Opinión

El vergonzante e increíble cuento del tío

Por: Jorge Montealegre / Publicado: 25.08.2019
Cuando el obispo Bernardino Piñera visitó La Moneda, invitado por su sobrino Sebastián –regente del palacio–, el presidente y la primera dama lo llevaron al Patio de los Naranjos, cuyas naranjas colgadas con alambres no eran de esos árboles: "A veces colgamos naranjas para que se vea más bonito", explicó Piñera con su afecto heboide tan característico (como diría Ascanio Cavallo). Payaseo. Una apariencia.

A veces nada es lo que parece. Las naranjas es lo de menos. Lo serio es cuando ocurre con las personas, aunque estemos convencidos de conocerlas mucho y desde siempre. Comprensiblemente, el presidente se refiere con escepticismo frente a la indagatoria sobre su tío obispo y eventuales abusos: “conociendo por casi 70 años a Bernardino Piñera como sobrino, me cuesta creer porque conozco su conducta. Me cuesta creer una denuncia que se hace 50 años después de los hechos, en contra de un hombre que tiene más de 100 años de vida”. Dichos que interpretan “plenamente” al ministro del Interior, don Andrés Bernardino Chadwick Piñera. Hablan los sobrinos más que los hombres de Estado. 

Es apresurado, en la atmósfera de justificada desconfianza en que vivimos con una ley reciente que declara imprescriptibles los delitos sexuales contra niños y adolescentes. ¿Quién puede dar, hoy día, certificado de buena conducta sobre conductas privadas? Los testigos de las virtudes públicas no pueden serlo de los vicios privados. 

En ocasión del fallecimiento del cura René Poblete, capellán del Hogar de Cristo, Sebastián Piñera declaró sentidamente: “Estoy profundamente golpeado, dolido, triste, conmovido por la muerte del padre Poblete, pero también contento, porque para mí el padre Poblete fue un santo, y sé que está descansando en el cielo”. No habría razones para dudar de la sinceridad de sus palabras y sentimientos de entonces. Sin embargo, aparecieron las denuncias «plausibles y creíbles» de actos repudiables que cometía desde 1959. Y testigos. Durante sesenta años nadie –que no estuviera en la trenza del encubrimiento– podría haberse imaginado esa faceta de quien fue considerado un “santo”. 

La decepción fue grande. Seguramente la primera reacción de quienes lo conocieron “tanto” fue de incredulidad, de enojo contra quienes lanzaron la especie, sin descartar teorías conspirativas (“Es difícil creer en el cuento del tío”, escribió un ministro). La negación es lo primero que se viene a la cabeza en medio de la sorpresa. Hasta que aparece lo indesmentible. Lo inadmisible. Es decir, lo que no se puede permitir y tampoco reconocer. Admitir en el fuero interno que al sujeto cuestionado no se le conocía “tanto”. Lo inadmisible habitualmente está acompañado de la vergüenza, incluida la vergüenza ajena. La vergüenza también por no pensar en las víctimas en quienes ni la vergüenza ni la memoria prescriben.

Vivimos una crisis de confianza y de credibilidad. Hay quienes no se rinden ante las evidencias, cayendo en la contumacia. Y a los contumaces, sabemos, no les entran balas ni expediente que los convenza. Ya nadie puede poner las manos al fuego por alguien, aunque sea un santo. 

Jorge Montealegre
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