Desde  El tango del viudo (1967) –película que solo pudo verse en  2017, cuando fue recuperada y restaurada por Valeria Sarmiento y Chamila Rodríguez–  hasta  La noche de enfrente (2012), Raul Ruiz ( 1941-2011) no paró de filmar, de hacer cine, de pensar y teorizar sobre las prácticas y la producción cinematográfica: la historia, sus elementos, las relaciones internas entre imagen y lenguaje, las afinidades con el espectador.

El cine de Ruiz ha sido calificado de hermético, difícil, laberíntico. En un gesto crítico generoso, Valeria de los Ríos organiza su trabajo en capítulos que piensan por separado dimensiones diversas de las estéticas y el pensamiento con que el director construyó su obra en desvíos y convergencias, que de manera erudita y clara construyen la densidad e intensidad de una producción múltiple desde la que pensó y mostró de manera única mucho de Chile y lo chileno. Sin caer en una crítica historicista, ni menos cronológica, la autora se refiere a sus primeras películas, antes de su salida al exilio, hasta las últimas, producidas en el ir y venir desde Francia a Chile. Los textos dialogan con Ruiz respecto a los modos de concebir el arte: distanciamiento crítico, erotización, dimensión lúdica, relaciones con la historia del cine, entre otros. La estructura del libro  hace accesible su pensamiento y sus saberes, y vuelve atractiva la lectura.

Ruiz comenzó haciendo cine en Chile, quienes tuvimos el privilegio de ver Palomita blanca o Tres tristes tigres, antes de 1973,  pudimos  sorprendernos con su modo de mirar  y mostrar la realidad, desocultando latencias y modos de ser imperceptibles al ojo y el sentido común. Su exilio en Francia lo puso en contacto y lo desafió a relacionarse con otros formatos, otras estéticas, otras tecnologías, configurando así las fuentes fundamentales de su creación: por una parte la realidad chilena que siempre parece haberle intrigado; y, por otra, la tradición del cine europeo y particularmente francés que le otorgó materiales, proposiciones y procedimentos fílmicos con los que pudo, además de remirar lo realizado, repensar Chile, sus mitos y mistificaciones, intensificando lo singular  de una poética originada en el cruce de  fronteras: geográficas, históricas narrativas y representacionales.

De los Ríos trabaja con lucidez teórica su percepción del cine de Ruiz, dialoga con la crítica e interroga la hegemonía de cierta crítica francesa que caracterizó como barroca la obra de Ruiz producida en el exilio. Si bien hay un antes y un después del golpe militar y el exilio, dice, este juicio tiene el peligro de homogeneizar, generalizar y/o simplificar una producción de más amplias y complejas dimensiones. Reconociendo las características estilísticas y temáticas propias del barroco que ya estaban ahí, critica el eurocentrismo del concepto de barroco que se le aplica, señalando que el barroco de Ruiz no puede ser mirado solo desde lo europeo, sino referido e historizado desde su propia realidad, circunstancias históricas y diferencias en los modos de comprender esa sensibilidad estética. La crítica mencionada pecaría además de etnocentrismo, de exceso de citas a autores canónicos del barroco histórico, desatendiendo el hecho que este aparezca como producto de una circunstancia histórica específica, que obligó a muchos artistas a codificar su obra con técnicas  emparentadas con procedimientos afines al barroco, sin señalar la propiedad  de lo latinoamericano que en autores como Lezama Lima, Borges o Severo Sarduy elaboraron  una particular estética neobarroca de gran relevancia en  la producción cultural posgolpe militar. El humor, la ironía, el malestar en la lengua que busca cómo decir y mostrar  la visiones, los sueños, “la musicalidad , el balbuceo que sube y baja en una línea de entonación”; la concepción del espacio tiempo, la relación con el ensoñar, la parodia, no podrían fijarlo a una única noción de barroco europea e histórica. Quizás sea difícil encasillar el cine de Ruiz en alguna pertenencia estética o estilística, su poética es heterodoxa, plural, iconoclasta e irreverente. Por eso interesa destacar en  estas  Aproximaciones, la relación con el juego y con la crítica que lo sitúa como un apostador que tuvo la singular costumbre de lanzar películas hacia el futuro. “Pareciera que Ruiz fue un  vidente”, enuncia el texto. Al revisar algunas películas en que aparece la infancia o personajes infantiles, como Comedia de la inocencia, o Manuel en la isla de las Maravillas, de los Ríos destaca que para Ruiz el juego abre posibilidades a la técnica cinematográfica, permite abordar la imagen de forma creativa. Ambos, el cine y el juego, se presentan como formas contrahegemónicas de potencial revolucionario; alteran el significado de las cosa, transforman la realidad, “tienen un rendimiento a la vez narrativo, visual y político”.  Múltiples categorías de juegos escenifican, junto al mundo de los juguetes, que opera como dispositivo infantil, la posibilidad de agenciar realidades, a la vez que hacen posible la experimentación formal. Los juegos populares, los juegos de palabras, los chistes, las bromas, cumplen en su cine formas de proponer  otros mundos posibles.

Si bien el mérito de este libro reside en la erudición y el rigor con que Valeria de los Ríos trabaja una obra fílmica que conoce tan bien como conoce la poética y la escritura de su autor (este no es su primer libro sobre Ruiz), mi lectura destaca  la sensibilidad y claridad con que puede atraer a ese espectador, que sin ser especialista, está interesado, busca informarse y conocer  la historia, los modos y las técnicas con que se ha producido la obra cinematográfica más ambiciosa y más universal –sin olvido de lo local– del cine chileno. El mérito no es habitual a la crítica académica.

Metamorfosis. Aproximaciones al cine de Raul Ruiz

Valeria de los Ríos

Ediciones Metales Pesados 

 128 páginas

Precio de referencia $10.000