Protagonista de una de las internas más disputadas en la corta historia de Revolución Democrática (RD), la diputada por la región de Antofagasta y presidenta del partido, Catalina Pérez, habla del proyecto que encabeza y de los desafíos que 2019 trae para el Frente Amplio, el conglomerado que agrupa a las fuerzas de izquierda.

Pérez habló con la Fundación Nodo XXI sobre los desafíos de su gestión y los temas pendientes que aún deben debatir en RD y el Frente Amplio. El Desconcierto reproduce ese diálogo, pues la nueva presidenta de RD seguramente tendrá un rol clave en la reestructuración del mapa social y político del país en los próximos años.

-Dentro de los ejes más importantes en su llegada a la presidencia de RD están una apuesta por la descentralización y otra por afirmar el papel de construcción social que debe encarar el partido. ¿Puede ahondar en ellos?

-Cuando hablamos de descentralizar, estamos hablando de una apuesta política por un tipo de partido determinado. Eso es una discusión que no se ha dado y es una decisión que RD tiene que tomar, respecto a qué tipo de partido quiere ser. Es una decisión con la que no nos hemos comprometido todavía, por una parte, por ausencia de debate interno, pero también por querer dejar la puerta abierta a la posibilidad de que el partido funcionase como plataforma de instalación de un proyecto político lo suficientemente sólido y, a la vez, complejo para los desafíos del Chile contemporáneo. La propia decisión de pasar de ser un movimiento a un partido político fue una difícil y dice mucho sobre querer tener las puertas abiertas en relación a cuál es el rol que nos corresponde jugar en el escenario político chileno.

Siendo, además, personas que hicimos formación política en el mundo social, en la campaña establecimos que esta es una decisión que tenemos que tomar, porque el escenario político chileno y su reconfiguración no permite que mantengamos esa indefinición. En eso nos la jugamos por dos apuestas: una, por pasar a ser a un partido derechamente ideológico y no tan instrumental; y otra, con cómo reconfiguramos la idea de ser un partido con fuerte arraigo territorial, es decir, un partido de masas. Desde ahí, creemos que la idea de construir un partido ideológico, si se quiere también de esta izquierda del siglo XXI, tiene relación con tomar una decisión y definiciones más claras y profundas de cuestiones como cuál queremos que sea nuestro modelo de producción y consumo para ofrecerle al país, qué idea de democracia y compromiso con los Derechos Humanos defenderemos, cómo queremos abordar los discursos populistas de izquierda, o si buscaremos proyectarnos como mayoría en el escenario político nacional.

Por otro lado, la apuesta por la territorialización y el carácter de masas del partido tiene que ver con qué rol le atribuimos a la movilización social —al millón de personas que votaron en el plebiscito NO+AFP, al millón de mujeres que salieron a marchar el pasado 8 de marzo— en la construcción de un nuevo proyecto político transformador para Chile. En tal medida, la discusión se relaciona con cómo RD logra conducir y entender tales procesos sociales, sin instrumentalizarlos, comprendiéndolos como expresiones del presente social y político del país. Lograr eso pasa por descentralizar la oferta política de RD: acercar y concretar el proyecto político en los territorios, y entender que la disputa por la hegemonía cultural también es una de las dimensiones relevantes de nuestro proyecto. Subyace, en definitiva, la pregunta respecto a qué queremos ser: ¿gestores de políticas públicas o un actor social y político con capacidad de articular otros sectores, con capacidad para ir reconfigurando el tejido social?

-Menciona la cuestión de haber privilegiado una configuración de tipo instrumental antes que ideológica en RD, y en tu campaña sostuviste con fuerza la idea de la necesidad de ir dotando de contenidos a una izquierda del siglo XXI. ¿Qué elementos caracterizarían a un proyecto así y a su horizonte estratégico?

-Creo que a la izquierda tradicional le ha costado responder a fenómenos globales que invitan a cuestionar las clásicas soluciones que hemos brindado. El “más o menos Estado” hoy no alcanza para dilucidar soluciones a fenómenos como la migración, la globalización, el cambio climático o el narcotráfico internacional. La clásica configuración de la izquierda ha sido insuficiente para plantearse ante una hegemonía neoliberal abrumadora en el campo sociocultural, y que nos termina poniendo siempre en un lugar de minorías, cuando lo que hoy necesitamos es precisamente lo contrario: tener la aspiración de configurar mayorías sociales que permitan disputar la hegemonía cultural capitalista.

