Un grupo de mujeres que conforma Historias Desobedientes Chile extiende un lienzo en el Centro Cultural Gabriela Mistral. Quienes circulan por sus pasillos observan la escena con cierto recaudo; intentan leer con detalle el mensaje, pero lo hacen guardando las distancias. “Fin a los pactos de silencio. No a la impunidad”, reza el cartel que el colectivo llevará a la marcha por la conmemoración del 11 de septiembre.

Será la primera marcha -y, por lo tanto, la primera aparición pública- de los hijos, hijas y familiares de genocidas organizados en colectivo. Historias Desobedientes Chile surgió en marzo de este año, al alero de su par argentino, y está conformado actualmente por 10 personas con distintos perfiles, pero unidos por un hilo común de la historia: alzaron la voz en contra de sus familiares que cometieron crímenes de lesa humanidad durante la dictadura, se rebelaron contra su propia historia familiar y procuran entregar antecedentes que les sirva a las víctimas para encontrar verdad y justicia. Al mismo tiempo, aspiran a sumar otras voces que, en tanto familiares de victimarios, puedan aportar con información para esclarecer casos de violaciones a los derechos humanos.

Ocho de esos 10 integrantes son mujeres. De ellas, tres caminan por el subterráneo del GAM buscando un espacio adecuado para contar sus testimonios y describir los objetivos generales de la agrupación: Sandra Contreras, Andrea Serrano y Verónica Estay. Ellas lucen muy expectantes por lo que ocurrirá en la romería al Cementerio General; desconocen cómo serán recibidas por el resto de las agrupaciones de derechos humanos. Esperan ser acogidas.

Sandra Contreras es hija del ex suboficial (r) del Ejército, Manuel Contreras Donaire, coautor del asesinato de Tucapel Jiménez, en 1982. Criada en una villa militar, en el paradero 7 de Pajaritos, fue brutalmente maltratada por su padre. Tras ser condenado a prisión, fue indultado en 2005 por el presidente Ricardo Lagos. En 2006, Sandra vio por última vez a su papá y lo encaró. Acto seguido, lo quiso enfrentar jurídicamente, para lo cual llamó a Tucapel Jiménez, hijo del dirigente sindical asesinado. “Hola, soy la hija del que mató a su padre”, le dijo al teléfono. Contreras Donaire sigue en libertad; se le acreditó la comuna de La Florida como su último domicilio, mas se desconoce su paradero. Sandra trabaja como técnica en farmacia en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile.

En tanto, Andrea Serrano contará públicamente su historia familiar por primera vez. Ella es hija de Alejandro Serrano, a quien reconoció como informante civil de la DINA. Ha reconstruido la historia de su padre a partir de sus propios recuerdos de niña y de entrevistas a sus familiares. Aunque Alejandro Serrano murió en 2004 sin pasar por ningún proceso judicial, Andrea está convencida de que él participó de varios crímenes en dictadura tanto dentro como fuera del país. Incluso, ella entregó antecedentes a una comisión gubernamental de derechos humanos en los albores de la transición democrática. Andrea es trabajadora social.

Verónica Estay, por razones personales, solo hablará de los lineamientos generales de la nueva agrupación. Ella tiene una historia vinculada a dos mundos opuestos: es hija de Jaime Estay e Isabel Stange, militantes de las Juventudes Comunistas que cayeron presos en 1976 y que, tras haber sido torturados, partieron al exilio a México. Al mismo tiempo, Verónica es sobrina de Miguel Estay Reyno, “El Fanta”, quien se convirtió en torturador y participó, entre otros casos, en el asesinato de Manuel Guerrero, Santiago Nattino y José Manuel Parada, en 1985. Es doctora en Lengua y Literatura, y trabaja como docente universitaria en Francia. Vive en ese país desde hace 15 años. En este momento está de visita en Chile solo para participar de las actividades de Desobedientes, incluida la marcha de hoy.

