El blues, al igual que muchas de las músicas afroamericanas, siempre mostró un fuerte componente sociocultural. Así, más allá de desarrollar su propia sonoridad –hoy claramente vintage–, es un estilo que no sólo hurga en la historia, sino que además, en lo posible, expresa los cambios que se manifiestan en la cultura y la sociedad. Y esa mirada moderna, justamente, es lo que le permite marcar una diferencia (si no se queda en el tributo, en el revival, en la retromanía).

Para alguien de la talla de Dr. John, todo eso parecía una tarea sencilla. Su recorrido fue realmente extenso: cerca de treinta discos como solista, y vaya a saber uno cuántos más como sesionista o colaborador, en una lista variopinta que va de Etta James a Blur, de los Rolling Stones a Spiritualized. Así, Dr. John fue un músico que vivió en la suya, arraigado a su mundo, uno que creó para su propio personaje: “The Nite Tripper”, basado en las raíces ancestrales de su ciudad. Conservó hasta sus últimos días su misticismo, sus ritos de vudú y sus accesorios carnavalescos, como si hubiese sido el sucesor natural de Screamin’ Jay Hawkins, pero aún más ascético.

Su verdadero nombre era Malcolm John Rebennack Jr., y antes de su primer LP como solista a fines de los sesenta, ya había perdido su dedo anular de la mano izquierda (razón por la que pasa de la guitarra al piano) en un accidente en un concierto, había sido sesionista para Frank Zappa, Cher y Canned Head, y había estado en prisión por dos años en Texas por vender drogas y administrar un burdel clandestino. Era un tipo que ponía sus propias reglas.Incluso en su debut, “Gris Gris” (1968), un disco que el sello no quería sacar por encontrarlo, derechamente, una mierda. Claro, Dr. John presentaba una mezcla atípica de estilos que, más tarde, nuevos críticos evaluaron como la expresión máxima de su exploración y sobrevuelo por el espíritu de las músicas de su natal New Orleans, dandole su propio toque psicodélico y trasnochado. Y a pesar que nunca tuvo un éxito abrumador, discos como “Dr. John Gumbo” (1971) y “In the Right Place” (1973) lograron igualmente posicionarlo y darle visibilidad en la época dorada del rock, donde además se hizo adicto a la heroína, según revela en su autobiografía “Under a HooDoo Moon”, publicada en 1995. «Estaba volviéndome viejo y sabía que no quería ser un adicto de 50 años […] Además, si te queda poco tiempo, tratas de evitar pasarlo en la cárcel», confesó en una entrevista en 2000.

Con semejante historial y con más de 70 años, pasó a ser un mito viviente. Un músico tradicional, de esos a los que no hay que molestar, sino dejar que sigan en la suya. Así es como, sin meter mucho ruido, en 2012 publicó “Locked Down”, su última gran obra, producida no por un Allen Toussaint, sino por sangre nueva: Dan Auerbach, el genio tras los Black Keys, último emperador del garage rock (comparado por siempre con Jack White), y un fanático del viejo viajero nocturno, al que quizo darle un round más en la última pelea de la noche. Y de paso, presentar y acercar su figura –y su obra– a toda una nueva generación.

Por supuesto, siguió sacándole jugo a la herencia musical de New Orleans, su lugar de pertenencia. Pero la energía y el mensaje de sus canciones fueron más allá de la tradición. Dr. John siempre cantó lo que le dictó su alma, y eso incluyó en la temporada 2012 su visión sobre los tiempos que corría: la falta de humildad y de valores verdaderos, la injusticia y la desigualdad, entre alguna que otra conexión espiritual. “Locked Down” se presentó como un álbum viejo, aunque su contenido es radiante y vivaz. Es también el resultado de un enfoque distinto desde la producción, con Auerbach comandando, y el acompañamiento de una buena banda, con sección de bronces incluida; todos jóvenes que llegaron al soul después de gastar algunos cartuchos en el rock.

Dr. John, con su encantadora voz rasposa, impuso su toque mágico en las teclas, del piano Wurlitzer al órgano Hammond, dando pie para que siempre todos sus colaboradores dialogaran y se aferran a su groove infeccioso, bajo un pulso al que cuesta resistirse, y que fluye con total naturalidad a cada acorde que va sonando cuando uno pone su nombre en YouTube o Spotify y comienzan a sonar sus canciones. No hay mucho más que explicar: estamos hablando de alguien que supo tener a The Meters como banda soporte. Lo que es tener swing.