Opinión

Menos Alessandri y más diálogo

Por: Danilo Jenkins / Publicado: 12.06.2019
En la Cuenta Pública se anunciaron más efectivos policiales y un gran plan de combate a la delincuencia y el narcotráfico; afuera del Instituto Nacional les hacían control de identidad a los estudiantes que asistían. ¿No es eso también violencia simbólica? Y es curioso el gesto; porque, aun cuando no existe la facultad de revisar mochilas, el carabinero se para en frente del estudiante y le pide que muestre el contenido de su mochila. ¿Tiene opción? ¿Tiene opción cuando declaró el mismo presidente Piñera que ‘quien nada hace, nada teme’? Se desplaza la responsabilidad a los niños, a adolescentes que no siempre entienden el juego de los adultos. ¿Ese es nuestro rol como adultos?

Cuando tengo que enseñar qué es la violencia simbólica, siempre me veo en un aprieto y es que, los mejores ejemplos siempre los encuentro en el Estado y sus agentes. Hablamos de una violencia que no se realiza mediante un ataque físico o psicológico; no es un insulto, no es un golpe; es una negación, una prohibición desmedida. La Ley no es una violencia simbólica porque no me coarta; me norma. Pero algunas leyes si se utilizan para ejercer una violencia desmedida.

El primer ejemplo es siempre la plaza de la ciudadanía, cercada. Así de simple. Soy ciudadano, pero no puedo entrar en la plaza de la ciudadanía. ¿Lo decidí yo? No. La primera vez que me tocó ver eso de forma consciente fue durante el primer gobierno de Sebastián Piñera. Había un contexto de movilizaciones estudiantiles y pareciera que el “miedo” estatal prefirió cercar la plaza que da origen a nuestra idea de ciudadanos. Solo un par de carabineros y un fuego que “arde” por nuestra libertad.

Lo mismo ocurre cuando la gente teme a “los militares en la calle”. El recuerdo de la dictadura ejerce poderosamente un efecto violento sobre las personas y por eso es difícil que se tolere tal cosa. Evitar esa violencia fue lo que movió a Bachelet a no mandar tempranamente tropas militares durante los días posteriores al terremoto del 27F. Se le criticó por los desórdenes y caos en Concepción, entre otros lugares. ¿Tenía justificación su decisión? No voy a juzgarlo aquí.

Durante la revolución pingüina, en 2006, algunos estudiantes dirigentes declararon haber sido metidos a la fuerza en automóviles y luego bajados en lugares lejanos a sus hogares. Sin saber muy bien qué pasó dentro, ya es una amedrentación física y psicológica para ellos; pero aún más, simbólica para el movimiento completo. Dice “no sigas en esto o cosas malas van a pasa”’.

En la Cuenta Pública se anunciaron más efectivos policiales y un gran plan de combate a la delincuencia y el narcotráfico; afuera del Instituto Nacional les hacían control de identidad a los estudiantes que asistían. ¿No es eso también violencia simbólica? Y es curioso el gesto; porque, aun cuando no existe la facultad de revisar mochilas, el carabinero se para en frente del estudiante y le pide que muestre el contenido de su mochila. ¿Tiene opción? ¿Tiene opción cuando declaró el mismo presidente Piñera que ‘quien nada hace, nada teme’? Se desplaza la responsabilidad a los niños, a adolescentes que no siempre entienden el juego de los adultos. ¿Ese es nuestro rol como adultos?

Es cierto que las tomas y paros son un tema, pero criminalizando estudiantes ya se ha demostrado que no es una vía coherente para combatirlo. Falta tacto, falta ingenio, falta un poco más de diálogo, amor y menos violencia, menos símbolos represivos, menos metáforas de guerra, menos juego de tronos, menos Alessandri y más disposición de escuchar las criticas sin sentirse agredido; total, en un país laico como este, se sigue abriendo la sesión del senado en “nombre de dios”. ¿Qué tanto les cuesta a las autoridades poner a otra mejilla entonces?

Danilo Jenkins
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