La cuarta es la cineasta Lisette Orozco, sobrina de Adriana Rivas, ex secretaria del ex director de la DINA, Manuel Contreras Sepúlveda, “El Mamo”. Orozco no pudo estar en la cita en el GAM, pues se encontraba en gira con su documental “El pacto de Adriana” (2017), en el que relata la historia de ella y su tía. Lisette vive actualmente en Colombia y también marchará este domingo por las calles de Santiago.

-¿Cuáles son las raíces del movimiento en Chile?

Verónica: Nació en Argentina en 2017. Los compañeros de Argentina se organizaron para manifestarse contra una ley que buscaba disminuir las penas de los condenados por crímenes de lesa humanidad. De ahí nos empezamos a sumar los chilenos, éramos poquitos al principio. En marzo de 2018 ya éramos los suficientes para autonomizarnos y fundamos el colectivo en Chile. Pero somos un brazo del colectivo argentino.

-Entiendo que esta iniciativa es inédita en el mundo…

Verónica: Exacto, en toda la historia de los crímenes en masa, no hay un movimiento político que se constituya en torno a este rol. Sí hay hijos de nazis que repudiaron lo que hicieron sus padres, pero lo hicieron de forma individual, nunca colectivamente.

Verónica Estay

Verónica Estay

-Andrea, ¿qué te sucede a ti en la víspera de la marcha por el 11 de septiembre?

-Andrea: Es primera vez que siento pertenencia. Es raro porque yo marcho desde hace mucho tiempo, pero la palabra “compañero” resuena de una manera muy distinta a partir de la experiencia en este colectivo. Estoy ansiosa, con ganas de saber cómo nos recibirán los movimientos de derechos humanos. Hemos tratado de hacer un trabajo de mucho respeto. Sentarse en la mesa con la hija de quien te torturó es muy difícil. Como colectivo prima el carácter de humildad. Venimos acompañando un proceso que otros vienen levantando por 46 años. Esperamos que más gente se pueda sumar. Hay 1.570 civiles identificados que no han sido condenados. Aproximadamente son 3.000 personas que podrían escuchar nuestro mensaje y pensar “quizás podría estar ahí”.

-¿Y en tu caso, Sandra?

Sandra: Uf, son muchas sensaciones. Estuve en silencio mucho tiempo, viviendo en una villa militar, donde no había espacio para sacar la voz. Tengo entusiasmo por lo que pasará en la marcha. Ojalá como colectivo sigamos creciendo y que se sume gente de mi edad, que vivió en silencio a costa de estos militares. Yo no justifico a mi padre. Saqué la voz y me siento bien conmigo. Pero de mi familia no hablo con nadie, se me vino encima. Soy la oveja negra. Soy como la Gladys Marín de la villa militar. La última vez que vi a mi papá, en 2006, no me reconoció. Yo lo insulté; creo que hasta inventé garabatos para insultarlo. Me agredía a combo limpio. No sé nada de él. Fue el primer indultado de Chile. El presidente por el que yo voté, Ricardo Lagos, lo indultó. Lloré harto. Yo tengo hartos amigos de la infancia callados. A ellos les digo que este es el espacio, que no habrá nadie que los amedrente.

-Andrea, ¿cuál es tu vínculo con tu padre Alejandro Serrano y con tu familia?

Andrea: Tengo hermanos elegidos más que hermanos biológicos. Levanté entrevistas hace como 15 años en mi trabajo de identidad. Recolecté fotografías familiares tratando de entender ciertas cosas. Le agradezco a una profesora de filosofía, de cuyo nombre no me acuerdo, que nos pidió hacer un trabajo sobre la tortura, a pesar de estudiar en un colegio de derecha. A los 14 años yo ya estaba en una vereda en que no quería estar. Nunca supe la chapa de mi papá; sí sé que estaba angustiado por las nóminas de civiles que sacó El Siglo el año 80. Sí supe también que los civiles tuvieron grados de participación. Que recibían plata en función de su trabajo de informantes. En un acompañamiento individual que hice, alguien me dijo: “Uno ama como lo amaron, pero en un momento uno decide cómo seguir amando”. Y yo decidí amar de una manera distinta. Si bien soy hija de un genocida, una tiene la opción de darle un vuelco a la historia. Supe que estuvo metido en hechos de sangre en el extranjero, porque se justificaron salidas con nombres de empresas que no eran tan reales. También había chilenos que salían detrás de otros chilenos exiliados.  Vivimos en una vereda distinta a las víctimas, pero no menos dolorosa. Sin embargo, las víctimas de esta cacería son aquellos compañeros que los persiguieron por pensar distinto. Nosotros somos “afectados”.

