracias, queridos amigos

En II Medio tuvimos que leer, por mandato de la profesora de historia, “La sangre y la esperanza”. Su autor, Nicomedes Guzmán, se sirve de la mirada de un niño creciendo en los conventillos del barrio Mapocho en los años 30 para relatar las vidas mínimas de los chilenos más pobres en Santiago. Encontré una copia usada en un puesto de San Diego, y en la copia usada encontré la dedicatoria citada al principio, escrita con letra impecable, además de un nombre, una firma y detalles que, hasta el día de hoy, me hacen pensar en la ruta de este objeto. Cuántas otras, otros tuvieron el mismo ejemplar en sus manos. Cuántos de ellos, por ese celo burgués de las cosas privadas y el temor a profanarlas, se abstuvieron de dejar alguna marca o un subrayado en él. Cuánto podría saber yo, en el día de hoy, sobre esas personas, tal como sé que este libro alguna vez fue un regalo entre amigos, pensado en función de la memoria.

“Inscribir, atesorar, recordar” es el resultado de una investigación de largo aliento llevada a cabo por las historiadoras Dina Camacho, Camila Plaza y Francisco Burdiles. El estudio, situado en la colección donada por José Toribio Medina a la Biblioteca Nacional en 1919, se enfocó en lo que denominan huellas de manipulación en libros mayoritariamente religiosos, cuyo objetivo era servir de auxilio en los devocionales de la época. Hablamos del siglo XVI, principalmente, aunque el trabajo de arqueología de la colección también se extendió hacia obras de los siglos XVII y XVIII. Para este caso, el contenido de tales libros no es lo relevante. Por el contrario, son las anotaciones, dibujos, tachados, mensajes, timbres de propiedad, marginalia, estampas y recortes lo que las investigadoras quisieron poner en relieve, dando cuenta de una práctica cotidiana, a lo largo de la historia, en la relación entre libro y lector.

Francisco Burdiles cuenta que “las huellas revisadas sugieren prácticas que se relacionan con la lectura pero que no necesariamente remiten a ella. Estas prácticas, que involucran realizar inscripciones manuscritas en diversas partes del libro y atesorar pequeños objetos en su interior, presentan un vínculo con nuestras propias formas de relacionarnos con los libros, ya sea como estudiantes, al comentar una idea al margen de las fotocopias que leemos para algún ramo, rayar una hoja mientras realizamos una pausa en nuestra lectura, anotar un número de teléfono o una dirección; o bien, guardar papelitos, flores, boletas de compras o algún otro objeto a modo de recuerdo. Son estos parentescos que nos resultan tan familiares los que nos permiten hablar del libro como una tecnología que excede su condición de objeto para ser leído al habilitar prácticas cuya continuidad histórica reafirman y reactualizan sus múltiples posibilidades de manipulación”.

Un ejemplo: En la biblioteca que dejó Gabriela Mistral en su casa de Roslyn Harbor, Long Island, el total de libros es cercano a los 6.000 ejemplares. En la mayoría, la intelectual dejó subrayados y anotaciones de su propia mano: “líneas firmes decisivas trazadas con su lápiz azul favorito, a veces un comentario conmovedor o revelador, ocasionalmente una réplica cáustica al costado de alguna tontería” [1], como también ejercicios de composición de rimas o fragmentos de futuros poemas que Gabriela anotó con apuro para no olvidarlos.

Todas estas huellas dotan de vida al papel y a un diálogo entre el pasado y el presente de quien está leyendo. Genera sorpresa, abre preguntas. Brinda compañía, al hacer notar que hubo un otro lector, o lectora, recurriendo a la misma fuente en un tiempo aparte. En el catálogo, editado por Ohayo, que recopila fotografías en alta calidad de los libros analizados por Camacho, Plaza y Burdiles, las autoras comentan que “hoy, hacer anotaciones en un libro ajeno, prestado o público es considerado una falta de respeto por el lector, asunto que se relaciona con el surgimiento de una lectura privada y personal”. Sobre esto último, cabe preguntarse por qué la lectura ha de ser privada y personal si, recurriendo a un cliché, “el papel aguanta todo”.

En tiempos en los que, con cierta periodicidad, aparece la profecía apocalíptica de la desaparición del libro físico al ganar terreno los formatos digitales, el equipo investigador considera que “el debate, centrado únicamente en su condición textual, ignora las relaciones que establecen los lectores con sus libros. Esta polaridad, a su vez, no da cuenta de las transformaciones y convivencias de los diversos soportes que han organizado la escritura (rollo, codex, libro, pantalla)”. La industria editorial continúa vigente e incluso se mantiene por encima del libro digital.

En esa línea, continúan, “también es interesante que los vendedores ambulantes sigan vendiendo libros piratas en vez de hacerlo en formatos digitales de bajo costo. Los libros no van a desaparecer porque no solo sirven para ser leídos, sino que, y en conjunto con los otros objetos que nos rodean, nos permiten ser en sociedad y relacionarnos con otras personas, ya sea prestándolos, regalándolos o robándolos”. La invitación es a cuestionar el respeto por el papel en blanco. Quien sabe si mañana, o en diez años, o en dos siglos, alguien recibirá un pequeño tesoro del pasado gracias a la generosidad de hacer de la práctica lectora un hecho colectivo.

[1] “Siguiendo las huellas de Gabriela Mistral en Nueva York”, Jorge Covarrubias.

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