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Opinión

La guerra contra el terrorismo 2: El dispositivo

Por: Rodrigo Karmy Bolton / Publicado: 08.09.2019
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La “guerra contra el terrorismo” no tuvo como objetivo la captura de Bin Laden (de hecho, según vimos, fue durante la administración Obama cuando supuestamente se lo ejecutó) ni solamente una guerra contra quienes amenazaran la hegemonía estadounidense. La guerra contra el terrorismo –ahora sabemos, después de tantos 11 de septiembres- fue la implementación de la guerra civil global en la que se jugó una verdadera guerra contra los pobres, una campaña sistemática contra todos aquellos movimientos sociales que osaran cuestionar el despliegue incondicionado del capital y la sistemática transformación del “mundo” (con su rugosidad, opacidad y otredad) en un verdadero “globo” (con su planicie, transparencia y mismidad).

El atentado al World Trade Center perpetrado el 11 de septiembre del año 2001 no fue un atentado entre otros. La prensa se apresuró a calificar su efecto bajo la rúbrica del “choque de civilizaciones” o bien, que desde ese momento había “cambiado el mundo” a cuya fórmula una gran gama de intelectuales (nacionales e internacionales) se subieron al cliché como si del apocalipsis se tratara. Pero lo cierto es que el 11 de septiembre del año 2001 tendrá que ser recordado como el momento en que se montó un dispositivo que intensificó la expansión capitalista a gran escala y que sigue enteramente vigente: la “guerra contra el terrorismo”.

La administración de Bush jr. fue la última en plantear a los EEUU en base a un paradigma monárquico, tal como había sido pensado tanto por las tesis finiseculares de Fukuyama (el “fin de la historia” como una relectura de la otrora interpretación kojeviana de Hegel) y de Huntington (como una relectura de la otrora interpretación schmittiana de los “grandes espacios” que se actualiza bajo la rúbrica del “choque de civilizaciones”). No obstante sus diferencias, las tesis de Fukuyama y Huntington dieron sentido a la posición unilateral de los EEUU, una vez la ex – URSS yacía desplomada.

EEUU se erige como el pastor que debía conducir a los demás pueblos a la democracia (el evangelio estadounidense); sea porque, como Estado “post-histórico” debía enfrentarse a los Estados “históricos” (Fukuyama) o porque siendo el supuesto líder de la civilización cristiana debía medirse contra la civilización musulmana (Huntington). La apuesta pastoral de los EEUU implicó poner en juego un paradigma monárquico para el campo de las relaciones internacionales que se abrían sin la contención (katechón) soviética cuestión que implicó situar a los EEUU como el nuevo y único monarca sobre la tierra.

El periplo pastoral comienza con Bush padre y se realiza con la Guerra del Golfo de 1991, para terminar con Bush hijo en la invasión a Iraq del 2003. Con Bush padre, los EEUU lideran una coalición apoyada por instituciones supranacionales como Naciones Unidas, la OTAN la totalidad de los países europeos así como los mismos países árabes. Incluso la Argentina de Menem –aquella que estallará tiempo después en virtud de la implementación neoliberal- se une con entusiasmo y envía barcos a la zona de conflicto. Con Bush hijo EEUU busca aliados frenéticamente: las instituciones supranacionales no se arriesgan a la nueva cruzada.

En virtud de la habitual presión sionista sobre la Sala Oval (dado que Iraq de Hussein se erigía como rival fantasmático para Israel)  y el intento estadounidense por desestabilizar cualquier posibilidad de que la Unión Europea pudiera articularse políticamente (y no económicamente), EEUU decide ir sobre Iraq. En el fondo, Iraq fue la trinchera por la que EEUU protegió tanto a Israel como a las petromonarquías (Kuwait, Arabia Saudi) de un mismo fantasmático “enemigo” (Iraq) y cuyo efecto –en la medida que en él estaba en juego el botín petrolero- permitió dividir a Europa debilitándola políticamente y conservando así su hegemonía sobre ella.

Pero, el periplo entre Bush padre y Bush hijo implicó que el paradigma monárquico  sufriera una mutación: si con Bush padre EEUU se erige como pastor, con Bush hijo EEUU se vuelve hacia su propio reverso especular: el cazador. Del Padre al Hijo se juega el paso de la figura del pastor a la del cazador, el de la soberanía al de la economía, del cielo a la tierra. Bush padre pontifica sobre la democracia, Bush hijo caza a sus enemigos: hay que dar “caza” a Bin Laden –decía Bush hijo. Y para “dar caza”, los EEUU implementan una fórmula tan decisiva como eficaz: la “guerra contra el terrorismo”.

