Cuando, entre el 11 y el 15 de Julio del 2017, Sergio Villalobos-Ruminott dictó en el Departamento de Filosofía de la UMCE el seminario del que surgió este libro, William Spanos, uno de sus principales y sospecho que más queridos referentes teóricos, estaba vivo.  Pienso, mientras escribo esta presentación, que cada vez que Sergio se refirió a la obra de Spanos en el curso de ese seminario, lo hizo sabiendo o asumiendo que Spanos estaba vivo, detalle que, en ese momento, para quienes asistíamos al seminario, probablemente pasó desapercibido. “Por supuesto —afirmó Villalobos-Ruminott en la segunda sesión— no puedo siquiera pretender dar cuenta de la serie de intervenciones sistemáticas y sostenidas de Spanos en más de medio siglo, ni siquiera puedo concentrarme en la prolífica producción de estos últimos años, cuando ya sobrepasa los 90 años de edad”. La versión escrita del seminario que ahora, dos años más tarde, se presenta aquí como libro, ha incorporado, justo al cierre de esa oración, como una especie de pequeño y secreto epitafio, una nota a pie de página —la 40— que dice: “Nació el 31 de diciembre de 1925, lamentablemente murió (meses después de este seminario) el 29 de diciembre del 2017, dos días antes de su cumpleaños 93”.

Aunque esta nota ocupa y seguramente seguirá ocupando visualmente un lugar estable al pie de la página 65, La desarticulación, el libro que la contiene, reclama una lectura que tendría, forzosamente, que sacarla de sus casillas, al reconocer que el continuum histórico que posibilitaría la articulación de su enunciado se encuentra dislocado. Considerando el asunto vital con el cual lidia este libro, me pregunto, si una vida, aquí a modo de ejemplo, la de William Spanos, puede aún pensarse como algo que ha tenido lugar, algo que se ha desplegado entre la fecha que consigna su nacimiento —el 31 de diciembre de 1925— y la que consigna su muerte casi 93 años más tarde —el 29 de diciembre de 2017. ¿Operarían estas fechas como el marco capaz de inscribir el decurso de una vida entre un principio y un fin históricamente fechables? ¿Sería posible concebir esa “vida” como una especie de solución de continuidad, de articulación, de recurrente principio organizador que, mantendría coherentemente ligados por el medio, en un mismo sentido, el principio y el fin de una existencia singular?

Si nos quedamos en la nota y en esa fijación perdemos de vista el libro en el que se encuentra inscrita, podría parecer que así es, que ese sería el supuesto que sin tematizarse opera en ella. El libro, sin embargo, dice insistentemente otra cosa, y es justamente esa otra cosa que dice, la que una y otra vez y desde múltiples frentes, abre tenazmente su propia articulación discursiva a una lectura que la disloca, que no cesa de exponerla a la pregunta por las condiciones y los efectos de su propia institución.

“La desarticulación no es sino una pregunta por la historia”, señala Villalobos-Ruminott al final de la introducción. Tácitamente tocadas por la aguda elaboración que en el libro desata esa pregunta, estas fechas no podrán erigirse ni sostenerse ya como el marco histórico-temporal que determina el comienzo y el fin de una vida. No podrán hacerlo, de partida, porque, según uno de los vectores que recorre la propuesta de este libro, el 31 de diciembre de 1925 y el 29 de diciembre de 2017 no pertenecerían a, ni podrían inscribirse en un mismo horizonte epocal. Los goznes de la época, de la noción misma de época, de una historia epocalmente concebida, habrían saltado, me arriesgo a decir aquí, forzando quizá demasiado las fechas, entre 1925 y 2017; y ese salto, —nos lo recuerda atinadísimamente Villalobos—, no sería él mismo, en ningún caso, un salto epocal —el salto de una época a otra—. No habría, no quedaría ya, o incluso, si leemos el libro desde una de sus inclinaciones, no habrá habido jamás, una historia común que pudiera efectivamente mantener articuladas, bajo un mismo principio, bajo una misma trama esas —y tampoco exclusivamente esas— dos fechas.

“(…) la desarticulación —aclara Villalobos-Ruminott en su sesión introductoria— “no es una categoría disciplinaria, sino una noción descriptiva que intenta nombrar una serie de procesos de crisis, agotamiento y desactivación de la arquitectura conceptual moderna.”  La crisis, el agotamiento, la desactivación de la arquitectura conceptual moderna comportaría, entre otras cosas, la crisis, el agotamiento, la desactivación de una historia dominada por la filosofía de la historia, sujeta de cabo a rabo al principio de razón, a un principio y a un fin que de antemano determinan y organizan la articulación consistente y homogénea de todos los elementos que en ella finalmente y por principio, se reúnen como momentos en el desarrollo progresivo y totalizante de su trama. Esa, precisamente, sería la trama en la que el 31 de diciembre de 1925, y el 29 de diciembre del 2017 se verían causalmente enlazados como momentos diferenciables de y en una historia única e ininterrumpida.

