Leo que la edición internacional del New York Times no publicará más viñetas satíricas, debido a la polémica suscitada por una caricatura en la cual Donald Trump como un ciego vestido de negro y tocado con la kipá (el sombrerito tradicional que usan los judíos) es guiado por Benjamín Netanyahu, actual primer ministro de Israel, caricaturizado como un perro salchicha con la estrella de David colgando del cuello.

El dibujo, en una de sus lecturas posibles, fue considerado antisemita. En medio de la polémica y las presiones, The New York Times pidió disculpas y anunció lo que ya contamos: desde el próximo mes no seguirá publicando viñetas políticas en sus páginas internacionales. No solo eso: también suspendió los contratos de Patrick Chappatte y Heng Kim Song, dibujantes del diario. Agradeció, por supuesto, los servicios prestados.

¿Se justifica eliminar la sección, la viñeta editorial, por la polémica suscitada por una de sus caricaturas? Lo que se elimina es una forma de periodismo de opinión que, como toda editorial, su contenido queda a merced de la disputa y a las diversas interpretaciones posibles. La caricatura objetada nos sitúa en el ámbito de la interpretación cultural, en esa necesidad de recurrir a la comprensión, que es siempre dialógica; por sobre la explicación unilateral donde interviene una sola conciencia. Si no hubiese un problema cultural de esta índole, sería absurdo tanto escándalo por una simple caricatura. Sacar la sección es vender el sillón de don Otto. Lo que corresponde, en lugar de eliminar, es discutir, polemizar, debatir aquello que se ha puesto en disputa.

¿Hay límites? De partida la línea editorial del diario que orienta a sus colaboradores, entre ellos los periodistas y dibujantes. Es un trabajo profesional. Lo era para quienes quedan desocupados. Recordemos el 7 de enero de 2015, cuando un grupo terrorista atacó las dependencias del periódico satírico Charlie Hebdo en París. En el atentado fueron asesinadas doce personas, entre ellas policías, periodistas y cuatro dibujantes. Ninguna caricatura –por muy insolente, iconoclasta, irreverente, hiriente o injusta que sea—justifica ese crimen horrible. La historia de la caricatura política está llena de represalias, desde el asesinato al despido del dibujante y –por qué no recordar– prohibir la publicación de “todo tipo de imagen” como lo hizo la dictadura.

Por muy feroces que sean, las formas satíricas son críticas y burlescas ostentando el ejercicio de un pensamiento que debe ser libre. En democracia debe haber una amplia libertad de expresión, lo más amplia posible, con mecanismos legales (la injuria, por ejemplo está penada) y consensos democráticos que diriman cuando hay casos inadmisibles y antidemocráticos como la incitación al odio. En la polémica se discutirá si hay sobreinterpretación o sobrerreacción o una utilización del episodio para resolver otros asuntos a costa de los caricaturistas que no regalan reverencias ni silencios ante los intocables.