Cultura

Más allá de la destrucción y la ilusión de Guns N’ Roses

Por: César Tudela / Publicado: 21.07.2019
A través de las diversas crónicas de libertinaje que Guns N’ Roses proyectó durante la época de oro de su carrera, tanto en letras como acciones extramusicales, se pueden hacer diversos análisis que hacen sombra al fenómeno que aún son capaces de generar. La paradoja de su vivir en rebeldía y de su performatividad en torno al género, o la normalización de su postura machista (sino misógina) son algunas de las lecturas que hoy se pueden hacer en torno de la que en su momento fue considerada la banda más peligrosa del mundo.

Cuando los Guns N’ Roses iniciaron su historia en 1985, lo hacían en un momento donde el rock mainstream estaba caracterizado por los excesos. Sin ir más lejos, aún se pueden ver videos de sus primeros shows tocando en pequeños escenarios rodeados de strippers que los seducían en pleno espectáculo. Ese descaro funcionó como combustible para arrasar con todo lo que tenían a su paso y convertirse en el ambicioso combo que movería a millones de gunners alrededor del mundo (y también, millones de dólares dentro de la industria). La era del rock de los 70 fue una fuente de la cual la banda bebió y absorbió todo lo que pudo, legando la filosofía de la tradicional banda de chicos rompecorazones. Tan narcisistas como virtuosos. Tan irresponsables como imprescindibles. Diciéndole al mundo que todas esas viejas tradiciones nunca pasarían de moda.

Todo tipo de crónicas y anécdotas sobre excesos y comportamientos desproporcionados están yuxtapuestos a su biografía. Poco ayudó a la construcción de ciertas etiquetas que su codiciado álbum debut se llamara “Appetite for Destruction” (1987), frase que fue como maná caído del cielo para que la prensa de espectáculos los tildara rápidamente bajo el eslogan de “la banda más peligrosa del mundo”. Tanto arriba del escenario, donde se convirtieron en la maquinaria de rock más perversa y mejor engrasada de su generación, hasta las pasiones delirantes que provocaban en su público (mujeres y hombres por igual), eran sinónimo de amenaza, riesgo e inseguridad. No son pocos los polémicos episodios extra musicales en donde la muerte los rondó de cerca (como la adolescente chilena que falleció tras ser aplastada por otros fans, en la primera visita de la banda al país en 1992) y que, contradictoria e irónicamente, los convirtió en soberanos absolutos de la escena rockera de fines de los 80. Desde ese universo –que permeó en su música–, podemos desentrañar dos ideas para realizar un análisis crítico basado en algunas contradicciones que tiene la banda proveniente de la recóndita Lafayette: la paradoja de su rebeldía y su performance entorno al género.

La paradoja de la rebeldía

“¿Dejaría que su hija se case con un Rolling Stones?”. Esta fue la famosa frase ideada por Andrew Loog Oldham para vender la imagen de rebeldía de la longeva banda británica en los 60. Frase que puede ser usada para todo músico que haya asumido de su carrera, un tren de desorden, descontrol, destrozos, y cualquier otro tipo de exceso mal mirado por la sociedad. Un eslogan que, además, generó una publicidad millonaria y un status en el salón de la fama de la élite rockera, al que la banda de Sunset Strip entró desde su aparición, pateando y tumbando la puerta. Sin pedir permiso.

La explosiva exposición de Guns N’ Roses ha permitido conocer algunos de los relatos salvajes que se han forjado en torno a su biografía. Fiestas epopéyicas, destrucción hotelera masiva, y hasta negocios con prostitutas. Sexo, drogas y rocanrol. Un estilo de vida indómito, documentado en films como “The most dangerous band in the world: The story of Guns N’ Roses” emitido en 2016 por la BBC, o en la misma autobiografía de su icónico guitarrista, “Slash” (co-escrita con el periodista Anthony Bozza) de 2007. Aunque ya no sean los lozanos y dionisíacos personajes que recubrían las pecadoras paredes de toda una generación de adolescentes atraídos por su grandeza, los GNR siguen llenando páginas sobre su actitud prepotente. Maximalistas como ninguna otra banda de rock de los 80, de la mano de una batería de hits también sedujeron al mundo por su actitud opulenta e indisciplinada. Pero, ¿eran realmente rebeldes y peligrosos?

