Cinco ediciones en menos de un año confirman que Matadero Franklin (Ed. Planeta, 2018), la primera novela del ya probado cuentista Simón Soto, es al menos un interesante fenómeno de ventas. En ella se narra la historia de Mario Silva Leiva, el mítico Cabro Carrera, quizás el narcotraficante más laureado de esta pequeña comarca. Ambientada entre 1930 y mediados de los 40, da cuenta de sus primeros pasos. Si de cabro chico robaba billeteras, no demoró en codearse con un amplio repertorio de hampones, patos malos, choros, lanzas y cogoteros, hasta hacerse fama en el rudo negocio de las apuestas. Pero aquí Silva Leiva no es más que un secundario que espera su momento detrás de la protagónica disputa que sostienen el Lobo Mardones y Torcuato Cisternas, ambos líderes delictuales ya curtidos en el ambiente barrial, y que terminan siendo los que lo conducen por la senda del crimen. Todo esto le da vida a una historia por años marginal, acaso un simple anexo de la crónica roja, pero que hoy se lee con oportuna actualidad y resonancia.

Razones de su éxito hay varias. La de Soto es una novela sin grandes laberintos narrativos, que carece de personajes de psicologías complejas, o de un estilo marcadamente confuso. Por el contrario, se lee rápido, es entretenida, fácil de seguir y cautiva con su buen ritmo. Logro no menor el de su autor que, como en todo buen policial, maneja el suspenso mediante capítulos cortos, escenas bien compuestas y una escritura casi milimétrica. Antes que una novela, este libro parece un guión novelado en el que predomina la acción y con personajes que casi no reflexionan. Pero esto último, justificado en la elección de un  narrador omnisciente, resulta poco sensato pues omite deliberadamente aquel rasgo que muchas veces explica, justifica, ennoblece e incluso puede redimir la función criminal. La gran novela social chilena, recordemos, ha hecho que sus protagonistas la mayoría buscavidas o desertores de la legalidadno solo abunden en peripecias sino que se entreguen al análisis reflexivo y meticuloso del contexto en que viven. Sabiduría popular, muchas veces sinónimo de enorme fuente de subversividad antisistémica, que en Matadero Franklin es casi inexistente. 

Pero sin duda lo que más llama la atención es el interés de Soto por configurar un retrato que se rinde ante la nostalgia. El colorido de los ambientes, el imaginario folclorizante de sus calles y avenidas, y la insistente referencia a cierto paisaje gastronómico terminan por componer una estética guachaca que, provista de una buena cantidad de clichés, intenta recubrir de cierta mística los barrios bajos del Santiago de esos años: el Club Hípico, la Estación Mapocho, la Plaza de Armas, la Vega Central, y desde luego, el mismo Matadero Franklin. Así, diseña la postal turística de una ciudad que ya no existe, o que tal vez nunca existió, al menos no como lo pinta su autor, a saber, como una épica de hombres fuertes, rudos, siempre dispuestos a defender la propia honra mediante un duelo a cuchillos, un glamoroso pie de cueca chora, o el ritual cortejo de una mujer. En este contexto los personajes no solo padecen de un impostado coraje, sino que son muestras vivas de una masculinidad sin fisuras, a ratos tan exacerbada como fatigosa. Estructuras de poder férreamente jerarquizadas, pero que parecen intentar mostrarnos que incluso en el hampa, todo tiempo pasado siempre fue mejor.

De cualquier forma el proyecto escritural de Soto, sin grandes ripios ni sobresaltos, destaca no solo por su vocación de best seller sino por su buen olfato. A pesar de las varias erratas (quinta edición, nadie puede), da en el clavo con un tema que, aunque nada novedoso, goza de buena salud en el imaginario nacional. Sabemos que el narcotráfico es una posibilidad cierta de ascenso social, allí precisamente donde el Estado no existe. Si en Chile por años se lo consideró un flagelo propio de países bananeros, hoy ronda en cada esquina. Y el Cabro Carrera es la versión local de ese caudillo, en otros países transformado incluso en ídolos o santos, cuya historia de esfuerzo y sacrificio, cuya estrecha vinculación con su comunidad, a muchos les genera tal empatía, que lo vuelve inobjetable. Mal que pese Silva Leiva es un ejemplo, pues como buen emprendedor, también partió de abajo, escalando hasta llegar a ser el hombre más poderoso en el mundo de la droga. El narco es pop. Literalmente, la lleva. Y Matadero Franklin lo comprueba. Pues aunque carece de profundidad, ha sido un éxito de ventas. Ciertamente un fenómeno de enorme complejidad que, lejos de desaparecer, irá en ascenso. 

Matadero Franklin

Simón Soto

Ed. Planeta, 2018

325 Páginas.

Precio Referencial: $13.900