Cartas

Testimonio de profesora: “Fui humillada y denostada por Carabineros en manifestación pacífica contra Piñera”

Por: Francisca Quiroga / Publicado: 24.06.2019
Yo seguía llorando y me subí las calzas, pero seguía escuchando bájense los calzones, mi compañera en un nuevo acto de solidaridad hacia mi estado, accede. Salimos de ahí, y nos abrazamos, sentí su protección. Yo de verdad estaba mal, me sentí tan humillada.

La profesora Paulina Cuadra Varela elaboró una carta en la que describe en detalle el maltrato y los abusos policiales que sufrió ella y otra profesora por parte de carabineros tras ser duramente reprimidas y detenidas en las manifestaciones pacíficas contra el Presidente Sebastián Piñera realizadas por los docentes en el perímetro del Casino Antay en Copiapó el jueves 20 de junio. El Colegio de Profesores denunció esta situación y otras ocurridas en Santiago por medio de una carta entregada en el palacio de La Moneda destinada al Vicepresidente de la República, Andrés Chadwick Piñera.

Mi nombre es Paulina Cuadra Varela, soy profesora de la Escuela San Pedro de Copiapó.

El día miércoles 19 de junio, nos encontrábamos junto a otros colegas, estudiantes y niños en una manifestación pacífica en las afueras del Casino Antay, en la que queríamos demostrar nuestro descontento con la nula respuesta por parte del gobierno hacia nuestro petitorio docente.

Cantábamos las canciones que habíamos practicado, con cacerolas en las manos, y fuimos reprimidos con una desproporcionada fuerza policial, quienes en un descriterio total arremetieron contra nosotros con su carro lanza agua.

Pensé en correr, pero vi que mis colegas resistían bajo unos lienzos, no dude y me cubrí tras uno. El chorro estaba justo frente a nosotros, con su potencia desmedida hacia los profesionales de la educación chilena.

En ese instante me toman de los brazos dos policías de fuerzas especiales, no pude hacer nada para zafar. Me llevaron al carro casi en el aire, y recordé como en tantos videos golpean a la gente al subir, por lo que les dije que me subiría sola.

Al entrar a la patrulla, vi como a una colega la apretaban entre dos con una puerta, obligándola a entrar a la segunda división del carro. Ella se quejaba de dolor, pero a ellos parecía no importarles.

Yo jamás había sido detenida, por lo que esta situación era completamente desconocida para mí. Me empujaron para entrar y ella trataba de explicar que no estábamos haciendo nada, solo cantábamos en la vía pública.

Me contó que la habían arrastrado por el piso, tenía su pantalón con barro, le dolía todo el cuerpo. Me dijo que sentía que le habían quebrado el dedo y que le costaba respirar.

En eso suben a dos jóvenes más, luego supe que uno es profesor de Lenguaje y Comunicación y el otro es estudiante de Trabajo Social de la Universidad de Atacama.

Mientras conversábamos con los colegas, escuchábamos como la manifestación seguía con más fuerza, el carro se movía bruscamente y nosotros parecíamos muñecos de trapo. Nos cambiaron de carro en las afueras de la iglesia Candelaria, pero solo me subí con mi colega mujer, ahí perdí de vista a mis otros compañeros.

Dijeron que nos llevarían a la Segunda Comisaría, que es la del centro de la ciudad, cuando llegamos nos interrogaron y nos dijeron que seriamos revisadas; llamaron a una “señorita”, que la verdad no recuerdo su apellido, que nos dijo: “hagámosla cortita”… Se puso unos guantes quirúrgicos y me dijo: ¡Tú primero! Entra ahí (señalando una pequeña celda) y sácate toda la ropa.

Yo la miré espantada, no creí justo que me trataran así, caminé hacia la celda y me saqué mi abrigo que estaba mojado, justo ahí me di cuenta que la celda tenía una cámara en el techo.

Le dije que no me desnudaría ahí, (hace mucho tiempo que la institución dejo de ser confiable para mí) ¿Quién sabe dónde terminaría mi video desnuda?

