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Su nombre es Cristóbal: La vida mediatizada de un joven apodado “El Cisarro”

Por: Carolina Rojas @carolarojasn / Publicado: 07.09.2019
Su nombre es Cristóbal: La vida mediatizada de un joven apodado “El Cisarro” cisarro niño /
Cristóbal Cabrera volvió a ser noticia después de que fue apuñalado el 28 de agosto en la cárcel de Puente Alto. Estaba en el penal tras ser formalizado el 30 de julio, por el delito de robo con intimidación a una familia en la comuna de Buin. Frente a este hecho, también surgió la pregunta de si es posible la reinserción. Su vida es también la de los adolescentes y jóvenes estigmatizados desde la infancia como niños problema; niños de entornos vulnerables que son institucionalizados. Esta es su historia.

Le carga que le digan “Cisarro”, no quiere hablar con la prensa, explica que los periodistas siempre le dicen que van hablar bien de él, que quieren contar su historia desde un punto de vista positivo, pero al final no lo hacen-, dice su defensora Paula Manzo en la oficina de reuniones de la Defensoría Penal Pública en el Centro de Justicia.

Hace más de un mes, después del asalto en la casa del mayor de Carabineros en la comuna de Buin, el nombre de Cristóbal Cabrera volvió a aparecer en los medios. Tras su paso por  el Centro Metropolitano Norte Til Til había encontrado cierta tranquilidad relativa. Había vuelto al departamento de su mamá en la Villa Cousiño y quienes lo conocen de cerca no se explican muy bien por qué participó en el atraco.

Después de ese episodio estaba en prisión preventiva en la cárcel de Puente Alto cuando el 28 de agosto fue atacado por “Esteban”, otro de los internos. El joven venía de vuelta de una visita, eran la 16:38 y simplemente se lanzó sobre él. “Con un arma corto punzante de fabricación artesanal de 40 centímetros le propina una herida cortante en la zona torácica, de forma inmediata el personal de la sección juvenil evita que el agresor volviera atacar a Cabrera” dice el parte del penal.

Cabrera fue trasladado de forma inmediata a la enfermería de la cárcel. La evaluación por parte del personal fue una herida torácica anterior izquierda y acto seguido fue llevado de urgencia al Hospital Sótero del Río. Los testigos dicen que si lo gendarmes no hubiesen reducido al joven que lo agredió, Cristóbal podría estar muerto.

Pero, esta historia comenzó 11 años atrás.

Fue una escena que se quedó en la retina de los chilenos: un niño de diez años, con la capucha del polerón cubriéndole la cabeza y gestos de hombre adulto, mientras gritaba hastiado que lo dejaran tranquilo, dos carabineros lo llevaban de vuelta hasta el Cread Pudahuel –donde había sido llevado después varios asaltos y el robo de un auto-, y él se abría paso en medio de las cámaras y preguntas de los periodistas.

-Cisarro, ¿estás arrepentido?-, lo acosaba un reportero con su micrófono.

Seis de sus amigos lo habían rescatado a punta de pistola desde el Centro de Reparación. Su compañero, “el loquín”, había escapado el día anterior y le prometió rescatarlo. Cumplió. En el encierro la lealtad es ley. Llegaron en un taxi, armados, saltaron el muro e intimidaron a los guardias. La escena fue el comidillo de los noticieros y las historias que le siguieron hablaban de la supuesta ferocidad con la que describían a ese niño que no podía pronunciar bien la palabra “cigarro”. Denunciaron que había golpeado a una auxiliar de su colegio, simplemente porque no lo había dejado entrar. Apenas rozaba los diez años y su fama lo precedía: la noche del 24 de septiembre de 2008, asaltó junto a otros adolescentes la casa del empresario nipón Masataka Wada Nakamura, a quien golpearon y maniataron. Se llevaron 170 mil pesos, un televisor plasma y un computador, lo mismo hicieron casi dos semanas después en la casa del académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, Leonidas Montes. De allí se llevaron cinco millones de pesos.

La historia de Cristóbal -como en tanto otros casos similares- apresuró los anuncios de los políticos y las reestructuraciones del Servicio Nacional de Menores (Sename), pero también se conoció el abandono en que muchos niños crecían; esos niños que habitan espacios sin Estado. Eran los primeros indicios de la crisis del servicio, la cual se extiende hasta hoy. Claudio Orrego -alcalde de de Peñalolén en ese tiempo, comuna donde Cristóbal vivía- salió a declarar que con niños en familias disfuncionales y reincidentes no se podía hacer nada.

Como en tantos otros casos, comenzó su medicación; lo suyo fue Clozapina. Así también llegó el largo camino de la institucionalización, como lo informa su historial de Sename: ingresó a un programa de la Oficina de Protección de Derechos OPD en 2005, víctima de negligencia; en 2006 estuvo en un Programa de Fortalecimiento Familiar, como víctima de maltrato psicológico y negligencia parental. En 2009 –desde que escapa del Cread Pudahuel– fue considerado niño en situación de calle hasta que en 2010 ingresa a la residencia colaboradora de Sename “Casa acogida Esperanza”. De ahí nuevamente es egresado y lo trasladan al Cread Playa Ancha. El mismo 2010 el Diagnostico Ambulatorio (DAM) determina inhabilidad de sus padres y mantiene medida de protección hasta el año 2013 en el mismo centro. En ese momento solo tenía 13 años.

‘Cristóbal es el octavo de 10 hijos de Jacqueline (53), quien era conocida en el barrio como micro traficante. Su padre lo dejó de ver desde que tenía un año de vida. Con su padrastro la historia fue mucho peor; estuvo preso por asalto. Dos de sus hermanos cumplían condenas por robo y otras dos vivían en una residencia de acogida.

Por eso muchos se preguntan si Cristóbal pudo elegir la vida que le tocó.

Los anuncios del Ministro de Interior de ese tiempo -Patricio Rosende- no se hicieron esperar: “si la familia falló, el Estado no va a fallar, no lo vamos a abandonar, vamos a seguir realizando todos los esfuerzos, todas las acciones que sean posibles para que Cristóbal pueda reconstruir su red de protección vecinal, familiar, de amigos”.

Esos días también se anunció una completa reestructuración de Sename; se prometieron muchas cosas, como con casos más recientes como el de  Lissete Villa o más antiguos, como el de Daniel Ballesteros y tantos otros nombres que hablan de la crisis permanente en las residencias de protección o centros cerrados.

Así Cabrera se transformó en una especie de niño símbolo; se habló de que su madre mantenía a la familia con apenas 60 mil pesos y que el departamento de la Villa Cousiño no tenía agua ni teléfono. Estuvo en tres programas: uno de observación 24 horas, del municipio de Peñalolén y el Ministerio del Interior; otro de la Fundación Niño y Patria de Carabineros; y un tercero de la Dirección de Protección Policial de la Familia (Diprofam). De ese tiempo, otra escena mediatizada es la del mayor Jorge Alvarado, de la 18a Comisaría de Ñuñoa, quien le tenía de regalo una camiseta de la Universidad de Chile firmada por el equipo completo. Conocida es también la anécdota de cuando Cristóbal se enojó al enterarse de la presencia de cámaras y periodistas.

En julio del 2015 la historia que llegó a la prensa fue la de su hermana Carolyn Collao, cuando uno de sus hijos fue asesinado a golpes por su pareja. La tortura, abuso sexual y homicidio del niño de cuatro años tiene escenas de violencia indecible. Después de la tragedia los sobrinos de Cristóbal quedaron institucionalizados. La historia se volvía a repetir.

***

-La vida de Cristóbal Cabrera muestra un sistema que ha sido poco eficiente, poco confiable, que no ha sido sensible en proteger y dar respuesta oportuna a necesidades que son básicas para la sobrevivencia de un niño-, dice María Paz Badilla, directora de la Fundación Ideas para la Infancia que se dedica a trabajar con familias de entornos vulnerables.

La psicóloga, sentada en una de las oficinas de Colunga, cuenta que un estudio de la Fundación de San Carlos de Maipo menciona el dato que devela que uno de cada dos hombres que están en la cárcel pasaron por el Servicio Nacional de Menores estando en el sistema residencia o en un centro cerrado ( Ley de responsabilidad adolescente). Una realidad que habla de la nula reinserción, de cómo no los preparan para el mundo que además los rechaza y excluye por la historia de vida que tienen.

-No  solo se necesita la educación de niños que están en entornos vulnerables, esto nos hace pensar cómo yo también educo, sensibilizo, a una sociedad en su conjunto (…) Hay un desafío que no es menor, que tiene que ver con cómo caminamos hacia un espacio de reinserción social que involucre mucho más cosas que el aspecto laboral; algo que vuelva a rescatar la seguridad emocional básica que todos necesitamos para vivir-, concluye.

Paula Manzo, en tanto, explica que el joven está en compañía de Jaqueline, quien ha estado todos los días en el hospital. Insiste en que, pese a la historia de negligencia, ambos mantienen una relación muy estrecha. Agrega que si bien Cabrera está estable, aun no tiene fecha de alta. Dice que mientras Cristóbal esté hospitalizado, la prisión preventiva de su causa está suspendida y que su aspiración es llegar a un procedimiento abreviado con él, porque -en su opinión- Cristóbal reúne todas las características para iniciar un proceso de reinserción.

-Mi temor es que por la historia que ha tenido él, sumado a que es una causa de connotación pública, y porque a través de él se quiere hacer un instrumento de castigo ejemplificador, no se le dé esa opción de libertad vigilada intensiva, en circunstancias que otros chicos, probablemente en las mismas circunstancias, podrían tenerla-, comenta Manzo.