Esa es una definición ideológica, pero cruzada por una dimensión estratégica donde quizás las izquierdas no nos logremos poner de acuerdo, pero en donde una puede jugar un papel. Las diferentes configuraciones identitarias de la izquierda deben contribuir hoy a que seamos capaces de hacer frente al capitalismo neoliberal desde nuestra diversidad: no creo que hoy haya, o que deba haber, una fórmula única para ser de izquierda en Chile. Porque si bien no creo que lleguemos a una respuesta política única, lo que importa es cómo frente a la actual configuración cultural, política y económica, nos posicionamos con respuestas frescas. Y ahí una izquierda de mayorías, que adopte al feminismo como un principio transversal, que se plantee ecosocialista al hacerse cargo de la ecología y el medioambiente, que entienda no solamente al sacrificio o algún tipo de coherencia prístina como identidad política, sino también al deseo como impulsor de un nuevo modelo de sociedad: allí no se pueden obviar las lógicas neoliberales culturalmente hegemónicas. ¿Cómo integramos o articulamos tales asuntos? Esa es una de las grandes preguntas que hoy debemos enfrentar desde la izquierda para ofrecer una alternativa real a Chile. Allí también el sentido de lo revolucionario debe ser reconfigurado: ¿cuál es la revolución a la que la izquierda va a apostar hoy?

-Has sido enfática en afirmar que el domicilio político de RD es el Frente Amplio (FA) y que una de las tareas prioritarias del partido es apostar por la maduración política de este proyecto. Luego de un primer año de instalación fundamentalmente parlamentaria, ¿cuáles son los desafíos sociales y políticos que enfrenta actualmente el FA, pensando en 2019?

-El principal desafío es decidir si queremos ser una alianza política y social, porque es algo aún no decidido. Tenemos la puerta abierta en dos caminos: podemos continuar siendo una alianza electoral que se encarga de administrar lo institucional o podemos apostar por profundizar esa alianza electoral en torno a un proyecto político y social que haga sentido no sólo cuando seamos Gobierno y ejecutemos el “Programa de Muchos”, sino también en la coyuntura y realidad actual de cada espacio local y movimientos sociales en Chile, donde el FA tiene presencia. Entender el desafío del FA como un desafío político y social implica llegar a un acuerdo común respecto a cuál es la estrategia que vamos a utilizar y cuáles son los actores con los que nos vamos a relacionar para hacer frente al modelo neoliberal. Hoy no tenemos tan decidido —por ejemplo— si queremos enfocarnos en lo local desde los conflictos socioambientales, para desde allí construir una posición para las próximas elecciones municipales, ¡o siquiera si esas próximas elecciones municipales marcan los tiempos y dinámicas del FA en lo local!

-¿Es necesaria esa maduración política y social del FA, para ir más allá de un simple pacto electoral?

-Hoy es una tontera no hacerlo. Tenemos que tener el convencimiento de que la disputa por la hegemonía requiere de un esfuerzo que supera con creces el ámbito de lo institucional y, además, hoy en día lo institucional está muy vaciado socialmente; hay poco pueblo allí.

En un sentido estratégico, renunciar hoy a lo político y social “no institucional” es no comprender el escenario político y social chileno. Además, hay un espacio de oportunidad enorme porque no hay oferta política para ese segmento de la población que no vota en Chile. Desde esa perspectiva, ¿se va a encargar de reivindicar lo colectivo por sobre lo individual en el sistema actual? No hacerlo es regalar a la ultraderecha un espacio que hoy no está ocupado, es regalárselo a la conflictividad social creciente o a la precarización de los barrios más pobres de Chile. Es renunciar a la oportunidad de una irrupción, incluso político-institucional, de una nueva fuerza política. Pero para hacer eso hay que atreverse a romper varias barreras.

-¿Qué tiene que pasar dentro del FA en 2019 para ir avanzando en esa dirección?

-El punto es si lo institucional es un medio o un fin, si nos va a alcanzar para ofrecer al país un nuevo Chile. Tiendo a pensar que, dado que no vamos a tener el poder económico, comunicacional o militar detrás, no podemos farrearnos la posibilidad de construir poder popular como espalda social y política. La construcción de poder popular hoy, en este contexto, requiere repensar la configuración identitaria del poder popular en Chile, reconstruir una tradición de este tipo. El proceso de la Unidad Popular en eso nos enseñó muchísimo respecto a cómo se comprendía y configuraba un escenario político donde las identidades iban confluyendo para hacer frente a un modelo. ¿Cuáles son esas nuevas identidades? No son las de antes, no sé si las nuevas identidades van a estar en torno a la vivienda, a lo religioso o en torno al conflicto socioambiental. ¿Dónde están esas identidades?, ¿dónde propiciamos que estén y cómo nos apropiamos también de ellas en lo discursivo, en el entendimiento del nuevo Chile?

Pero eso es un salto al vacío, una apuesta por lo desconocido, y hacer ese tipo de apuestas es siempre más difícil que jugar dentro del tablero de lo conocido. Y, en el FA, siento que también nos jugamos constantemente esa carta: entre el pragmatismo, la gobernabilidad, el crecimiento, la impugnación. No hay una lectura compartida, una lectura sociológica del Chile actual. Lo que sí hay es un horizonte compartido de él, pero en la medida que no hagamos un diagnóstico compartido es difícil que hagamos una estrategia compartida. Eso es lo que debería pasar para ir avanzando.

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