Opinión

Bad Bunny, yo te amo

Por: Richard Sandoval / Publicado: 28.07.2019
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Amo a Bad Bunny porque cuando los artistas más famosos, los defenestrados traperos que tanto daño hacen a la pureza del arte, tuvieron que estar, fue el primero que se le plantó de frente al gobernador de Puerto Rico, Ricky Roselló, ese al que el pueblo pidió sacar por faltar el respeto a su propia gente en chats interminables del poder. Tomó la bandera de su patria, se subió a un camión y recorrió las calles con un cartel que decía #RickyRenuncia, haciendo noticia en todo el mundo, dando un espaldarazo clave a la movilización genuina de su población.

Amo a Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio, humilde y sencillo hijo de un camionero y una profesora, porque cuando lo veo bailar, cantar, moverse, hablar, lo que veo detrás de su figura impredecible, brillante y grosera, es valentía, atrevimiento, coquetería, sensualidad; la fuerza de la juventud hirviendo, impulsada por la originalidad de lo sonoro y lo visual, de la libre expresión, de la palabra, y el desdén absoluto ante las normas de lo establecido, los sermones adultos de lo correcto, de lo docto, de lo que hay que hacer. Bad Bunny hace lo que quiere y le sale bien, porque tiene talento y se lo cree, sin doble lectura; la mala onda le resbala y hace de su alimento nada más que el cariño genuino que le expresan quienes sí lo disfrutan, la energía que devuelven quienes se sienten vivos bailando, moviendo los brazos, saltando como tribu en una disco cuando su voz aparece intempestiva, grave, haciendo todos los juegos de palabra posibles ¿No es acaso eso la cultura, las prácticas con nuestros cuerpos y palabras cuando nos encontramos, haciendo del escuchar una canción un rito memorable? Amo a Bad Bunny porque amo el lenguaje, porque me fascina quien pone un léxico que no corresponde en una frase sagrada, porque crea nuevas conjugaciones verbales que cierra con un susurro o una risa pícara, porque se hace un sándwich con los horizontes del idioma, alzando una pierna con cadencia mientras gira y se acomoda una prenda de colores que nos enseñaron que no se deben combinar.

Amo a Bad Bunny porque en su rima callejera, esa que cultivó mientras trabajaba en un supermercado hasta el año 2016, esa que germinó cuando escuchaba Vico C en el barrio de Puerto Rico, está la respuesta que buscan desesperados los conservadores que no pueden dormir sin exigir que los básicos, los de la cultura baja, reconozcamos que lo que el conejo malo hace no es música y que su mensaje es una basura que contamina los patrimonios opacados de los que sí son artistas. Amo a Bad Bunny porque lo que provoca su música -que es lo que finalmente nos convoca-; las pistas poco ortodoxas sobre las que descansa su voz, los sonidos extraños, extraterrestres que dan vida a “Callaíta”, es la respuesta a los policías de lo culto que sostienen su seguridad en la altivez de su garrote. Y lo que provocan los giros de sus canciones, de una carnaval interminable en “Te Boté” a una intimidad emo en “Soy peor”, el sentido lúdico de sus letras, es una emoción desbordada, un revoltijo, un éxtasis; es una adicción que te lleva a escuchar una y otra vez “amorfoda”, “estamos bien”. Es entretención, ritmo, movimiento, y tal vez nostalgia, cuando él decide que así sea. Esas decisiones creativas son las que explican los millones y millones de reproducciones y el éxito de impacto. Amo a Bad Bunny porque siempre hace, al interior de una canción, lo que no espero que haga. Porque compone un lamento millennial como “Amorfoda”, una balada de tal nivel emotivo que mueve a Myriam Hernández a hacer su propio cover. Amo a Bad Bunny porque tiene el coraje de quien sustenta su vida en lo que sabe que tiene adentro: miles de ideas, ángel, confianza, nuevas canciones que no importa si duran dos o siete minutos, que no importa si las lanza mañana en la mañana todas juntas.

Amo a Bad Bunny porque cuando los artistas más famosos, los defenestrados traperos que tanto daño hacen a la pureza del arte, tuvieron que estar, fue el primero que se le plantó de frente al gobernador de Puerto Rico, Ricky Roselló, ese al que el pueblo pidió sacar por faltar el respeto a su propia gente en chats interminables del poder. Tomó la bandera de su patria, se subió a un camión y recorrió las calles con un cartel que decía #RickyRenuncia, haciendo noticia en todo el mundo, dando un espaldarazo clave a la movilización genuina de su población. Lo hizo antes que otros se subieran al carro, movió a que otros se subieran al movimiento, dejando ver que independiente de la época, del género musical, de la refinación o no de gustos, un artista popular es siempre un posible canal de manifestación de un pueblo. Y luego canceló su agenda, dijo que no tenía corazón para viajar a Miami a grabar su nuevo disco, y los medios se hicieron un festín anunciando su supuesto retiro de la música, para que millones se burlaran del “no artista” en los comentarios de las redes sociales. Pero a los días era otra la noticia que había que celebrar, una de verdad: Ricky renunciaba, y Bad Bunny celebraba en Instagram diciendo que “el pueblo unido jamás será vencido”. Parece que el máximo exponente del trap latino, el exponente ícono de su generación de smartphone, no era tan trivial como los odiosos buscan afirmarlo. No era tan negativo el efecto de la fama del acusado por una profesora como destructor de mentes.

Amo a Bad Bunny porque cuando lo acusaron de destruir mentes de niños en las escuelas con mala educación, no dudó en cuestionarse a sí mismo y responder que “a veces no me siento tan orgulloso de algunas de mis letras, pero si de algo estoy seguro es que jamás tendré la culpa de un problema que existe antes de que Bad Bunny existiera (el problema de la mala educación)”. Amo a Bad Bunny, el que invirtió en la reconstrucción de las casas de su barrio arrasadas por el huracán María, el que espeta a Trump en sus shows por el abandono a la población boricua en medio de la catástrofe, porque en sus videos hay inclusión, hay cuerpos diferentes, hay fuentes de soda de las periferias de las ciudades, hay desinhibición sexual, hay diversidad de identidades, hay discursos de libertad que subyacen siempre. Lo amo porque sabe que es uno más, que sólo es un artista que hace canciones y que se puede equivocar. Lo amo porque celebra la simpleza de estar bien, con la familia y la gente que me quiere; porque “qué carajo te importa a ti, cómo soy yo, qué digo yo, qué hago yo” “vive tu vida, yo vivo la mía”.

Amo a Bad Bunny por los arreglos musicales que está inyectando en sus canciones, los bronces jazzísticos, inesperados, que aparecen en su nuevo disco, Oasis -junto a J Balvin-, lo amo por “La canción”, que cantamos bien borrachos, que bailamos bien borrachos. Lo amo por su exploración en los más diversos ritmos del folclore latino que enriquecen su proyecto, por la música electrónica pop que mueve a “Otra noche en Miami”, por su amistad creativa con Residente, por su feat con Marciano de los Enanitos Verdes, por su exhibición de la calle, de los rostros y esquinas del pueblo, por su total orgullo latino, por su incitación bellacosa al placer, al sexo, el disfrute, la fiesta como carnaval colectivo, su invitación al goce sin el temor que llevamos inyectado. Que dios me cuide, pero no me guarde.

Nadie será mejor mañana por odiar a un personaje de la industria musical, por poner sus energías del día en tirar dardos venenosos a un grupo social y sus códigos por el sólo hecho de ser lo más escuchado. La cultura hater no hará desaparecer a Bad Bunny y a los que quieren ser como él. La cultura hater no hará polvo a los que vienen, los que quedan, los que desde la población bailan, cantan, expresan. En contra parte, como respuesta al odio, lo único concreto que hay ahora es un pueblo, el de Puerto Rico, celebrando en las avenidas el derrocamiento de un gobernante corrupto con una canción trap que se llama “Te boté”. Y en eso algo tuvo que ver Bad Bunny, el que en el festival de Viña declaró que “siéntanse orgullosos de donde son, como yo, orgulloso de lo que soy, lo que represento y donde he llegado. Donde sea que vaya represento a mi isla de Puerto Rico y a Latinoamerica entera”.

Bad Bunny, yo te amo.

Richard Sandoval
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