La abogada sabe que Cristóbal carga con el estigma, esa cruz que le pesa desde antes. “La mediatización” que le juega en contra, un prejuicio -que en su opinión- que probablemente corre para los dos lados: entre quienes no creen en su reinserción; por otra parte, los otros internos que le ponen el ojo por su buen comportamiento en los centros y lo pueden volver a agredir.

-Desde lo que ha podido conversar con él, ¿qué opinión tiene de Cristóbal Cabrera?

-Él es muy inteligente, es una persona respetuosa, no es una persona que uno diga que no tiene control de impulsos, no es un joven que no escuche. En este último incidente se grafica como es él: ni siquiera provocó esa riña, no dijo nada. Su agresor fue; supo que él estaba ahí y lo atacó. Le pesa su historia. Aparentemente se conocían de antes. Entiendo que su comportamiento -en todos los otros centros- siempre fue positivo. Tampoco existen rencillas anteriores-, comenta.

Dentro del Centro de Til Til, el joven asistió a clases, a los talleres, incluso uno dirigido por el boxeador Cristóbal Yessen (quien lo apadrinó).

La abogada dice que lo que podría venir es pedir un peritaje, un informe psicológico y social, que tenga como fin demostrar que él sí puede tener un cumplimiento en libertad (en este caso, sería su primera sanción como adulto).

-Eso claramente le fija un plan de acción junto con Gendarmería, y Cristóbal tiene todas las características para seguir con estos planes. Yo no he visto que haya desobedecido ninguna regla en particular dentro de su estadía en el centro. Tiene materia prima para poder obedecer ese plan de acción-, concluye.

***

En la audiencia de formalización del día 30 de julio, Cabrera respondió  las preguntas con voz cansina.

Las declaraciones hablan de cómo la madrugada de ese mismo día, junto a dos acompañantes, entre ellos A. A.O, habrían llegado hasta el condominio de Buin donde vivía un oficial de Carabineros con su esposa y su hija de tres años; que saltaron la reja perimetral, una vez dentro de la casa encendieron las luces de la habitación donde la pareja se encontró con una escena de horror: Cristóbal, supuestamente, llevaba un machete; A.A.O, un arma de fuego; y un tercer acompañante, iba con el rostro cubierto con una máscara de calavera. Dijeron que estaban “dateados” respecto de cierta cantidad de dólares que la pareja tenía. Luego los habrían maniatado con vendas y cables. El joven que sostenía el arma le abría apuntado a su hija. Eso Cristóbal lo ha negado en algunas de sus conversaciones.

El relato de la fiscal Pamela Torres sigue con esa persecución frenética donde el joven iba como copiloto en el Station Wagon que habían robado: por Avenida Santa Rosa, en la comuna de Puente Alto. Ahí, dicen, los acompañaba un auto Suzuki blanco, que luego se separaría del grupo. Los dos autos se fugaron por la caletera y comenzaron a seguirlos carros policiales del sector. En un momento, el Station Wagon tomó rumbo a Eyzaguirre para ingresar a la calle Carlos Aguirre Luco. Es ahí cuando se bajan y corren por un sitio eriazo. La adrenalina, probablemente, los dejó extraviados. Su compañero fue alcanzado por uno de los carabineros y Cristóbal, sin trepidar, se lanzó al río Maipo donde finalmente también fue detenido.

Según el parte número 22 de la Comisaría de Bajos de Mena, se habría hecho el encargo del vehículo a la Central de Comunicaciones de Carabineros (Cenco), por eso a la persecución, además de carros policiales, tiene un helicóptero.

En la parte de la intimidación a la familia, es donde la defensora de ese día, Margarita López Rojo, habla de las primeras inconsistencias respecto de la investigación. Explica sobre el machete y la pistola con la que supuestamente habrían apuntado a la niña, destaca que no se encuentra ninguna de las dos armas, solo una foto con dos destornilladores y que la intimidación solo se comprueba con declaración de las víctimas. El punto álgido ocurre cuando la fiscal menciona los delitos anteriores de Cristóbal.

-Dichas sanciones, como menor de edad, no se pueden usar en los Tribunales para agravar, toda vez que las sanciones penales en la Ley Penal Adolescente no son condenas, no son penas, no implican un agravación de la medida cautelar. El Tribunal ni siquiera debiera dar cuenta de esa situación-, espeta, para reclamar.

Entre las pruebas, también se enumera el listado de los bienes robados: dos televisores, dos estufas, cuatro anillos de metal, una cadena colgante, tres teléfonos celulares y una mochila, cédulas de identidad y tarjetas de medicina curativa.

Horas después, un noticiero de la comuna subió el video de la persecución de Cristóbal; se vendía como una película de acción. Las portadas se llenaron de titulares: “El regreso del Cisarro”, “Otra vez cayó el Cisarro”. Allí estaba de nuevo esa marca. El apodo que tanto odia.

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