Es indudable que el metro es un medio de transporte necesario para descongestionar la ciudad y ahorrar tiempos de viaje. Es un signo de progreso. Se diría que es parte de la “imagen país” y –como la canción nacional y la bandera chilena– el mejor del mundo. Lugar sagrado que motiva el orgullo nacional. Con el mismo pecho inflado digamos también que nuestro metro tiene la tarifa más alta de Latinoamérica, en un país donde el 10% más rico gana 26 veces más que el 10% más pobre: a ese 10% no le alcanza para pagar el pasaje del metro.

Entonces pienso en aquellos aspectos decepcionantes del metro, los daños en los entornos de las estaciones, la censura a afiches y canciones para que no vayan a herir ciertas sensibilidades (como el afiche del documental Estadio Nacional), pienso en el símbolo que prohíbe cantar, estigmatizando al guitarrista como si fuera malo a la salud como los cigarrillos (esto lo reclamó la Unión Nacional de Artistas). Por supuesto, nunca olvido que la estación San Pablo se llamaba Violeta Parra cuando se iniciaron los trabajos (censura que nunca se reparó). En fin. Con bronca personal –que interpreta a muchos vecinos– reitero mi indignación por ese maldito ruido subterráneo.

Soporto desde las cinco de la mañana el ruido de la Línea 3 del Metro. Tengo un dolorcillo permanente en los oídos. Estrés por ruidos molestos (y seguramente irritabilidad que me lleva a escribir estas cosas). En la casa, por las vibraciones, se sueltan los azulejos y se desprendió un lavamanos. Si un turista viene a mi casa, cada cuatro minutos podrá sentir un típico temblor de 4 a 5 grados (very typical en un país sísmico). Trabajo en mi casa. Duermo mal. A veces, cerca de las 3 de la mañana, escuchamos el metro. ¿Así, quién puede dormir tranquilo? Piñera –en un matinal por supuesto– descalifica nuestra molestia: se trata, dice, de “pequeñas incomodidades”. No son pequeñas, presidente, y son nuestras: de quienes sí pagamos las contribuciones y tenemos derecho a vivir tranquilos.

Para la ministra Gloria Hutt, la obra “cumple con los estándares internacionales” y todo está “dentro del rango permitido por la norma”. Lo que no dicen es que Metro S.A. para obtener la Resolución de Calificación Ambiental (RCA) utilizó una norma que ya estaba obsoleta desde el año 2003. Sin embargo, nuestro tema no son las normas sino las personas. El “progreso” se impone con vicio, externalidades perniciosas y zonas de sacrificio que, en este caso, las sufren nuestras familias. A veces conviene lo del estándar internacional. Otras, mejor ni mencionarlo. Tenemos derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación y derecho a la integridad física y psíquica. Ambos derechos están siendo transgredidos. Nos negamos a ser el costo social, la externalidad negativa o la zona de sacrifico –o como se llame el perjuicio– de un trabajo mal terminado, hecho –como hemos declarado los vecinos– “con negligencia, desidia e indolencia”. La ministra afirma que las molestias serían por causas externas al metro, bien: ¿cuáles serían esas causas que coinciden con la partida del metro? La ministra –en TV13– plantea que “los reclamos de los vecinos deben verse caso a caso”. ¿Por qué ese desprecio o temor a la organización vecinal, a la comunidad que se comporta como comunidad? Las afectadas son al menos 160 viviendas (alrededor de 600 personas). Es demasiado antiguo el adagio “dividir para reinar”. Engañan a la comunidad. Quieren que nos cansemos, nos dividamos, nos resignemos. Pero tenemos derechos y ahora los vecinos nos estamos conociendo.