El tema de la violencia en los espacios educativos se ha instalado como un fenómeno de interés nacional. Los titulares de prensa y la manera en que se aborda el tema suelen tener como efecto la estigmatización de comunidades educativas y la profundización de temores, desconfianza e inseguridad que traen como efecto lo que Durkheim denominó anomia social.

Los últimos acontecimientos indican que el camino no es responder a la violencia con más violencia. No es con más control, no es con más medidas coercitivas o con el discurso que conmina a la colaboración pasiva en espacios que se sienten ajenos.

Centrar el debate solo en la violencia no ayuda a ver el complejo fenómeno de la convivencia.  A mediados de los noventa, a nivel internacional, la UNESCO incorporó como un aprendizaje del siglo XXI el “aprender a vivir juntos”. Desde entonces se ha avanzado en comprender la convivencia no solamente como un medio, sino como un fin: “La inclusión, la convivencia democrática y cultura de paz, es [son] un medio para mejorar las relaciones humanas, resolver conflictos o prevenir contra la violencia o el fracaso escolar, pero son, sobre todo, un fin primordial de la acción educativa” (UNESCO, 2008).

La convivencia es un aprendizaje: se enseña y se aprende a convivir. Si genuinamente se quiere avanzar hacia la generación de una convivencia democrática, inclusiva y pacífica, es pertinente incorporar dos enfoques fundamentales: primero, la convivencia involucra a toda la comunidad, es un fenómeno sociocultural que abarca a todos los procesos de interrelación en los espacios educativos; segundo, la convivencia es un fenómeno vinculado a contextos, las experiencias y representaciones de quienes conforman la comunidad constituye un punto de partida de todo proceso participativo capaz de generar consensos legítimos y perdurables en el tiempo.

El fenómeno de la convivencia requiere comprender que vivimos en una sociedad que experimenta una crisis de valores, donde la desigualdad social aumenta y la coexistencia es cada vez más difícil. La desconfianza en las instituciones y en los liderazgos, la falta de sentido de pertenencia lleva a retraer la participación de las personas en la sociedad y a aumentar las conductas que se expresan en malestar.

El debilitamiento de las instituciones deja a muchos jóvenes a la deriva, sin otro apoyo que el del pequeño grupo de pertenencia cuya identidad se construye por oposición a los otros. Con frecuencia, el bajo control de las emociones, deja vía libre a las expresiones agresivas sin mediación de la palabra y la reflexión, sin propuestas que ofrezcan salidas pacíficas a los conflictos. En las redes sociales proliferan las faltas de respeto, la ridiculización del otro. En palabras del filósofo Byung-Chul Han (2014) “El respeto va unido al nombre. Anonimato y respeto se excluyen entre sí. La comunicación anónima que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto”.

El fenómeno afecta a todas las comunidades educativas, en Educación Superior de manera creciente, se ha tomado conciencia de la importancia de la convivencia como un eje estratégico para la organización de la comunidad, para los procesos de enseñanza-aprendizaje y para la construcción en un espacio de ejercicio democrático de la ciudadanía.

La primera clave para avanzar en la convivencia como un eje estratégico es visibilizar su importancia fundamental en la vida universitaria. Una segunda clave, es buscar la comprensión del fenómeno transitando desde un enfoque puesto en problemas individuales y centrados solo en los estudiantes hacia un enfoque sociocultural, que toma en cuenta los procesos de interrelación en la vida universitaria. Una tercera clave, es indagar más allá de la violencia directa para buscar sus causas en una visión más amplia que asuma el desarrollo personal en los espacios de intercambio y aprendizaje, fundamentalmente en el aula. Una cuarta clave, imprescindible, es la promoción de valores afirmativos institucionales consensuados por la comunidad.


Coordinadora Oficina de Transversalidad Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación