Que la extrema derecha goce hoy de buena salud no es para nada una casualidad. Ella tiene discurso, articula un mito y proyecta un futuro por el que trabaja todos los días. Su discurso está “renovado”. Entendió que el biologismo murió con la derrota del nacionalsocialismo y los procesos de descolonización que tuvieron lugar después de la Segunda Guerra Mundial y dirigió su mirada para enfatizar un aspecto crucial que había sido constante en la proclama de algunos teóricos reaccionarios del siglo XIX: la “cultura”.

Al biologicismo que surtió efecto desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el fin de la primera mitad del siglo XX, se agregó la dimensión del culturalismo que, como discurso,  lee todos los conflictos a partir de una noción identitarista de la “cultura”. En este sentido, el culturalismo no es el discurso en torno a la cultura, sino mas bien, el que le fetichiza en la forma identitarista. A partir de esta fetichización, el culturalismo intenta totalizar toda discusión sobre la cultura reduciéndola exclusivamente a la matriz identitarista que la sustancializa en la forma de la “etnia” o la  “religión”.

La querella que abrió Edward Said a propósito de los atentados a las Torres Gemelas que tuvieron lugar en el año 2001 en contra de Samuel Huntington y la tesis acerca del “choque de civilizaciones” resulta fundamental: para Said el “choque de ignorancias” promulgado por Huntington carece de una reflexión fundamental sobre los puntos de mezcla y conexión entre culturas, clausurando sobre sí mismas a cada unidad cultural, como si cada una fuera autosuficiente. Lejos de ello, para Said, toda cultura encuentra siempre a su “otro” en el que su identidad se disemina impidiendo así la fetichización de su clausura.

La ultraderecha, es decir, la derecha común y silvestre de nuestra actualidad, cuyo paradigma remite a Israel, revitaliza el poder de muerte no bajo los oropeles de la antigua matriz soberana, sino bajo la nueva articulación del racismo. Como bien entendió Michel Foucault en sus lecciones de 1976, el racismo es un dispositivo que permite actualizar el poder de muerte en un contexto de poder vida, de biopoder: ¿cómo es posible seguir matando en un horizonte de inteligibilidad condicionado por el biopoder que promueve e invita permanentemente a la producción de vida? Para Foucault, la respuesta yace en el racismo.

El racismo sería el mecanismo que estaría presente en todos los Estados modernos y posibilitaría ejercer el poder de muerte en medio del nuevo horizonte de inteligibilidad condicionado por el biopoder, el poder de vida. El poder de muerte puede ejercerse si acaso la promoción de vida de una comunidad depende del exterminio de otra comunidad –dice Foucault; o en el instante en que el otro es visto de manera inmediata como un “enemigo absoluto” dirá Achille Mbembe –siguiendo a Foucault.

Si bien Foucault tiene como referencia al racismo de la experiencia nacionalsocialista y, por tanto, al biologicismo decimonónico, es particularmente interesante de qué modo la crítica de Said a Huntington permitiría mostrar cómo es que la fetichización de la noción de “cultura” vendrá sino a desplazar, al menos a yuxtaponer, la antigua noción biológica de “raza”.

Por eso, al apelar al problema de la cultura, la extrema derecha mantiene intacto su vocación racista. Sin embargo, su noción de cultura es fetiche porque es vista exclusivamente a partir del paradigma identitarista. En este sentido, “cultura” es el otro nombre para el poder soberano y, en ese sentido, el pivote que justifica el ejercicio del poder de muerte. No habrá “enemigo” de la raza, sino de la cultura. Cada vez que se defiende a “Occidente” se pone en juego dicho paradigma. Y, claramente, muchas veces quienes lo proclaman creen estar enteramente alejados del antiguo racismo biologicista mientras actualizan el nuevo racismo culturalista.

Por eso, es que el modelo mundial del nuevo racismo (el racismo post-colonial) se encuentra en Israel: su rechazo al racismo nacionalsocialista y su adscripción a una noción securitaria de la democracia neoliberal que puede permitirse articular varias formas de apartheid contra el pueblo palestino, muestra que la racionalidad neoliberal jamás depuso el racismo, sino que lo re-articuló en la forma del culturalismo: el problema no es la “raza” sino la “cultura”, no es el color de piel, sino el conjunto de costumbres.

Es aquí cómo nos encontramos en una situación ominosa: cuando la “democracia” deviene “securitaria” por la penetración de la racionalidad neoliberal, el racismo muta en culturalismo. El culturalismo fetichiza la cultura bajo la matriz identitarista y entonces la ultraderecha pronuncia los discursos en los que se juega la defensa de “Occidente”, como si éste término fuera una unidad cultural homogénea y no un conjunto de potencias imperiales.

Una escena: George Bush jr. En su intento por encontrar apoyo europeo a la invasión a Iraq en el año 2003, fue a Italia donde fue recibido por Silvio Berlusconi quien, al estrechar su mano, le dijo: “esta bandera (se refería a la bandera de los EEUU) no es sólo la bandera de una nación sino de los valores que compartimos.” Unidad de valores significa unidad “cultural”. La oligarquía neoliberal no está lejos de la ultraderecha. Esta última es la vanguardia de la primera, el puntal que araña las relaciones sociales más cotidianas para docilizarlas a favor del poder de la primera. Bolsonaro no es una casualidad, tampoco Trump: son la reserva bélica que intenta profundizar al capitalismo neoliberal.

Su discurso compartido es el culturalismo. La defensa de “Occidente” no es más que una máquina de guerra de tipo imperial sostenida en base al culturalismo como discurso.  En virtud de ser de otra cultura y/o religión alguien puede investirse del espectro terrorista. No se trata tanto de la raza biológica, como de las costumbres, del ethos sobre el que penetra el poder transformando radicalmente las relaciones más íntimas, cotidianas y comunes en la plataforma subjetiva del nuevo capitalismo neoliberal.  El culturalismo es el discurso que actualiza el poder de muerte cuando el Estado-nación ha perdido potencia.

Y entonces, es precisamente en este punto donde deberíamos formular la pregunta que acogió Marx en toda su obra: ¿cómo una cosa muta en valor? O, lo que es igual: ¿cómo es que la “cultura” muta fetiche? Justamente: al intensificar la producción del sector terciario bajo el nuevo régimen flexible de acumulación, el capitalismo neoliberal es “financiero” o “inmaterial” porque desplaza –pero no sustituye- al otrora capitalismo industrial colonizando la dimensión inmaterial (el lenguaje, la subjetividad, los gestos) para rentabilizarla bajo el nuevo régimen de acumulación. Es lo que algunos han llamado el “capitalismo cognitivo”: quizás, no sea ésa la mejor expresión, pero será en esa realidad donde la cultura advendrá fetiche, objeto del capital, articulándose así, bajo una referencia identitarista que producirá diversos conflictos etno-confesionales para alimentar a la nueva y última técnica imperial: la guerra civil global.