Cultura

Crónica urbana: Franco, la faraónica tumba del siglo

Por: Edith Obaid, escritora / Publicado: 01.09.2019
el valle /
En el centro de la basílica, bajo la cúpula frente al altar mayor, destaca en mármol blanco el sepulcro de Franco visible y adornado con buqué de flores. Es un cúmulo de fatuidad y mal gusto que satura a la visita imparcial, coincidente con la acertada calificación de “exhibición ciclópea de kitsch cristiano”. Todo parece incalificable, más aún lo es, ante la asociación directa con la religión católica. En 1958, al finalizar la construcción, el Papa Pío XII se apresura a adjudicar la basílica y abadía a los benedictinos, con “orden de apropiación  inmediata”. Caso único en el siglo. 

El bus rueda por la ruta escoltada de pinos, cipreses, olmos y un robledal, los que rondando el camino parecen saludar con sus ramas simulando un túnel a través del sol de otoño. Es casi el final del siglo. 

Al acceder al llano entre la brisa tardía surge la ostentosa imagen, un montículo que enfrenta al camino con su monumental cruz y adjunto, un monasterio como si fuera dibujado.  

El Valle de los Caídos, con su Basílica de la Santa Cruz y la abadía de monjes benedictinos, todo grandioso. La cruz de 150 metros de alto desafía al valle y se eleva por sobre un gran risco de granito, que alberga a la subterránea basílica. 

Ampulosidad, amplias escalinatas, un interminable túnel de acceso con enormes estatuas que vigilan desde lo alto por ambos costados, figuras aladas, oscuras, capas y espadas, aterradores custodios, ángeles, arcángeles y más… sin rostro.

La basílica se hunde bajo el risco entre capillas, monumentos, hierros y símbolos bélicos. En la nave central varios altares, esculturas, cuadros y tapices con santos, apóstoles, vírgenes, arcángeles y cualquier otro artefacto contradictorio, incluido un cañón con las distintas banderas de España, junto a la falangista.

Extraña cosa es ver que, por ambos costados de un monumento a la virgen, hay dos salas pequeñas dedicadas a los caídos separando civiles y militares de la Guerra Civil. El espacio dedicado a los militares franquistas es una cuidada capilla con altar, adornos, flores, asientos de iglesia y en el pórtico extiende símbolos falangistas. Justo enfrente está el lugar asignado a los caídos civiles republicanos, anónimo, sin indicio alguno y casi vacío; solo contiene una pequeña y corriente mesa descubierta que semeja un altar y 3 o 4 largas bancas desvencijadas y sin respaldo, todo carente de adornos, un espacio modesto y desolado.

Y en el centro de la basílica, bajo la cúpula frente al altar mayor, destaca en mármol blanco el sepulcro de Franco visible y adornado con buqué de flores. Es un cúmulo de fatuidad y mal gusto que satura a la visita imparcial, coincidente con la acertada calificación de “exhibición ciclópea de kitsch cristiano”. Todo parece incalificable, más aún lo es, ante la asociación directa con la religión católica. En 1958, al finalizar la construcción, el Papa Pío XII se apresura a adjudicar la basílica y abadía a los benedictinos, con “orden de apropiación  inmediata”. Caso único en el siglo.

Un macromausoleo cuya historia despierta contradicciones, por la relación incestuosa entre el sangriento tirano y una religión. Más relevante que lo físico resulta la inenarrable historia de su construcción, ideada por el dictador al término de la guerra civil. Edificada durante casi dos décadas con mano de obra de los presos políticos de la guerra civil y posterior dictadura, más alguna participación de otros presos no políticos, obreros requeridos por la obra; la gran mayoría de los millares de presos, muertos por causa del maltrato y el trabajo forzado.

Registros, testigos y estimaciones fidedignas de desaparecidos, se acercan a las 34 mil personas. No obstante se han hallado documentos formales de poco más de 20 mil presos políticos registrados en la documentación oficial de palacio. Por esto es que al Valle de los Caídos se le suele nombrar como “la mayor fosa común de España”.

El año 2006 ante informe elaborado en el gobierno socialista español, la Asamblea del Consejo Europeo condena todo el suceso de la dictadura franquista con base en los Derechos Humanos. Condena que es rechazada tajantemente por la Iglesia católica, afirmando que el monumento es solo un templo.

En octubre de 2007 el congreso español aprueba el proyecto de ley de Memoria Histórica del Valle de los Caídos, que lo despolitiza y convierte en espacio de culto religioso, y prohíbe todo signo político en el lugar, obligando a retirar banderas y otros símbolos franquistas y bélicos. Inicialmente el  prior benedictino se niega públicamente a cumplir las órdenes.

En septiembre de 2018 el congreso emite un Decreto Ley para exhumar los restos de Franco y su traslado fuera de la iglesia, aprobado por mayoría absoluta. Imposible es exhumar restos de los muertos en la construcción; pruebas formales “CSIC” del año 2018 confirman que los restos humanos forman parte de la estructura del edificio. Se utilizaron para rellenar cavidades internas y, con la humedad y el tiempo, se ha conformado “un cadáver colectivo indisoluble”.

Al mes de agosto de 2019, tras un año de discrepancias y pactos entre el Estado y poderes fácticos, aún se espera que los restos del caudillo sean exhumados y trasladados.

Y bajo un cielo pintado por orden del dictador 

la faraónica tumba del siglo 

cobija los desperdicios del tirano español…

 

*Texto escrito en el Taller de Crónica Urbana dictado por la poeta Carmen Berenguer.

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