La “guerra contra el terrorismo” –así como la “guerra” contra las drogas, la pobreza, la discriminación, etc.- es una guerra enteramente anómala, incluso, respecto de la propia tradición imperial occidental. Mas bien, diríamos expresa su implosión. Compuesta por la noción de “guerra” que el derecho internacional enmarcó tradicionalmente como parte constitutiva de la política “exterior” de un Estado respecto de otro y, por la noción de “terrorismo” que, al menos desde su judicialización durante la segunda mitad del siglo XX, siempre remitió a la política “interior” de un Estado respecto de su disensión interna, la fórmula “guerra contra el terrorismo” implicó una dislocación de ambas categorías, haciendo indistinguible el conflicto “exterior” del “interior”: el exterior juega una “guerra” pero enteramente policial y al interior se expresa una policía, pero estructuralmente militar.

Exterior e interior difuminan sus fronteras y, con ello, la guerra contra el terrorismo introduce una deslocalización espacial y temporal: “espacial” porque el conflicto deja de funcionar en un espacio fijo y dispuesto como fueron las trincheras en las guerras clásicas que operaban por fuera de las ciudades transfigurándose en un campo ilimitado (o ubicuo) característico de la nueva escena global en el que todo espacio puede ser un lugar de posible conflicto; “temporal” porque el conflicto no se restringe a una temporalidad acotada en la que puede identificarse un principio y un final, sino que la guerra comienza a identificarse con una temporalidad infinita. Ilimitación espacial e infinitud temporal definen la estructura de la “guerra contra el terrorismo” que a veces se mencionará en los términos de “guerra preventiva” o “justicia infinita”, ambas formas enteramente derivadas de la deslocalización operada por  el nuevo dispositivo.

En otros términos, la “guerra contra el terrorismo” no fue jamás una “guerra” pura y simple, sino un dispositivo que convirtió a la guerra inter-estatal en una verdadera guerra civil global, con intensidades y modulaciones variables.  Con ella, el terror triunfó –no simplemente el miedo- y los dispositivos de seguridad encontraron la impunidad necesaria para hacer retroceder todos los derechos civiles: el dictum de la seguridad se impuso por sobre cualquier otra condición.

Por eso, la “guerra contra el terrorismo” no tuvo como objetivo la captura de Bin Laden (de hecho, según vimos, fue durante la administración Obama cuando supuestamente se lo ejecutó) ni solamente una guerra contra quienes amenazaran la hegemonía estadounidense. La guerra contra el terrorismo –ahora sabemos, después de tantos 11 de septiembres- fue la implementación de la guerra civil global en la que se jugó una verdadera guerra contra los pobres, una campaña sistemática contra todos aquellos movimientos sociales que osaran cuestionar el despliegue incondicionado del capital y la sistemática transformación del “mundo” (con su rugosidad, opacidad y otredad) en un verdadero “globo” (con su planicie, transparencia y mismidad).

El efecto 11 de septiembre deja su paso en el presente: la “guerra contra el terrorismo” que aparece como la razón de Estado, indiscutible, máxima, eficaz en su espectralidad, capaz de subrogar cualquier derecho ganado frente al poder desatado, es el dispositivo utilizado por todos los Estados –y no sólo los Estados- hoy para sofocar cualquier contestación al circuito capitalista.

La guerra contra el terrorismo no fue solamente, por tanto, el mecanismo que encontró EEUU para ejercer un dominio sin hegemonía, sino el dispositivo de gestión global de las poblaciones articulado en un último reducto pastoral (la promesa de cuidar de las ovejas) en el instante en que se abre la época de caza (la exigencia de capturar a un monstruo perdido por el globo).

Porque en estos tiempos, un enemigo absoluto como el “terrorista”, sin inscripción estatal-nacional, difuso, camuflado bajo la piel de cualquiera funciona como el necesario “chivo expiatorio” que posibilita atentar contra la política de los cualquiera, esto es, los oprimidos que no necesitan del “profesionalismo” político para parir una insurrección.

Las revueltas que proliferan en distintas latitudes ponen en juego una política de los cualquiera que, tal como quedó claro con el proceso contrarrevolucionario que siguió a las revueltas árabes del 2011, la guerra contra el terrorismo funcionó como el dispositivo decisivo que ofreció la justificación necesaria para la emancipación de las múltiples técnicas de seguridad. La guerra contra el terrorismo no fue jamás una simple guerra, sino un dispositivo imperial orientado a la devastación de los cualquiera ejercido por una oligarquía depredadora (que justamente “caza” antes que “pontifica”) contra toda forma de vida que afirme la posibilidad de una existencia no capitalista.

Rodrigo Karmy Bolton
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