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El Desconcierto
Opinión

Los antipopulistas

Por: Carlos Durán Migliardi / Publicado: 20.08.2019
Los antipopulistas vargas llosa /
El actual debate en torno a la disminución de las horas labores también se ha constituido en terreno fértil para que los “antipopulistas” chilenos alcen su voz: desde José Antonio Kast al Ministro del Trabajo Nicolás Monckeberg, desde el mismo Presidente Piñera hasta el Senador Allamand y los líderes empresariales, el uso del apelativo populismo emerge como una forma de exorcismo al apoyo ciudadano que ha obtenido una propuesta que busca equilibrar en parte las tan notoriamente desiguales relaciones entre capital y trabajo.

Hace poco más de un año, el Presidente argentino Mauricio Macri señalaba ante un grupo de empresarios rusos: “Ustedes saben que la Argentina emprendió un cambio político profundo hace dos años. Nos fuimos alejando de un régimen populista que nos habría llevado al borde de otra crisis económica y ahora podemos decir que hemos ordenado la economía”.

Durante aquellos días, el optimismo gobernaba la mente y el corazón del otrora empresario porteño. Por esos días, Macri y sus cercanos suponían que el fantasma del retorno a los tiempos del kirchnerismo iba quedando atrás en la medida que avanzaba la reconciliación de Argentina con el mercado mundial. Optimismo que, a la luz de los resultados de las PASO -primarias presidenciales en las que el macrismo fue literalmente barrido por la avalancha de la dupla Fernández-Fernández-, llegó abruptamente a su fin.

Solidario con Macri, el intelectual peruano y premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa escribió hace pocos días una sentida reflexión a propósito de estos resultados. Lamentando la abrumadora victoria del lado peronista de “la grieta”, Vargas llosa se preguntaba y respondía: “¿Por qué (los argentinos) no son el primer país de la Tierra? ¿Por qué no tienen el mismo nivel de vida que Suecia, que Suiza? Porque los argentinos no han querido. Han querido en cambio ser pobres. Seguir a “caudillos” de pacotilla, “salvadores” de porquería, locos, desquiciados por su mismo odio a todo lo que sea diferente a su locura”.

Este dolor e indignación seguramente se explican por la experiencia vivida en carne propia cuando, treinta años atrás y contra todo pronóstico, Vargas Llosa perdía las elecciones presidenciales a manos de un -en ese entonces- desconocido Alberto Fujimori. Refiriéndose a aquella dura derrota que derivó en un largo autoexilio, Vargas Llosa recordaba en sus memorias: “Fue candoroso de mi parte creer que los peruanos votarían por ideas. Votaron, como se vota en una democracia subdesarrollada, y a veces en las avanzadas, por imágenes, mitos, pálpitos, o por oscuros sentimientos y resentimientos sin mayor nexo con la razón”.

Curiosamente, el tono de estas palabras coincidía con las declaraciones de Mauricio Macri el día después de las elecciones del domingo 11 de agosto, declaraciones en las que responsabilizó a los argentinos por las eventuales consecuencias de su derrota y advirtió sobre la adversa reacción de los mercados internacionales: «El mundo ve esto como el fin de la Argentina. Los argentinos debemos decidir si vamos al pasado (…) No le echamos la culpa a la gente por cómo ha votado, pero es interesante que analice las consecuencias de ese voto».

Macri y Vargas Llosa, cada uno con su estilo, representan dos expresiones claras del antipopulismo, aquel enérgico sentimiento contrario a una lógica, estilo o forma de hacer política que, de tan referida, resulta difícil de especificar y sobre la cual se han escrito millares de páginas. Un sentimiento que no solo vive allende los Andes, sino que también se deja ver de cuando en cuando en nuestro país a propósito de coyunturas tales como las recientes elecciones argentinas, evento que ha reactivado las alusiones a la “amenaza populista” en nuestros actores políticos, nuestras élites intelectuales y nuestra clase empresarial.

El actual debate en torno a la disminución de las horas laborales también se ha constituido en terreno fértil para que los “antipopulistas” chilenos alcen su voz: desde José Antonio Kast al Ministro del Trabajo Nicolás Monckeberg, desde el mismo Presidente Piñera hasta el Senador Allamand y los líderes empresariales, el uso del apelativo populismo emerge como una forma de exorcismo al apoyo ciudadano que ha obtenido una propuesta que busca equilibrar en parte las tan notoriamente desiguales relaciones entre capital y trabajo.

¿Qué tienen en común estas expresiones? Al igual como su némesis, estas expresiones del antipopulismo se movilizan por una intensa y paradojal pasión, una apasionada defensa de la “razón” contra el “sentimiento”; de la “técnica” contra la “politiquería”; de la racionalidad del mercado contra la irracionalidad de la política. Los antipopulistas, en nombre de la democracia, lamentan cuando las mayorías no son idénticas a sus ideas o no comprenden los beneficios de sus proyectos. Los antipopulistas, en nombre de la ciudadanía, muchas veces denostan las decisiones democráticas de ciudadanos y ciudadanas.

No sabemos muy bien que cosa es el populismo ni tenemos muy claro cuáles son exactamente los temores que éste genera en los antipopulistas. Pero lo que sí queda claro es que, a lo menos en ocasiones, el antipopulismo no es otra cosa que la expresión del temor a la democracia. Vale la pena tomarlo en cuenta.

Carlos Durán Migliardi
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