Opinión

Un minuto de silencio por todos los libros destruidos

Por: Eduardo Farías / Publicado: 07.07.2019
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La destrucción de libros es una práctica común en la industria editorial, decisión que no depende de la ideología del texto (exclusivamente), sino de su comportamiento comercial, pues un libro que no se vende es un costo constante en bodega. Sin asco, se guillotinan libros porque económicamente son un lastre. Así, la industria editorial silencia año a año novedades que no serán reimpresas. Desde mi perspectiva, no hay mucha diferencia en cómo se le trata al libro entre el mercado editorial actual y las quemas de libros

La destrucción del libro es un tema delicado, sobre todo si se sostiene la necesidad de quemar páginas, pues genera reacciones airadas; interesante es el hecho que la historia del libro va de la mano de la historia de la censura y si hurgamos en ellas encontraremos primero la mano de la iglesia católica, institución que creó el índice de libros prohibidos y destruyó material editorial prehispánico en el territorio mexicano. La Iglesia católica, la “santa” Iglesia católica ha iniciado la destrucción del pensamiento ajeno como camino de poder religioso, político y cultural. De hecho, Bernardo Subercaseaux en su Historia del libro da cuenta de la primera quema de libros realizada por católicos. Otro caso que es insoslayable es las quemas de libros realizadas por militares y carabineros en el golpe de Estado de septiembre de 1973. Sin duda, no faltará quien recuerde las diversas quemas de libros de bibliotecas de la Universidad de Chile.

¿Qué se quema cuando se quema un libro?, ¿qué se destruye cuando se le arrancan las páginas, páginas que se tiran a la basura?, ¿se queman las hojas o se queman las palabras, o el conjunto arde? Aunque exista la remota posibilidad que una persona incinere un libro por su materialidad, esta acción se realiza porque existe un mensaje prohibido y una autoría marcada por el libre pensamiento. La construcción de un texto se vuelve un acto peligroso para el poder, prueba de esto es el cisma en la Iglesia gracias al desarrollo de la imprenta de tipos móviles en Alemania y la escritura de Lutero. Es la existencia del contenido una parte de la definición del libro, y él con su texto albergan, gracias al uso de la razón y métodos de investigación, el conocimiento de la humanidad; su progreso intelectual, cultural y literario; su diversidad. En el Chile incipiente que comienza a salir de la Colonia, la intelectualidad se ve influida por la matriz ilustrada, gracias a esto se introduce la imprenta en el territorio nacional. La matriz ilustrada valora el objeto libro por su capacidad de sacar de la oscuridad, de la ignorancia, de crear en definitiva un progreso intelectual en los sujetos, de lo cual el resto de la sociedad se beneficiaba (in)directamente. La creación de contenido puede ser un acto peligroso para el poder. En la actualidad, esta valoración positiva sobre el libro se ha fortalecido por la importancia de la lectura en la niñez (y en todas las etapas de una persona).

La peligrosidad del contenido es la razón de las quemas realizadas por la Iglesia católica a mediados del siglo XIX y de los militares y carabineros en la dictadura. Todas estas instituciones en su contexto respondieron la pregunta: ¿qué hacer con la literatura del enemigo contenida en libros? La opción que eligieron la conocemos. Mucho contenido ha sido destruido por la hegemonía política, económica y cultural sobre una población; justamente, porque tanto la iglesia católica como la junta de militares para el 73 consideraron que el libro estaba marcado por su contexto: la lucha de clases en un país. Aunque no está de moda analizar la realidad desde el marxismo, es innegable que la postura política respecto del capitalismo de la edición independiente y, sobre todo, de la edición ácrata y cartonera es la evidencia de que la lucha de clases todavía existe, y por cómo se ha comportado la Iglesia católica y quienes se creen los dueños de este país y de su población, podemos con justa razón suponer que por la hegemonía política, económica y cultural actuarían igual que en el pasado. El libro, al parecer, tiene un papel activo en la transformación social o en la consolidación de la desigualdad social.

Si se aspira a la construcción de una sociedad sin desigualdad social, ¿qué lugar posee el pensamiento uniformado de la Iglesia católica? Iglesia que no solo está caracterizada por la violación de menores, sino que también por la validación de un mundo de ricos y pobres, presos de una autoridad en el cielo y en la tierra que valida mediante su perdón el pecado de su rebaño. Si se reconoce a la Iglesia católica como una institución enemiga que se beneficia de la desigualdad social, la pregunta por el lugar de su literatura en la sociedad futura no es tan naif como parece. También lo podemos pensar el revés, en la utopía católica cristiana de Kast, qué lugar tendría el pensamiento ateo, el pensamiento queer, el pensamiento ácrata. La censura existe, se practica porque el libro, al parecer, tiene un papel activo en la transformación social o en la consolidación de la desigualdad social. Pensar solo la peligrosidad de un libro por lo político del contenido reduce el análisis que podamos realizar sobre la censura, el silenciamiento, la destrucción del pensamiento del otro.

De hecho, la destrucción de libros es una práctica común en la industria editorial, decisión que no depende de la ideología del texto (exclusivamente), sino de su comportamiento comercial, pues un libro que no se vende es un costo constante en bodega. Sin asco, se guillotinan libros porque económicamente son un lastre. Así, la industria editorial silencia año a año novedades que no serán reimpresas (Un minuto de silencio por todos los libros guillotinados). Desde mi perspectiva, no hay mucha diferencia en cómo se le trata al libro entre el mercado editorial actual y las quemas de libros, pues sea por el motivo que sea, el libro se silencia, se destruye. La destrucción de libros que se realiza en el capitalismo debiese escandalizar a la sociedad chilena tanto como las quemas públicas. 

Por último, con el aumento de la ultraderecha y de su nefasto desarrollo político en los países latinoamericanos, la pregunta por la coexistencia y por el lugar (importancia, existencia) de su literatura en una sociedad futura aparece e incomoda, pues… sí, es difícil posicionarse: o fascista o democrático.

Eduardo Farías
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