Los trastornos de sueño me aquejan desde que vivo sin una rutina laboral, estado que, ya al bordear el amanecer y conseguir dormir escasas horas antes de que saliera el sol, me hizo despertar con la única certeza: ir con lo que llevaba en los bolsillos, apostando al todo y nada. No fue menor elegir el apelativo con que me referiría a ellos; en Educación Básica es mucho más fácil con el niños y niñas. Entré jugando, según yo de crack, con el cuestionado: “Buenas tardes a todos, todas y todes”. Pude visualizar desde el primer escaneo a la sala que nadie se escapaba a la convención del binario genérico. Una chica desde el fondo soltó que no me complicara, o no con este curso, porque acá nadie se hace atado, míster. No me complico, solo intento ser justo, dije, y noté un signo de aprobación en sus caras y algunos estudiantes incluso tendieron a ponerse de pie para saludarme. Recién a la profesora titular la habían saludado amablemente, pero apenas con un movimiento de cabeza.  

La clase comienza sin problemas. “Taller de competencias lectoras”, anoto en la pizarra. “Hola, mi nombre es Roberto, ¿cómo están ustedes? Ya saben el mío, me gustaría conocer los suyos”, digo escuetamente. Del texto se desprenden palabras que de inmediato cobran relevancia para  poder avanzar con la lectura. La primera aclaración que he realizado al partir, a modo de motivación, es que distingamos entre “leer” y “comprender”. Algunos explican que se puede leer, pero no comprender. “Se tiene que llegar a entender lo que se lee para comentarlo”. ¡Brillante!, exclamo. Aplausos espontáneos a una compañera que percibo no viste el uniforme.

Una de las mayores dificultades en la comprensión, aparte del desgano de leer, está puesto en el desconocimiento de las palabras a las que nos enfrentamos. Esto no tiene edad, desde los 5 a los 99 años –no exagero– ocurre lo mismo. El texto es largo, y cuesta leerlo porque no manejamos todo su vocabulario. Me toca lidiar 300 días al año con esta exigencia, y en el mejor de los casos espeto algunas claves que permitan enfrentar ese fenómeno, porque una vez que se descubre que todo se debate en el mismo texto y su contexto, el camino es menos largo, escarpado y divisamos un claro de luz. Como se estima que un 33% de la falta de comprensión pasa por el análisis y la interpretación, la apuesta fue avanzar por ese lado.

Abundan ejemplos, y el de ese día resultó clave, como que el eslogan tan potente de la tarjeta de crédito, “VISA, porque la vida es ahora”, defina una forma de consumo. Como los estudiantes hace poco han leído el relamido, a esta altura, libro El consumo me consume de Moulian, terminan diciendo que una cosa es consumir y la otra es comprar. Cuesta salir de esa discusión, más cuando la sala se achica y solo un grupo muestra interés. Uno dice que mejor lo dice el trap que está escuchando –no se ha sacado los audífonos–: Quieren saber por qué hay corrupción? /Senadores ganando más que un profesor/ Quieren saber por qué hay delincuencia? / El paco opresor no le tiene paciencia / A la gente morena, la de población / Niños que no tienen pa’ colación.

Entonces la sala se hace más grande. Al parecer el problema es otro, cuestionarse es el tema. Y para eso necesitamos analizar, vuelvo a decir. O saber palabras. Conocer sinónimos, formas de decir, como la canción, que me puso el… (el muchacho me da su nombre) el amigo, Agustín. Pero a esa altura poco importa.

Nadie queda convencido. O es la sensación que me queda. Ronda la desazón, más por mi cabeza que en sus miradas y acciones. Luego la cosa se va desgranando mucho más, y noto cómo voy perdiendo a un grupo grande del curso, que desvía su atención apenas se generan este tipo de diálogos con algunos alumnos o alumnas. Aprovechan de sacar sus celulares, comen, comienzan a hablar en voz alta y cualquier forma de irse escabullendo de la clase y su debate. Con dificultad había conseguido que atendieran… odio dar palmadas, pero lo hago y consigo que se callen. Dejo de aplaudir. No es necesario que alce la voz, les digo, pero es como si estuviera pensando en voz alta y me viera a mí mismo, a modo de un desdoblamiento, mi primera vez en una sala de clases, allá por el 2001, soy un tipo perdido dentro de una chaqueta que viene a reemplazar a una profesora luego de una licencia psiquiátrica, estoy frente a 45 estudiantes de 8º Básico, donde hay una chica embarazada, dos que se laceran los brazos y hace poco, como gran logro de inspectoría, expulsaron a uno de los dealer del colegio. Silencio, ¿podemos seguir?, apelo, regresando de pronto al presente. Un estudiante, de nombre Pablo, pregunta:

– Profe, ¿usted es de los que cree en los sinónimos?

– No entiendo…

– ¿Si cree que las palabras puedan tener otra que sea igual?

– No, creo que el lenguaje se vale de eso, de no significar lo mismo.

– Entonces, no cree…

– No, porque todo pasa por el sentido, si es que podemos interpretar lo que decimos.

– Y para qué nos sirve esto, lo que nos enseñó ahora…

Ahí me quedo un segundo. “Tal vez para retomar esto en la otra clase”, le digo. Y con eso respondo, o creo dar cabida a que se vayan los que se pierden, porque otra vez la clase se va convirtiendo en un diálogo. Quedamos hasta acá, nos vemos, jóvenes. Me acerco a Pablo y este se ofrece a recoger las guías que han estado respondiendo. Profe, era solo una pregunta. Sí, y yo pienso en más respuestas. Luego me quedo solo en la sala. Recorro y veo en el fondo, sobre la viga que acaba en el muro de la pizarra, unas letras negras con un mensaje que me suena familiar: UN PUEBLO SIN MEMORIA ES UN PUEBLO SIN FUTURO.

Pienso en que es hora de un cigarro. No tengo palabras para decirlo de otro modo. Me perdí cinco años de mi vida.

                                                                                                                                                                                Mirasol, Puerto Montt, 5 de junio de 2019