El investigador Claude Chastagner en su libro “De la cultura rock” (2012), analiza la paradoja en la que se convirtió la rebeldía en la construcción de la cultura rock. Si bien, desde sus inicios el rocanrol sí significó una gesta subversiva contra lo establecido (inquietó al mundo adultocéntrico desde su base política, social y económica), para cuando ya fue absorbido y aceptado por la cultura oficial y el mercado, y los movimientos juveniles como los de Mayo del 68 o Woodstock 69 se apaciguaron y fragmentaron, comienzan a producirse las contradicciones. ¿Es realmente rebeldía un comportamiento reconocido, avalado y financiado por las clases dominantes, en este caso, la gran industria del entretenimiento?

Los excesos reiterados en la historia de Guns N’ Roses han dado relato a su “peligrosidad”, en hechos recapitulados por la prensa y otras investigaciones. Todos dan cuenta de una multiplicidad de anécdotas que tienen que ver con descuadradas fiestas, presentaciones indignas por el mal estado de algunos de sus integrantes, destrozos millonarios de inmuebles, actitud violenta y de confrontación, ingesta abusiva de alcohol y todo tipo de drogas, y claro, sexo a destajo. Desenfreno burdo que aun estando al límite de la ilegalidad, les era permitido. En el libro “Watch you bleed: The saga of Guns N’ Roses” (2008), el biógrafo Stephen Davis revela pasajes de la estadía que vivió la banda en La Casa Infernal, una turbia sede en donde se reunían con prostitutas, proxenetas y traficantes. «Vendíamos drogas, vendíamos chicas. Si uno de nosotros estaba en el apartamento y estaba haciendo el amor con una, nosotros sacábamos lo que podíamos de su bolso», cuenta Izzy Stradlin, otrora guitarrista del grupo.

La “rebelión” de grupos como Guns N’ Roses parece ser contra ellos mismos, y se basaba en nimiedades, como contar que el nombre artístico de su cantante Axl Rose (William Bruce Bailey) no era otra cosa que el anagrama para “oral sex”. El vivir al borde del precipicio, siempre en riesgo, parecería que tiene más que ver con lo que plantea el conocido crítico Simon Reynolds: «la resistencia de la que dan muestra los consumidores de la cultura popular se debe a la reinterpretación y apropiación creativa que hacen de los productos de la industria de masas». En este caso, la misma banda lucha contra sus propias representaciones que están en constante contradicción. Porque, ¿de qué se podían rebelar? Pocas razones tenían, ya que como afirma Chastagner, la juventud ya había irrumpido en el mundo occidental, y «el sonido del rock, con sus luces, su energía, su impaciencia y sus exigencias, eran la marca de su fuerza triunfante». La “actitud rebelde” no era más que una moda a seguir y consumir en la década de los 80. Un eslogan que vendía millones de discos y tickets, pero que no removía ni impacientaba ninguna estructura de poder.

Performatividad, género y rol de la mujer

A la par de sus crónicas de libertinaje y al masivo éxito que amasaron, hay otra temática que pasó soslayada ante su estallido como fenómeno musical, y que se reflejó sobre todo en sus letras, donde inmortalizaron algunas de sus visiones: el rol de la mujer.

Desde sus inicios, cuando las mujeres aparecen en la historia de Guns N’ Roses suele ser cosificándolas, tanto en aquellas donde aparecen como meras acompañantes de su épica (bailarinas, prostitutas, groupies, novias) como las que se asoman en algunas de sus letras. En ambos casos, son vistas como posibilidades al alcance de la libertad de los hombres. “And I can do you favors / But then you’ll do whatever I like”, canta Rose en ‘Rocket Queen’, por ejemplo. Una canción que además contiene una sórdida anécdota: los gemidos que se escuchan en la canción fueron grabados de una relación sexual, en vivo, que tuvo el mismo Axl Rose con su pareja de turno.

Aquel contexto de presencia disminuida de la mujer segregada a la función de acompañante (y por la naturaleza de la banda, de nulo rol en el terreno creativo o interpretativo), está asociado al estilo que la banda adoptó. Criados en el seno del glam metal, aparecieron en un momento que dio aire fresco a un estilo que se estaba volviendo monótono musicalmente. Al mismo tiempo, adoptaron al pie del manual ciertas características del glam rock y el heavy metal. De ese modo, sus letras y su visualidad se desarrollaron bajo las formas estéticas de la hipermasculinidad, las formas andróginas y la aparición de figuras femeninas limitadas al papel de la mujer-objeto (a través de sus mensajes).

Estos aspectos característicos del heavy –como música emblemática de la masculinidad, entendida en términos muy convencionales–, han sido estudiados por diversas investigaciones, en el ámbito de la sociología y la musicología. Uno sumamente interesante es la del crítico cultural Robert Walser, cuya tesis aparece ampliamente explicada en su libro “Running with the devil. Power, gender and madness in heavy metal music” (1993). En aquella investigación, Walser analiza el cómo los modos musicales en el heavy metal son utilizados para componer en función de su significación afectiva, donde no importaría tanto la innovación, sino más bien el cómo se expresa. Acá, subyace la idea de las representaciones del género a través de la performance.

En el caso de Guns N’ Roses, el imaginario que crearon a su alrededor estaba ligado fuertemente a lo hipermasculino. Letras vinculadas a una actitud ganadora, de superioridad y de dominación (incluida las relaciones sexuales) aparecen sin dobles lecturas en canciones como ‘Paradise City’, ‘Reckless life’, ‘Rocket Queen’, ‘It’s so easy’, o ‘You could be mine’. Además, aparecen representaciones de actitudes abiertamente violentas, como el caso de ‘Used to love her’, cuyo texto no guarda ninguna metáfora para la naturalización de la violencia contra la mujer: un hombre decide enterrar a una mujer en su patio trasero (“Solía amarla / Pero tuve que matarla”). Con el tiempo, han surgido diversas versiones del origen de la letra. En 2018, el mismo Slash declaró en una entrevista que «algunas de nuestras canciones eran sexistas de alguna forma, pero no había que tomarlas en serio. No creo que fueran maliciosas», mientras que uno de sus autores, el guitarrista Izzy Stradlin, declarara en una no muy clara cuña que sencillamente la letra es una broma («Golpear a la esposa ha existido por diez millones de años o algo así, quiero decir, no lo defiendo. Lo entiendo. Pero no trato a las mujeres de manera diferente a los hombres»). ¿Cuánto espacio para el humor permite esta temática, incluso a finales del siglo XX?

Al mismo tiempo que Axl Rose interpreta todo esto, alzado como idolo y rockstar, rodeados de groupies y vestidos de cuero y pañuelos, tanto él como sus compañeros asumen el look del glam con su estética andrógina, o sea, intérpretes masculinos apropiándose de elementos de tradición femenina (maquillajes, vestuario, peinados) para su representación visual, tal como lo cultivaban –con exageración– bandas como Mötley Crüe o Poison. Acá no solo se produce una clara contradicción, sino que deja entrever, según dice la musicóloga Silvia Martínez en su artículo “Decibelios y testosterona”, una condición sicológica de «angustia de la masculinidad, un juego de realidad e irrealidad, entre el deseo y la subversión». En esa tensión, inconscientemente los Guns moldearon distintos discursos. Eran una banda heavy, vestidos en cuero, maquillados y peinados a la usanza glam, pero que conectaron las temáticas de potencia y virilidad hacia otras que aludieron con la misma efectividad a audiencias femeninas. En sus canciones empiezan a aparecer las historias de amor (‘Patience’, ‘Don’t cry’, ‘Estranged’), con un lenguaje menos obsceno, una interpretación más suave y musicalmente incorporando el modo menor, arreglos orquestales, y el piano como protagonista, relegando las guitarras virtuosas. Si bien las power ballads no fueron un invento gunner, y gozaban de popularidad desde mucho antes, la manera en que ellos representaron este tipo de canciones y la percepción de las mismas en un público mucho más transversal, fue uno de sus grandes legados en aquella época.

Tanto contrasentido, de alguna forma, entró en conflicto en el universo construido por Guns N’ Roses, luego de buenos años saboreando, invictos, la gloria alcanzada. Más allá que la banda o la generación hayan cuestionado estas temáticas en algún momento, la sociedad y sobre todo los nuevos adolescentes de inicios de los 90 empezaron a configurar otros modelos, donde ser “peligroso” no era compatible con facturar millones de dólares en conciertos o donde las representaciones de género a través de la performance adquirían un peso estético e ideológico distinto, como cuando Kurt Cobain aparecía enfundado en vestidos en algunos shows como una actitud crítica al machismo imperante en el mundo del rock. Los nuevos tiempos traían su propia música y su propio discurso. De cierta forma, todo se confabuló para facilitar el quiebre de los Guns (propiciado por otros motivos y con declaraciones de guerra entre sus miembros de por medio), que dejó heridas que tardaron más de veinte años en sanar.

Para cuando los integrantes históricos de la banda se reunieron en 2016, la jungla había cambiado. «Rock y peligro ya no conjugan (…) el público está domesticado, las bandas son inofensivas», escribió el periodista Marcelo Contreras previo a su visita a Chile ese mismo año, mientras que la crítica especializada argentina se cuadró con el movimiento feminista ante la inclusión de ‘Used to love her’ en los conciertos que dieron allende los Andes, donde incluso se lee que algunos asistentes pifiaron y gritaron la consigna #NiUnaMenos mientras la banda la interpretaba. Where do we go now?

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