En su famoso libro Orientalismo de 1977, Edward W. Said colocó de epígrafe una cita a Karl Marx que dice “ No pueden representarse, deben ser representados”. Por cierto, en un libro que habla sobre como la literatura europea ha construido enunciados sobre Oriente, para muchos resulta misterioso el verdadero sentido de esta frase de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, que no refiere a ningún “oriental”, sino al campesinado, al que Marx consideraba incapaz de darse a sí mismo una conciencia de clase como sí ocurría en cambio con el proletariado. Algunos han visto aquí una tergiversación de Said en lo que respecta al pensamiento de Marx, sacándolo de contexto, pero una lectura más atenta, nos puede permitir comprender que ese des-contexto es lo que permite ampliar la reflexión de Orientalismo a otros campos que no están sujetos a la dualidad Oriente-Occidente, o mejor aún, hace que el propio problema de Orientalismo se vuelva algo mucho más complejo, ya no una relación conflictiva entre dos polos imaginarios del mundo, sino el condicionamiento de esta relación a una fuerza subyugante y de jerarquización de la vida humana mucho más profunda y del que el orientalismo es derivado.

Que algo no pueda representarse a sí mismo implica una carencia, una falta que sólo una relación de poder asimétrica puede resolver. La historia ha mostrado que estas “buenas intenciones”, ya sean de vanguardias o de Estados coloniales, suelen resolver la brecha bien con asesinatos masivos o bien con el adoctrinamiento y la producción de una subjetividad sumisa. En la forma de vida capitalista la educación se ha transformado en un dispositivo fundamental para la creación de voluntades y corporalidades capaces de cumplir con los propósitos de la producción  logrando que estos mismos cuerpos se llamen a sí mismos capital humano. Llega un punto en que todos pueden ser sujetos de representación, o al menos de la creencia en una autonomía que goza manteniendo los engranajes de un poder que la somete.

La producción de representaciones es evidentemente una de las tareas que el orientalismo asume, bajo este paraguas más amplio, para establecer formas de sometimiento gozoso entre pueblos enteros que más allá de los clichés eróticos del exotismo, son forjados con una promesa que varía de acuerdo a sus condiciones. El “desarrollo” y la riqueza convencen tanto a latinoamericanos como árabes, la libertad o la autonomía, por otra parte, se ven en el horizonte de los palestinos, mapuche y saharahuíes como principales deseos incumplidos que aprovechan los más poderosos para sembrar el terreno de señuelos.

Es en tal relación que puede darse algo como el llamado Acuerdo del siglo, promovido por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su adlátere yerno Jared Kushner, en el que se espera participen varios Estados árabes, Israel y la propia potencia, sin consideración alguna de los palestinos. Al igual que en 1948, cuando las Naciones Unidas partió el territorio de la Palestina histórica, los propios palestinos aparecen como incapaces de representarse a sí mismos y, por tanto, sujetos de representación. Esto implica que siendo los palestinos una suerte de infantes frente a los demás Estados, no sólo se debe decidir por ellos, sino sobre ellos.

Esta estrategia de infantilización se enmarca en el mismo enfoque que permitió la invasión a Iraq y la promoción de las guerras civiles de Siria y Libia, afectando esta vez directamente al problema central de Oriente Medio, Palestina, lo que permitiría una nueva fórmula para el reordenamiento de la región y la normalización de relaciones entre los países árabes e Israel.

En una entrevista reciente, Kushner articula una respuesta sobre los palestinos que podría perfectamente ser reemplazada por la cita de Marx: “La esperanza es que con el tiempo, ellos puedan llegar a ser capaces de gobernar”. Y continúa diciendo que los palestinos “necesitan un sistema judicial justo… libertad de prensa, libertad de expresión, tolerancia para todas las religiones” [1]. Más allá de los elementos superficiales con los que Kushner indica esta “incapacidad” palestina, lo que resulta evidentemente más preocupante, es el acuerdo entre el resto de los actores que participarán de la cumbre en Manama, Bahrein, donde se intentará decidir el destino de los palestinos una vez más. Para nadie es ya un misterio que otrora defensores de los palestinos –siempre de manera sólo retórica, hay que decirlo– como Arabia Saudí o Egipto, hoy se encuentran mucho más cerca de Israel, Estado con el que tienen importantes planes económicos por los que valdría la pena sacrificar a los palestinos.

El problema de la representación de los palestinos ha estado presente en varias instancias. En la búsqueda por el reconocimiento del Estado palestino por parte de la ANP, en la lucha por entrar como miembro pleno dentro de Naciones Unidas, y en la decisión del mismo Trump de mover su embajada en Tel Aviv a Jerusalén. En este nuevo gesto, la promoción del Acuerdo del siglo, se busca finalmente poner fin a toda posibilidad de los palestinos de representarse, bien a través del desplazamiento masivo de su población o bien por medio de la anexión de Cisjordania y Gaza reconociendo de facto la existencia de un Apartheid.

En este trágico juego de la representación, tal vez habría que ir más allá de ella, porque, a fin de cuentas, donde hay representación hay jerarquías. Existen algunos que pueden hablar y otros que son invisibilizados, en una carrera por el reconocimiento. El gesto político que nuestro tiempo parece exigir a gritos, en este sentido, es el de romper con el problema de la representación. El Boicot a Israel, por ejemplo, organizado por la campaña BDS, plantea al menos  una crítica fundamental al problema de la representación, poniendo el acento en los ciudadanos del mundo y no en los Estados, fundándose en una solidaridad humana y no de las naciones.

Frente a la carrera por las representaciones en una estructura de jerarquías, la resistencia palestina se convierte en lo no asimilable, lo no representable, lo imposible de ser capturado por el poder. De este modo, la respuesta palestina ha de entrar en una gramática diferente, que asuma que la libertad y la autonomía no pasan por el mero reconocimiento de los poderosos, sino por la imposibilidad de ser reducido a una vida desnuda y para ello es necesario que la resistencia siga por el camino cosmopolita que ha abierto el Boicot.

NOTAS

[1] The New Arabs. URL: https://www.alaraby.co.uk/english/news/2019/6/3/kushner-says-palestinians-not-ready-to-govern-themselves


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile