Mientras las niñas de entonces sufrían en silencio en las escuelas aprendiendo a odiar el frío, enfundadas en uniformes que proscribían al género femenino el calor de los pantalones, mujeres lúcidas y visionarias de la Red de Educación Popular entre Mujeres se reunían en Paraguay para discutir sobre la necesidad de propiciar una educación no sexista. Por ellas desde aquel 21 de junio de 1981 se declaró tal fecha como el Día Internacional por la Educación no sexista. Esos esfuerzos estallarían como fuerte ola recién el 2018 en nuestro país, cuando las jóvenes estudiantes alzaron la voz para exigirla, a torso desnudo y encapuchadas, tomándose las universidades. A un año de tal hito histórico no podemos dejar que el movimiento decaiga. 

En el mes de la visibilidad lésbica, luego del día del del orgullo lésbico y gay, yo me pregunto cuántes jóvenes lesbianas y gays y trans se han podido sentir cómodes en las salas de clases. Voy a aludir a dos poemas de la antología poética feminista Poesía en Toma, leídos justamente en las tomas del mayo feminista.

Lilit Herrera en su poema Los maricones del Che nos recuerda que en los años setenta, en pleno gobierno socialista, las cosas no eran mejores: “El 22 de abril del 73, las travestis, las locas que frisaban los 18 años, vivían detenidas por ofensas a la moral y las buenas costumbres. La policía guanaquera de Allende las colgaba de tendidos eléctricos, cortocircuitando sus monstruosidades, antes que sus anormalidades se volvieran regla en un proyecto socialista de hombres y mujeres nuevos”. 

El sexo anal consentido entre hombres adultos se despenalizó en Chile recién el año 1999, hace apenas dos décadas. Tal penalización estuvo vigente por ciento veinte años, desde 1875. Descubrí este dato buscando el tipo penal contrario: al asesinato a personas por su opción sexual, y no, eso sí que no existe más que como homicidio con agravante, que además la Fiscalía se niega a utilizar en casos en los que le llora a gritos, como el de Nicole Saavedra. No existe el lesbocidio o el gaycidio o el transcidio, ni el feminicidio existe, solo el “femicidio” acotado a las mujeres asesinadas por sus cónyuges, convivientes, ex maridos o ex convivientes; es decir habiendo mediado una relación heterosexual formal de matrimonio o convivencia. 

Este mes se cumplieron tres años desde el secuestro, tortura y asesinato de odio a Nicole Saavedra, caso que aún permanece impune, y por el cual se realizó una concentración en Quillota, donde se le vio con vida la última vez, ya amenazada de muerte por quienes aseveraban que “la harían mujer”. 

De existir educación no sexista, Nicole estaría viva. Si sus asesinos no hubieran sido educados en este sistema que normaliza la violencia de género, la historia habría siso muy distinta. El sistema educacional sexista es tan cómplice de estos crímenes de odio, como la Fiscalía y los jueces que no aplican con el debido rigor las normas de las que disponen. 

En el poema Junio veinticinco, fatídica fecha en que encontraron el cadáver de Nicole en el Embase Los Aromos de Limache, Amanda Varín escribe “Saavedra/ paria/veta/lesbiana/ en todas las escuelas/naturaleza fractal en cada silla”, para denotar esta realidad multiplicada en todas los establecimientos educacionales donde la homosexualidad sigue siendo tabú; los contenidos del currículum están muy lejos del feminismo; y la violencia es naturalizada en las prácticas de los directores, profesores y estudiantes.

Las cosas no han cambiado tanto como quisiéramos. Hace poco leímos con horror que algunas familias censuraron La esquina es mi corazón de Pedro Lemebel en un liceo de Independencia, apoyados por el director, quien despidió al profesor que propuso la lectura; y que en otro establecimiento corrieron la misma suerte los carteles feministas que preparó un curso, alentado por una profesora que por esa causa también sufrió acoso laboral.

Es urgente que el estudiantado reciba una educación feminista desde la más tierna edad, para que no se siga perpetuando este sistema de opresión basado en las discriminaciones arbitrarias y violencia naturalizada. Este sistema no debe seguir siendo reproducido por el sistema educativo que normaliza las violencias. 

Es realmente urgente que nos enseñen el verdadero respeto entre las personas, independiente de la clase, raza, y sexo con el que nacimos, el género que construimos, y nuestra opción sexual. ¿Pero cómo hacerlo, si la mayoría de los profesores ni siquiera se toma la molestia de estudiar teoría de género, y mucho menos de enseñarla? Debiera ser una obligación.

Mientras, poetas feministas firmes seguiremos escribiendo y leyendo poemas antipatriarcales, unidas por una educación no sexista, ofreciendo recitales gratuitos a los liceos que deseen abrirnos sus puertas y oídos, pues confiamos en que estos versos son altamente contagiosos y que todo el territorio corre el maravillosos riesgo de volverse feminista. Algún día brindaremos por la justicia.