Los procesos de crisis, agotamiento y desactivación que Villalobos-Ruminott tematiza en La desarticulación, remiten a lo que, a falta de una formulación más adecuada, llamaré aquí dos “vectores” radicalmente distintos. Si la metáfora del movimiento pudiese todavía sostenerse, diría que estos dos vectores se mueven en direcciones opuestas y que en esos dos “movimientos”, los términos “crisis”, “agotamiento” y “desactivación” nombran también cosas totalmente distintas.

Por una parte, el libro se refiere a lo que, recogiendo su propia terminología, cabría, me parece, llamar la desarticulación fáctica de la soberanía, de la hegemonía y de la política modernas. “La crisis del marxismo”, “el agotamiento de las experiencias revolucionarias”, “el fin de la Guerra Fría y la consiguiente globalización financiera y cultural”, los procesos de transición en América Latina y en Europa del Este, el “predominio del neoliberalismo” y de la llamada “Pax Americana”, remitirían a este vector respecto del cual, el término “desarticulación” describiría y diagnosticaría el fracaso, el colapso del proyecto político-filosófico moderno. Colapso, fracaso, agotamiento que habría dejado a su propia historia errando fuera de marco, en el descampado de la “suspensión neoliberal de la soberanía”.

Pero “la desarticulación” no es ni pretende ofrecerse en este libro simplemente como el término que más adecuadamente serviría para describir o diagnosticar “la crisis fáctica y generalizada” que se ha desatado en y como fracaso o agotamiento del proyecto político-filosófico moderno. La desarticulación es también, al mismo tiempo, en medio —en el medio sin centro— de esta crisis, el nombre de una apuesta que cabría —a contrapelo del factum que ella asume como condición—, llamar política, siempre que se entienda que es precisamente la política en su vínculo de complicidad con la filosofía dominante de la historia, lo que la desarticulación estaría y habrá estado, cada vez, en trance de desarticular, de suspender, de desactivar.

Si hubiese algo así como una historia de y en esta apuesta política —historia que de alguna forma parece comparecer, en los muchos nombres y escrituras que el libro cita y que en él se dan cita, entre los que habría que destacar los de Heidegger, Derrida, Schürmann, los de la destrucción y la deconstrucción de la metafísica— habría que partir por asumir que esa historia tendría lugar, antes que nada “como desactivación de la historia providencial de la verdad”. En esa historia, si la hubiese, la fractura abierta entre el 31 de diciembre de 1925, y el 29 de diciembre del 2017, se abriría también, retroactivamente, entre una fecha cualquiera y cualquier otra, incluso, habría que decir, entre una fecha cualquiera y ella misma.  Lo que sostiene Villalobos-Ruminott en algún lugar del libro refiriéndose a la post-hegemonía, podría resultar pertinente aquí: “La post-hegemonía, en este sentido, en la medida en que refiere al agotamiento de la economía principial de la metafísica, en el momento de su agotamiento, afecta no solo el presente, entendido como el momento donde dicho agotamiento se estaría produciendo, sino la totalidad de la historia de la metafísica que ahora quedaría desarticulada de su conjugación epocal, advertida de la ilusión trascendental que la organizaba de acuerdo con un relato constituido por principios y referentes epocales.”

La desarticulación “es solo un nombre”, sostiene Villalobos-Ruminott, “el nombre de una posibilidad”.  Y, sin embargo, esto que “es solo un nombre”, no es un solo nombre en este libro; encuentra su traducción en muchos otros, según el caso y los énfasis que correspondan, según el vector que quiera, cada vez, poner en juego; “agotamiento de la soberanía”, “soberanía en suspenso”, “suspensión de la suspensión fáctica de la soberanía”, “post-hegemonía”, “hegemonías rotas”, “dislocación”, serían algunas de sus traducciones o modulaciones; la última —si nos atenemos a la organización cronológica y lineal del libro— sería “infrapolítica”.

“La infrapolítica —leemos en la página 193— no sería una teoría sustantiva, ni un método, ni una operación, ni una especie de esquema, ni menos una acumulación de saber. Sino que sería un ejercicio existencial, o existenciario si ustedes quieren, radicalmente concernido con la posibilidad de una interrogación posibilitada por el fracaso de toda interpelación, de toda demanda ética y política, pues en toda demanda ética y política está siempre en juego la subsunción de la existencia a los imperativos de una racionalidad principial y metafísica. En este sentido, el ejercicio infrapolítico, que no es ni teoría sustantiva ni metodología de lectura, consiste en la anulación del sujeto como principio de racionalidad unificante del sentido, y así, consiste en poner el cuerpo a danzar en el abismo de una escritura constituida en la inmanencia radical de su posibilidad. Se trata de una invitación a pensar en el vértigo de ese abismo.”

Un abismo semejante es el que, me ha parecido, se abre a partir de la lectura de este libro, en la nota cuarenta, entre el 31 de diciembre de 1925, y el 29 de diciembre del 2017.

*Puedes descargar presentación completa en este link