Ya, me dijo, y me cambio a la celda del lado, que aparentemente no tenía cámaras.

La carabinera se arreglaba el guante y me decía que me desnudara, que si no lo hacía ahí, en el hospital sería peor.

Yo me desesperé y comencé a llorar, no podía creer que me denostarán a ese nivel. Entre en pánico, lloraba sin consuelo y en eso entró a la celda mi colega y le dice: ya déjela tranquila, es una niña, ¿Qué no ve que está mal?

Esa acción de valentía se la agradeceré eternamente a mi querida Maria José Cailly Lamas.

La carabinera insistía en que ese era el procedimiento, y que las dos nos debíamos desnudar.

Yo estaba llorando, sin entender aún por qué nos trataban así, le decíamos que éramos profesoras, que no teníamos nada.

Mi colega accede, y se sube el sostén para que la carabinera dejara de hostigarme.

Eso me dio una pizca de valor, y me bajé las calzas hasta la rodilla, mientras la carabinera decía: Ya, si lo tienen que hacer las dos, ¡bájense los calzones!

Yo seguía llorando y me subí las calzas, pero seguía escuchando bájense los calzones, mi compañera en un nuevo acto de solidaridad hacia mi estado, accede.

Salimos de ahí, y nos abrazamos, sentí su protección. Yo de verdad estaba mal, me sentí tan humillada.

Luego tenían que llevarnos a constatar lesiones, pero antes ya habíamos escuchado que si “la hacíamos corta”, nos iríamos rápido.

Nos querían llevar esposadas, como si hubiéramos cometido un delito. Me negué rotundamente, le dije que no merecíamos este trato, que éramos docentes y no nos arrancaríamos.

Nos subieron a la patrulla y una vez en el hospital constatamos lesiones, la verdad es que yo no tenía golpes o marcas de agresión como mi compañera, pero reconozco que no informé de las agresiones psicológicas que sufrimos.

De vuelta en la Comisaría, habían llegado más fuerzas especiales y comentaban: “La cagá que tienen los profes”, mientras ingresaban nuestros datos a un computador.

Luego de haber escuchado que nos soltarían el jueves, se nos agotaban las esperanzas, pero un carabinero nos dijo que había llamado un fiscal y que quizás nos iríamos esa misma noche.

Una vez en libertad, quise salir lo más rápido posible de ese lugar, no di declaraciones y solo atine a abrazar lo más fuerte que pude a mi madre María Alejandra Varela Altamirano y abuela. Quienes siempre me han apoyado en todo. A mis tías Patricia Isabel Varela Altamirano y Nanita, primas Karen González Varela y Natalia Paz Pereira, colegas y amigas Rossana Avalos Villablanca Yasna Carrasco Valentina Paz Barraza Barrón y Karen Campos Castillo.

Escribo estas líneas desde mi sentir como docente, que vi atropellados mis derechos como ciudadana, humillada, denostada y exijo que ningún otro colega pase por este trato tan indigno.

Agradezco al Colegio de Profesores y a su presidente Comunal, Carlos Rodríguez, quienes movieron todos sus contactos para nuestra liberación, a los señores concejales Rosa Ahumada y Wilson Chinga Ferreira, a los colegas que han manifestado preocupación y a mis queridos apoderados quienes me han enviado mensajes de apoyo.

Me tarde en escribir, porque aún estoy algo aturdida con lo sucedido. Pero más convencida que nunca que lo estamos haciendo bien, que esta lucha es por TODOS; por los que ya partieron y jamás vieron el pago de la Deuda Histórica, por los que no reciben el reconocimiento de su mención, por los que estamos cansados de la doble evaluación, por los que no pueden compartir con sus familias porque tienen que preparar clases o materiales, por los que hemos tenido que cancelar planes los fin de semanas por corregir evaluaciones, por los que queremos estabilidad laboral, por los que creemos que es una aberración el cambio curricular que propone el gobierno, por eso y más seguiremos movilizados hasta ser escuchados

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