Opinión

Museo del libro Mauricio Amster: en la senda del tipógrafo y comunista español

Por: Eduardo Farías / Publicado: 30.08.2019
Pareciera que frente al apogeo de la derecha fascista, organizada y descontextualizada del relato histórico de su territorio y de una ética internacionalista básica; un museo del libro, de la imprenta y de la tipografía sería un lugar adecuado para educar a esta población racista, xenófoba y aporofóbica. A través de un museo del libro la población podría comprender lo importante que ha sido la inmigración para el desarrollo del libro en este territorio, también podrían entender el papel nefasto de la Iglesia católica en el desarrollo intelectual de la población, en la activa censura que ha ejercido esta institución santa en pos del control social.

La historia del libro en Chile no ocupa un lugar primordial en la historia mundial del libro. Hay que recordar, en primer lugar, la existencia de Wang Chieh como el inventor de la imprenta y de El sutra del diamante como uno de los primeros libros impresos, en 868 d.C. En segundo lugar, en 1450 d.C., seis siglos después, Gutenberg inventa otro tipo de imprenta: la de tipos móviles. En tercer lugar, la historia occidental del libro en América comienza en 1539 con la colonia española en el territorio mexicano con la imprenta de Johannes Cromberger y su empleado Juan Pablos Lombardo; sin embargo, la historia americana del libro en América se encuentra en los códices prehispánicos, material bibliográfico que existía desde mucho antes de la llegada de los españoles. En el cuarto lugar de este breve repaso de la historia del libro estaría el desarrollo del libro en el territorio chileno, historia que comienza en 1776, con uno de los primeros impresos de los que han perdurado hasta nuestros días, hablo del Modo de ganar el jubileo santo. En perspectiva, tendrían que pasar más de doscientos años para que el libro surgiera en este país.

Pese a que la historia del libro en el territorio chileno es provinciana al lado de la tradición china y mexicana, por ejemplo; es la evolución de aquel objeto de liberación intelectual (para los independentistas) en el territorio que cohabitamos dentro de la lógica nacional y, como tal, el libro permite comprendernos como relato histórico-social. Como dice Michael Bhaskar, la edición de verdad importa. Está en el corazón de nuestra literatura y de nuestro conocimiento, de nuestra sociedad civil, de nuestras esferas públicas y nuestras discusiones políticas. La edición impulsa nuestras ciencias y fortalece nuestra cultura. La edición no es un medio pasivo; forma parte de nuestras vidas y sociedades, las moldea, las guía y, muchas veces, incluso las controla. Aunque rara vez se examina su interior, la edición contribuye a definir nuestro mundo.

Un museo del libro, de la imprenta y de la tipografía sería un espacio privilegiado para dar cuenta del nefasto papel de la Iglesia católica durante la Colonia y la primera quema de libros. La contribución de la Iglesia católica ha sido fundamental para el mantenimiento de la ignorancia voluntaria, del sometimiento de la clase obrera y pobre a la explotación del hombre por el hombre, del privilegio económico obtenido por la división de clases sociales. Además, esta santa institución ha construido una sociedad basada en la discriminación racial sobre lo indígena, lo homosexual y sobre todo tipo de diversidad; ha permitido el desarrollo no ético de una clase económica-cultural dominante amparada en la misa de doce y del perdón del pecado.

Además, un espacio para la exhibición de la evolución del libro en este territorio permitiría evidenciar la importancia de la inmigración, porque la calidad del ecosistema editorial actual responde al surgimiento de la industria editorial a mediados del siglo XX con editoriales que eran dirigidas por inmigrantes: Ercilla, Nascimento, Editorial Cruz del Sur. Luis Alberto Sánchez, inmigrante peruano, dirigió editorial Ercilla. Carlos Nascimento, inmigrante portugués, se hace cargo de Editorial Nascimento y la transforma en la editorial de la literatura chilena. Editorial Cruz del Sur fue creada por los hermanos Soria, inmigrantes españoles que escapaban de la Guerra Civil Española y la dictadura de Franco. En esta historia que hermana la inmigración y su aporte al desarrollo de la edición chilena, el trono lo ostenta Mauricio Amster, el ya mítico editor, tipógrafo, diseñador editorial, profesor universitario y escritor, comunista e inmigrante español, quien marcó para siempre el diseño editorial en nuestro territorio. Así, lo que somos como sociedad ha estado determinado por el trabajo cultural e intelectual de muchos inmigrantes, los que he nombrado son solo una muestra de la inmigración y de su aporte.

En síntesis, la necesidad de un museo del libro, de la imprenta y de la tipografía en el territorio chileno es un tema del cual hemos olvidado hablar públicamente, un tema que ya Claudio Aguilera denunciaba en sus redes sociales, quien ante la venta del inmueble de la Sociedad Unión de los Tipógrafos, ubicada en Vicuña Mackenna, nos suplicaba que se salvara y se convirtiera en el Museo Mauricio Amster. Es necesario que volvamos a conversar sobre la necesidad de un museo que trate sobre la historia del libro, de la imprenta y de la tipografía; que su ausencia nos duela, que nos afecte que la población no tenga la posibilidad de conocer los diversos proyectos editoriales que han marcado el devenir de la historia cultural, de la censura y de cómo se ha construido cultural e intelectualmente este territorio. 

Eduardo Farías
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