La muerte de Enrique Lafourcade marca una pérdida para el mundo de las letras, la televisión y la cultura. Se desenvolvió como escritor a tiempo completo desde temprana edad. Creó la generación literaria del 50 con la Antología del nuevo cuento chileno en donde expuso su estudio del género y convocó a escritores nóveles como Claudio Giaconi, José Donoso, Jorge Edwards, Enrique Lhin, María Elena Gertner, Armando Rubio, Guillermo Blanco, entre otros. 

Se consideraba un “anarquista sentimental” y desde temprana edad fue consciente de su capacidad de transgredir a través de la escritura. Criticó a Raúl Zurita por su poema dedicado a Ricardo Lagos, a José Donoso por su falta de humildad. En 1981 causó polémica por sus críticas a don Francisco y la Teletón en un programa conducido por Antonio Vodanovic, quien incluso le ofreció sacarlo en el maletero porque lo querían linchar. Crítico y cronista incansable dedicó su pluma al análisis de la realidad con una mirada alimentada por todas sus lecturas, viajes y estudios.

Años de forjar carácter: libertad y oficio

Su primer recuerdo consciente fue comer tierra en San Javier. Entre los cinco y quince años vivió con sus padres, cuatro hermanas y cuatro tías en el caserón ubicado en Santa Isabel 0106. Esa casa ya en los setenta estaba derruida y fue demolida en los ochenta. Tenía una habitación especial para tomar mate alrededor de un brasero y entre los rezos de las tías, jugó y leyó a Salgari y Verne. Según sus propias palabras “le vino esta enfermedad que es la literatura”.

Alumno del Liceo José Victorino Lastarria fue expulsado dos veces del establecimiento; una pesadilla para el padre ingeniero que soñaba con que Enrique fuera funcionario público. Estudió música un tiempo, pero no soportó el método. Luego a los dieciséis estudió pintura en el Bellas Artes y conoció al poeta Enrique Lihn, quien estaba experimentando con el dibujo y la escritura (1948-50). 

El Parque Forestal se convirtió en el centro de tertulias espontáneas al mediodía alrededor del pintor y arquitecto Roberto Humeres Solar y los escritores Luis Oyarzún y Eduardo “Chico” Molina Ventura, quienes fueron mentores de la generación del cincuenta e influyeron en el grupo Mandrágora y en el de Miguel Serrano. Compartió conversaciones con Braulio Arenas, Enrique Gómez Correa, Teófilo Cid, Alejandro Jodorowsky, Alfonso Calderón, entre muchas otras grandes figuras del panorama literario de la época.

Se nutrió de sus lecturas en voz alta, de las conversaciones sobre estética y el último escritor de moda; también de la llegada de los españoles exiliados de la guerra civil, quienes se instalaron con su cultura de cafés y aportaron al ambiente cultural del Santiago de fines de los cincuenta y sesenta. 

Estudió diez años pedagogía y de manera autodidacta se inició en el periodismo desde el oficio publicando en el diario Las últimas noticias y otros periódicos y revistas. Se dedicó a las clases y actividades literarias fuera de Chile durante catorce años. Vivió en París, California y México experiencia que lo conectó con los escritores de su predilección. No obstante, escribir en su lengua materna lo trajo de regreso al Chile. 

Instalado en el país, su librería ubicada en la plaza Mulato Gil fue un símbolo del Santiago anterior a la gentrificación. Por su taller literario El paraíso perdido pasaron escritores como Poli Délano, Carlos Iturra, José Luis Rosasco y Miguel Arteche.

Lo que no llegó

A mediados de los noventa comenzó una campaña para eliminar el pago de IVA durante las ferias de libros. Iniciativa que hasta el día de hoy no ve la luz y es un gran pendiente de los gobiernos.

Soñó con un programa de televisión que regalara bibliotecas a los concursantes, pero no prosperó. Tampoco el Premio Nacional de Literatura. Para este autor de pluma mordaz los premios se reciben no se postulan, siempre se consideró como el eterno finalista y nunca estuvo de acuerdo con la práctica del lobby para conseguir premios o fondos. 

Su obra más exitosa es Palomita blanca publicada en 1971, cuenta con más de sesenta ediciones y dos millones de libros vendidos. Fue llevada al cine por el director Raúl Ruiz y aunque don Enrique no participó en la producción ni tampoco estuvo de acuerdo con el resultado final, la película se convirtió en un documento histórico que tardó veinte años para su estreno debido a la censura impuesta por la dictadura militar. Palomita blanca junto con Pepita de oro se transformaron en su bandera de lucha durante su paso por el programa ¿Cuánto vale el show? 

La trayectoria de ocho décadas la construyó con trabajo incansable entre libros, crónicas, clases, charlas, ferias, programas de televisión; se detuvo por el Alzheimer y lo llevó al retiro en 2008. Triste enfermedad para un amante de la memoria y la erudición como él. 

En tiempos de teleseries, matinales y noticieros, los escritores y la producción literaria no tienen cabida en la vorágine televisiva centrada en la farándula y el drama. Programas como Tertulia, El show de los libros o La belleza del pensar fueron espacios alejados de la búsqueda del rating, dirigidos a un público pequeño, amante de las letras y las anécdotas.

Don Enrique deja más de cuarenta libros y cientos de crónicas que dan cuenta de su pasión por la literatura, por la poesía, el amor, la buena mesa y la música. En la televisión queda una pregunta sin respuesta, ¿habrá lugar para las escritoras y los escritores de hoy?