Hace cien años, el 31 de julio de 1919 nació en Italia Primo Levi. El sobreviviente que supo contar y despertar la conciencia de la humanidad con altura ética y estética, e inspirar muchas memorias de la historia reciente. Primo Levi se recordó a sí mismo, a sus compañeros de prisión y también instaló en la memoria colectiva un imaginario que alimenta nuestras pesadillas y las del mismo escritor italiano de origen judío sefardí cuyo relato sobre el Holocausto recordamos.

A veces, en el sueño de los sobrevivientes: Desde las torres de vigilancia, con pretensiones panópticas, los reflectores recorren el patio del campo de prisioneros. La luz pasa por los techos y las fachadas de las cabañas cerradas. La luz se detiene, vuelve, hace barridos sorpresivos. A veces algo se mueve, a veces alguien enfrenta los focos, a veces alguien queda en segundo plano. Sin embargo, lo principal sucede en la oscuridad, en las sombras. Los focos iluminan lo que pueden mostrar. Es mucho más lo que está al margen, en lo oscuro. Pensando en esta imagen nocturna imaginé la vida como un campo de concentración, habitado por una diversidad de yoes que muchas veces se mantienen en la oscuridad, buscando o esquivando los focos que los dan a conocer. Es como una obra de teatro en que la salida a escena es incierta y pareciera depender más de los iluminadores que de los actores. La luz interroga a la memoria. Ese es el foco. Revisitar en la memoria un campo de prisioneros es despertar en la oscuridad a merced de los sorpresivos giros de los reflectores.

Nunca se sale del campo de prisioneros. Se vuelve cuando regresan los recuerdos intrusivos. Aquellas reminiscencias que sufren las personas que recuerdan repetitivamente la experiencia traumática, la reviven junto con reponer esa “culpabilidad por sobrevivir” presente en las reflexiones del autor de Los hundidos y los salvados. Estas pesadillas llegan de improviso, a una hora incierta, como escribe el mismo Levi en un poema que me atrevo a traducir y compartir: 

 

Desde entonces, a una hora incierta,

vuelve esa pena,

y si no encuentra quien lo escuche,

le quema el corazón en el pecho.

Vuelve a ver las caras de sus compañeros

lívidos en la primera luz,

grises, empolvados de cemento,

apenas se distinguen en la bruma,

teñidos de muerte en los sueños inquietos:

por la noche aprietan sus mandíbulas

bajo la demora pesada de los sueños

masticando un rabanito inexistente.

“Atrás, fuera de aquí, gente hundida,

váyanse. No he suplantado a nadie,

no le he quitado el pan a nadie,

nadie está muerto en mi lugar. Nadie.

Regresen a su niebla.

No es culpa mía si vivo y respiro

y  como y bebo y duermo y me visto con ropa.

El recuerdo de sí mismo en la situación pasada, la revisita, es una forma de regreso a la prisión. Cada persona conserva una impresión de sí misma  en la memoria y se mira en sus recuerdos; en el desdoblamiento la persona es la espectadora de las representaciones mentales de sí misma en su quiebre biográfico. Más allá de los recuerdos individuales, hay testimonios que devienen emblemáticos –que hablan por quienes no pueden hablar– como el de Primo Levi, quien lo ilustra muy bien con otro ejemplo: “una sola Anna Frank despierta más emoción que los millares que como ella sufrieron, pero cuya imagen ha quedado en la sombra”. Ninguna memoria queda en el silencio absoluto ni en la oscuridad total. No hay eliminación, la memoria no se puede hacer desaparecer.