Este lunes, la encuesta Cadem apareció para intervenir en la discusión entre la propuesta de Camila Vallejo, la que propone la reducción de 45 horas a 40, y la del gobierno, la que, luego de haber sembrado el terror sobre la producción, quiere reducir a 41 horas, pero siempre y cuando esto sea haga con la llamada “flexibilidad laboral”. Un recurso bastante antiguo para darle al empleado una sensación de una libertad que no es tal.

La encuesta cercana a esta administración mostró grandes índices de aprobación para lo que propone La Moneda. Esto, como era de esperar, se logró con antojadizas preguntas que no explican en qué consiste lo “flexible” de lo propuesto, ni menos cuáles son las consecuencias para un trabajador desprotegido y sin certezas laborales  que, finalmente, es quien debe arriesgarlas para complacer un capricho ideológico que se esconde tras la “modernidad”.

Si bien hace bastantes meses que este cuestionado instrumento de medición venía dándole señales negativas al gobierno en materia de popularidad, y también particularmente respecto a lo propuesto por la diputada Vallejo, mostrando  un gran apoyo hacia la causa de la parlamentaria, hoy no parece más que una forma de presión al Ejecutivo para que hiciera una ofensiva y para, de paso, hablarnos de una independencia que no existe.  La administración piñerista, como buena fanática de los resultados cortos y los golpes comunicaciones, entró a la discusión gracias a lo indicado por Cadem.

Hoy los enemistados son nuevamente amigos. Los encuestadores estrella del relato oficialista y el gobierno, se encontraron para defender algo que va más allá de los desencuentros personales, que es una ideología que dice no serlo; un “sentido común” que no es más que la idea de que una economía saludable no puede sostenerse bajo una relación horizontal entre quien da empleo y quien hace que la empresa funcione. Hay cosas fundamentales que van más allá de la gestión particular de una administración, y una de esas es la creencia de que hay cuestiones que no pueden ni deben cambiar.

Cadem es necesaria para los intereses inmediatos del oficialismo precisamente porque su forma de trabajar es inmediata y disfraza la creación de realidad de “sentir popular”. Y eso hoy es bastante más efectivo que un editorial en un medio o una noticia falsa, ya que nos han contado que “los números no engañan” y que todo es traducible gracias a cifras de dudosa procedencia.

Aparte de todo esto, lo complejo es el descaro con el que se trata de instalar ideas y sensaciones. La forma en que se pretende que calcen las entregas de números con un debate particular es casi ofensiva para la inteligencia ciudadana. Más aún cuando los resultados son construidos con métodos poco claros y preguntas, como en este caso en particular, que no ahondan en las consecuencias de la falsa libertad que estos nuevos tiempos traen para quien es un trabajador asalariado.

Pareciera que en tiempos en que una conveniente liquidez ha invisibilizado ante nuestros ojos las estructuras y los antagonismos, da más réditos ofrecer ciertas cosas que parezcan cambiar algo y finalmente no cambien nada. Las 41 horas de Piñera y Monckeberg son, al igual como las presenta Cadem, algo rápido para salir al paso en un debate necesario. Un debate que conviene tratar de manera somera y con lugares comunes que conviertan la precarización en algo así como una gran cualidad de lo que se viene hacia el futuro.