Desde hace ya varias décadas uno de mis intereses se ha centrado en el cuerpo como sede discursiva, como centro de operaciones para la legitimación en cada uno de los sistemas. De manera central, me he detenido en el cuerpo de la mujer como un espacio en el cual los poderes han probado la extensión y la intensidad de su dominación a lo largo de la historia.

Desde mi perspectiva el cuerpo de las mujeres, a nivel simbólico y material, es capturado, emplazado y reemplazado, movido y removido  por un conjunto de narrativas institucionales que lo suplen, lo obligan y que operan de acuerdo a los mandatos de las épocas (hoy el mercado de cuerpos), para promover así una forma de docilidad fundada precisamente en la violencia de sus mandatos.

Con esa imagen leo el libro Violencia estructural y Feminismo: Apuntes para una discusión, editado por  la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres; una serie de ensayos que abordan mayoritariamente lo que hoy es ineludible: la relación entre neoliberalismo y feminismo. Desde diferentes voces los ensayos piensan geografías críticas, territorios expuestos a daño para las comunidades y suelo usado y abusado de manera solo ganancial destruyendo su multiplicidad e historia. El ímpetu neoliberal se extiende, ya lo sabemos, de manera global, transformando la vida de las personas en fríos segmentos dispuestos para el consumo.  El individualismo es la regla y en un proceso depredador marcado por la voracidad por acumular se produce la desigualdad y la invisibilización.

La concentración de riqueza, que ha alcanzado un nivel inédito en la historia, está completamente naturalizada y más aún validada por el propio sistema que la produce. Según Oxfam, 61 personas acumulan la misma riqueza que los habitantes de la mitad más pobre del mundo. Esta es una medición concreta que se puede desplazar una y otra vez para pensar localidades y desigualdad. Ya es nítido que la acumulación de riqueza se convierte en un tipo de mal de Diógenes  que rompe cualquier lógica porque gira sobre sí misma.

Solo que este mal de Diógenes, se establece debilitando a la ciudadanía en todas sus áreas vitales mediante la implantación de una biopolítica económica excluyente que genera violencia, delito, clasismo y desde luego, racismo.

Pero lo que nos corresponde pensar –y a eso invita el libro– es la situación de precariedad que experimentan las mujeres por los excesos que porta el proyecto neoliberal y la manera en que recae sobre las que ocupan los escalafones más bajos en los niveles de ingresos. Se trata de una vulnerabilidad masiva que asola y destruye.

Me permito extrapolar los conceptos que el libro aborda, todos fundados en mecánicas de producción cuestionables o en sus excesos, en el daño y en el irrespeto hacia las comunidades. En el abierto riesgo.  

Me permito también ahora pensar a la mujer como un cuerpo que es usado como extractivismo por el sistema en la medida que es utilizado como un “recurso natural” (lo digo en el sentido plural del término y especialmente por la naturalización de ciertas prácticas). Un cuerpo que es explotado tanto en tareas domésticas no remuneradas, en la función de cuidados, como también en ámbitos laborales mediante pagos inferiores y sobrepagos en salud. La situación de mujeres vulnerables o en riesgos de vulnerabilidad es alarmante porque en parte sostienen la economía neoliberal en la medida que su cuerpo opera como infraestructura, como territorio-red que sostiene y aumenta la riqueza.

Y en otro espacio, ese mismo cuerpo es objetualizado y transita como pertenencia sexual, como insumo para la riqueza médica, como signo de competencia débil, como sede de dolores corporales, como consumidora de analgésicos, como objeto de maltrato y como sede de crímenes.

Se puede pensar en los cuerpos de las mujeres vulnerables como zonas de sacrificio, intoxicadas de carencias y extenuadas por trabajos ya impagos, ya tercerizados. O bien la maternidad como un grillete que las obliga y las consume, sigo el caso de la comunera Cayuhan Llibun obligada a dar a luz a su hija engrillada.

El neoliberalismo que hace de la economía el centro de todas y cada una de las funciones humanas, es una forma de biopolítica centrada en el objeto y el consumo. Se trata de generar vidas light, no confrontacionales, nunca comunitarias, satisfechas, felices en las encuestas, ciegas ante la desigualdad.

La tarea feminista es volver visibles las estructuras. En ese sentido, la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres implica un aporte indiscutible porque muestra LAS violencias que ocurren y transcurren en uno de los ciclos capitalistas más intensos de su historia. La tarea es conectarse con las mujeres que están ubicadas en los confines sociales, ingresar a sus espacios, unos espacios abandonados por el conjunto de los partidos políticos, lo que quiero decir es que habría que “hacer feminismo desde abajo”, insisto, atravesar las academias y las zonas de confort del feminismo para tocar de manera decidida esos territorios donde radica el centro de la adversidad controlado por el imaginario violento neoliberal. Establecer, digo, un diálogo plural siempre horizontal, aprender de esos cuerpos, oír sus dolores, ampliar las semánticas, despojarse de mitos  asistencialistas y populistas para así romper estructuras paternalistas que dañan.

 Quiero citar aquí a Pier Paolo Pasolini y su provocativa  e irónica intervención en 1975 sobre “los otros” que quizás nosotras podamos señalar como “nuestras otras”, una reflexión tensa pero exacta que quizás se podría integrar como herramienta general anticolonizadora:

a) Las personas más adorables son las que no saben que tienen derechos.

b) También son adorables las que, pese a saber que los tienen, renuncian a ellos

c) Son suficientemente simpáticas también las personas que luchan por los derechos de los demás (sobre todo  de aquellas que no saben que los tienen)

 

Porque el feminismo no solo es lucha se trata especialmente de su ampliación mediante una tarea territorial.