Probablemente hoy en día no exista una tarea más difícil en este mundo que la de criar a un niño. Desde el embarazo, si no antes, la llegada de un bebé requiere ceder en parte lo más propio, nuestro cuerpo, que será por muchos años objeto de ese niño para convertirse en un cuerpo que es del bebé, pero también de la madre. Para hacerle espacio a un niño o niña, se necesita dejar que se revuelvan, desordenen y vuelvan a ordenar nuestros planes, prioridades, presupuestos, tiempos y espacios. Se requiere de poder redefinir lo que se entiende como intimidad, y de atravesar el miedo de que algo le pase a nuestro hijo, la ansiedad de no hacerlo bien. La demanda de un niño es siempre infinita, y frente a esto, es absolutamente normal angustiarse. Criar a un niño o una niña implica estar a cargo de proteger y cuidar a otro, sin saber muy bien cómo hacer.

Hace tiempo atrás, ya bastante, criar era una tarea social: los niños eran un poco niños de todos, del barrio. Los referentes de crianza eran claros: se criaba, como decía la psicoanalista francesa Françoise Dolto, ciudadanos, se ayudaba a los niños a insertarse en una sociedad de la que eran un elemento vivo necesario. Las tareas que excedían a los padres o a la familia eran asumidas por una institucionalidad mayor. Hoy, en un sistema eficientista y pragmático, donde lo que importa es por sobre todo la producción, se cría para ser “los mejores adultos posibles” sin que se tenga muy en claro qué significa esto y sin considerar la infancia como un tiempo de valor presente, qué sucede hoy. Criamos desde la individualidad, apurados, asustados, compitiendo, en solitario; viviendo las dificultades propias de la crianza en el encierro del hogar, esperando que nadie se entere; ya sea por el temor al juicio (en el mejor de los casos) o a la vigilancia real de la que son objeto las familias más vulneradas de nuestro país.

Desde las políticas públicas, el discurso social, los manuales y blogs de crianza se nos señala lo que debemos hacer, sin generar necesariamente los espacios de compañía y sostén para quienes criamos, sin espacio para ir descubriendo progresivamente y desde la singularidad de cada niño y cada familia una forma de hacer. Los padres leemos, investigamos, preguntamos a otros padres, a nuestros padres, a especialistas; sin embargo, estas respuestas no parecen bastar, porque son pocas las oportunidades que tenemos de realmente compartir un cotidiano, escasean los momentos de encuentro con otros que ya atravesaron por este tiempo y podrían comprender; o con quienes están atravesando y podrían acompañar.

Quizás por este complejo entramado de razones, sucede cada vez más que los padres llegan a las consultas pidiendo algo así como una asesoría en crianza, sin un síntoma específico de sus hijos, sino más bien, demandando que los ayudemos a criar, que seamos guías en llevar esta pesada carga que parece superarlos.

En este escenario es difícil entender por qué alguien quisiera tener un hijo, qué sucede que aún no nos extinguimos como especie, y es que pareciera que hemos dejado de poder vivir el placer de criar. No nos referimos con esto a un discurso facilista que desde un ideal plantea que lo más satisfactorio que puede hacer un adulto (específicamente, una mujer) es tener un hijo. La verdad es que el placer y la angustia se mezclan y alternan en esta difícil tarea, como en todo amor.

Parte de las angustias con las que se vive la crianza tiene que ver con que la extrema dependencia del niño pequeño (dada su inmadurez biológica), lo que termina por interpretarse muchas veces como una pasividad absoluta. El bebé es entendido como un objeto que necesita sólo cuidados adecuados para su supervivencia. Ignoramos entonces que, desde el primer día, el bebé muestra una capacidad creciente de pensamiento propio, creativo y participativo que va siendo creado a través de las envolturas de quien cuida, envoltura que es principalmente gestual: la caricia. Como dice Víctor Guerra, psicoanalista uruguayo, mientras el bebé va siendo escrito, funda él mismo su propia caligrafía. No hay placer más grande que acariciar a una guagua, olerla, mecerla mientras se la cuida, se la alimenta, se la muda, es una experiencia sinestésica, donde muchas veces al tocar al bebé, se pueden percibir sabores u olores.

Con el paso del tiempo el bebé comienza a moverse cada vez más y acompañar esos circuitos que él inaugura puede ser también fuente de gran placer. Los niños (y los adultos también, por cierto) no tienen un cuerpo, son un cuerpo; somos siempre una experiencia corporal y desde ésta se aprende. Los niños, al moverse, sentarse, gatear, dar sus primeros pasos, nos recuerdan el placer y la alegría de existir, de ser un cuerpo vivo que se mueve, lleno de potencialidades. Un niño que sea libre se moverse siempre convocará al adulto que lo cuida a moverse con él.

Queremos dar cuenta del mundo al que se accede cuando se acompaña a un niño o niña a crecer, no en las lógicas productivas de la adultez, sino que siguiendo al bebé o al niño en sus ritmos, permitiendo que nos muestre la entrada a un mundo casi platónico que nos lleva a revisitar las propias escenas infantiles, y habitar un tiempo que no está destinado y estructurado desde el hacer algo específico con un fin: el tiempo del juego. El niño no pretende conocer el futuro, lo crea a través del juego que es siempre presente. No es que un adulto tenga que necesariamente jugar con su hijo (si así lo desea podrá hacerlo), el lugar del adulto en este ámbito tiene que ver más bien con permitir al niño un tiempo no productivo, no saturado de talleres y tareas, en la que el niño pueda desplegar ese mundo de fantasía en el que habita.

Otra instancia de gran placer al criar a un niño es escucharlos hablar. Las primeras palabras, luego algunas frases, una forma de nombrarse a ellos mismos, incluso neologismos que adoptaremos rápidamente. Los niños poseen ya su propio código de lenguaje, que es diferente del lenguaje de los adultos. Es maravilloso escuchar a un niño hablar, y más lindo aún es espiarlos cuando hablan entre ellos. Los niños entre ellos aceptan un lenguaje universal, que permite a los unos y a los otros comunicar con unas palabras que deberían decir otra cosa y al mismo tiempo continúan hablándole a seres visibles o invisibles, a seres imaginarios. Es una lengua que está centrada en la sonoridad y las imágenes, no funcional, se habla por placer, algo que a los niños les resulta indispensable.

Finalmente, creemos que un fundamento del placer de criar, radica en que al acompañar a un niño en su proceso de crecer podemos revisitar y acoger al niño que fuimos. Como señalaba Dolto: “es verdad que los niños son poetas. El adulto puede ser tam­bién poeta, pero ha olvidado que, cuando era niño, ya lo era”. Y criar a un niño, si permitimos que nos enseñe, es muchas veces recordarlo.


Luciano Lutereau es Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Psicología por la UBA y Trinidad Avaria es Directora Ejecutiva Casa del Encuentro FSA. Psicóloga UC. Magister Psicología Clínica U. de Chile. Docente UAH.