Frente al mar, un edificio color rojizo alberga parte de la historia del Norte Grande. Es el más antiguo de la ciudad, testigo de las disputas territoriales entre Chile y Bolivia desde su construcción en 1869. Hoy, sede del Museo Regional de Antofagasta, antes aduana chilena en Mejillones –Chile había logrado nuevas extensiones de tierra para la extracción de guano y minerales en el norte y requería de un edificio para regular los tráficos y el pago de impuestos– y posteriormente emplazado en la ubicación actual en la capital regional, donde alguna vez estuvo la aduana boliviana. 

Más allá del mar: el discurso de los ganadores

Hay que recorrer parte de la muestra permanente sobre la historia de las salitreras y la Guerra del Pacífico en el histórico edificio, para llegar a una pequeña sala recuperada y restaurada especialmente para muestras temporales de arte contemporáneo. Ahí, convocada por el Festival de Arte Contemporáneo SACO, se encuentra una instalación que es a la vez una relato sobre el futuro. De la artista boliviana Aldair Indra, Espectro de Marte, genera un diálogo entre las cosmovisiones andinas, la ciencia y la posibilidad de viajar a Marte. Que su obra se instale en este lugar tiene una carga simbólica, pese a que la artista se sitúe desde otro lugar. “Yo no hablo de política ni de militares. No estoy haciendo una obra sobre la pérdida del mar; hablo de la cosmovisión e incluso de la espiritualidad y la ciencia. Tal vez aquí en Chile las personas o los políticos rememoran más el conflicto bélico, pero no es ese mi ánimo”, dice Aldair Indra. 

Dagmara Wyskiel, al centro, muestra las instalaciones en el muelle histórico

Algo distinto plantea la directora del festival, la artista polaca Dagmara Wyskiel, a pasos del museo, sentada en el muelle histórico Melbourne Clark, que desde el 2016 es el principal escenario del festival, donde cada año artistas internacionales emergentes son invitados a hacer una obra especialmente para este lugar que visitan miles de personas. “Aquí se inició la Guerra del Pacífico, es el símbolo de la guerra –señala–. Lo que no se cuestionó abiertamente por mucho tiempo, hoy en día es tema de conversación, de reflexión sobre la reconstrucción real de las relaciones entre los pueblos vecinos. Respecto a la decisión curatorial este año de dar apertura a la sala 13 del Museo Regional con una artista boliviana, por supuesto que es un gesto político. Aldair Indra realizó la primera residencia de astronomía y su obra nos cuenta de un viaje utópico, tecnológico, pero también místico, a Marte. Ella cierra el recorrido del Museo Regional, lo que provoca una sorpresa increíble en el público entre una museografía que resguarda un discurso histórico que todos los chilenos han aprendido en las clases y en los libros de historia, para entrar al discurso de una boliviana. Le damos a ella la voz para que nos cuente su visión del futuro. Podríamos decir que el discurso del pasado sí pertenece a los chilenos porque el pasado siempre pertenece a los ganadores, pero esta última sala la entregamos a una representante del país vecino y del país que perdió esa guerra”. 

Democratizar el conocimiento

En la sala del Museo Regional el joven estudiante de Geología Tomás Binvignat se encarga de aportar elementos para que el público pueda comprender mejor la instalación y llevarse una nueva visión de las cosas, como a él le ha pasado desde que está en contacto con el arte contemporáneo. “La idea es que les quede algo. Podemos ayudar a entender de mejor forma, a pensar fuera de los esquemas, romper lo establecido, y que se genere una reacción en el público que no lo va a provocar un mueble de su casa”, dice. Los quipus simulados que cuelgan del techo representan información de los seres humanos, explica, la que viajaría a Marte en esta “ficción de un viaje interestelar”. 

La acción Enterrar las banderas en el mar, del artista venezolano Miguel Braceli junto a estudiantes de Mejillones

Tomás es uno de los 15 mediadores formados en el festival, que se ubican en cada una de las diez exhibiciones simultáneas de artistas chilenos y extranjeros en galerías, museos, bibliotecas, universidad y espacio público que presenta el evento, algunas de las cuales proponen visiones críticas. Es el caso de la acción realizada por el artista venezolano Miguel Braceli con estudiantes de Mejillones que caminaron con banderas blancas y las llevaron al mar, como una forma de borrar fronteras. La videoinstalación Desviar la inercia de la también venezolana Ana Alenso se interroga sobre Antofagasta como zona de sacrificio; mientras la muestra colectiva Nosotros, los ancestros, curada por Cristóbal León, se propone la ficción de los restos arqueológicos que quedarían de la ciudad tras una catástrofe. 

Paralelamente el certamen desarrolla una labor formativa a través de talleres para estudiantes, profesores y gestores culturales, además de capacitar a los mediadores. Algo que no es menor si se considera que aquí simplemente no existen carreras de arte ni museos artísticos. A través de los mediadores se forma el público. “En las personas que se enfrentan al arte contemporáneo existe el autoflagelo por no entender lo que ven o creer que no entienden. Nosotros les explicamos los procesos creativos de los artistas, sacándolos de esa sensación de no estar preparados para enfrentarse a una obra. Cuando viven esa experiencia transformadora se ha cumplido el objetivo del mediador: democratizar el conocimiento”, destaca el artista y encargado de mediación del festival, Gabriel Navia. 

Taller de mediación

Literalmente SACO se inició arando en el desierto hace 8 años. Sus organizadores –Dagmara Wyskiel y Christian Núñez del Colectivo SE VENDE– venían desde antes ocupando espacios no convencionales con muestras de arte que generaban reflexión y diálogo. La primera muestra el 2004 se realizó en un edificio patrimonial donde en el exterior un letrero decía “Se vende”. “Todo estaba a la venta, menos el arte en el interior”, señala la artista polaca. Quizás por ser extranjera pudo ver más claramente la potencialidad artística de este territorio, materia en la cual al llegar hace 16 años existía “un vacío absoluto”. “El público del norte de Chile es víctima de la segregación elitista. Aquí viven obreros que trabajan para multiplicar la riqueza del lobby entre trasnacionales y políticos que viven en Santiago, y por lo tanto esa gente no necesita consumir arte, tener contacto con producciones artísticas, ni menos desarrollar pensamiento crítico. Entendemos el riesgo que podría significar permitir el desarrollo de pensamiento propio y pensamiento crítico en las masas obreras”, reflexiona. Actualmente SACO ha pasado desde la autogestión de sus inicios a contar con financiamiento público y privado que permite realizar actividades todo el año, con énfasis en los meses de julio y agosto; así como el funcionamiento de ISLA, centro de residencias artísticas, desde donde los artistas visitantes desarrollan obras vinculadas al territorio. En el futuro cercano sus organizadores se plantean convertir el festival en una bienal y seguir desarrollando una labor educativa y abriendo caminos para el arte contemporáneo en medio del desierto.

Viaje de reconocimiento con artistas y curadores al poblado de Chiu Chiu y alrededores