-¿No víctimas?

Andrea: Siento que no. Si bien lo pasamos mal por distintas situaciones, los niveles de sicopatía de estos torturadores pasaron por muchas fases. Hubo gente que violentó a sus propios familiares, como el caso de Sandra. Pero había gente que era capaz de sacarse los guantes de la tortura, y luego ser los padres más cariñosos y los abuelos más románticos del mundo. Uno como afectado puede trabajar su propia historia, pero no sé cómo la puede trabajar una persona con un desaparecido en su familia. Los dolores se pueden cruzar, pero no hay que confundir a las víctimas.

-¿Compartes esa opinión, Verónica?

Verónica: Sí, colectivamente sería un error muy grave definirnos y considerarnos víctimas. Sabemos que el desgarro afectivo de Desobedientes es fuerte, pero nuestro rol en el panorama de la memoria no puede ser el mismo que el de las víctimas históricamente reconocidas. Cada quien debe trabajar su proceso personal, pero en el proceso histórico nos situamos de manera distinta. Somos afectados, pero apoyamos y acompañamos colectivamente el proceso de las víctimas históricamente reconocidas.

Sandra Contreras

Sandra Contreras

-¿Se han puesto en contacto con la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y la de Ejecutados Políticos?

Verónica: Sí, hemos enviado cartas a las distintas agrupaciones y hemos tenido algunas respuestas. Sabemos que para ellos deben tener una discusión larga y lo entendemos perfectamente. Para mí lo extraño sería que no hubiera desconcierto o desconfianza respecto de nosotros.

-¿Esa desconfianza se manifestó?

Verónica: No explícitamente, pero me parecería normal que eso ocurriera.

-Pero saben que van a marchar…

Verónica: Sí, ya lo anunciamos. La gente que ha respondido lo ha hecho de una manera muy generosa, de una manera inesperada. En general la recepción ha sido muy cálida, muy sorprendente.

-¿Ha habido gente que se ha querido sumar al colectivo y que aún no se decide por estos temores familiares?

Verónica: Hay dos o tres compañeros en contacto, pensándolo, pero como conocemos el proceso, no presionamos a nadie. Cada quien tiene sus propios tiempos, a nadie se le puede pedir que sea un desobediente: se le puede pedir que respete los derechos humanos, pero no pedirle que alce la voz públicamente.

-¿Es coincidencia que sean la mayoría mujeres, tal como lo que pasa en Argentina?

Verónica: Es una pregunta que nos hemos planteado, pero no tenemos una respuesta definida. Puede ser que haya un problema con la figura paterna como rol, por el padre tal como se encarna en el Estado y en la patria, por la etimología misma del término que remite a padre. Yo creo que es la función paterna, que también puede ser encarnada por mujeres, porque no olvidemos que hubo mujeres que torturaban.

-Andrea, ¿has ganado más aliados o enemigos en tu familia?

Andrea: Es una historia que vengo trabajando en mi familia hace rato, a quien le caiga y a quien no. Más que ganar adherentes o no, yo tomé distancia. Porque cuando fui capaz de levantar entrevistas con personas que yo consideraba afectivamente, entendí que la familia es algo biológico y que uno tiene la capacidad de elegir. Entendí que con algunos familiares solo tengo en común el apellido. Yo elijo con quién me siento a la mesa.

-¿Cómo fuiste recopilando la historia de tu papá?

Andrea: Cuando niña salí varias veces con mi papá a vigilar gente que nunca me di cuenta que estábamos vigilando. Recuerdo que mientras me tomaba un helado, veía a mi papá cuatro o cinco horas con un diario abierto y nunca supe qué esperaba. En algún momento lo pude conversar con él antes de que falleciera y nunca fue capaz de reconocer un acto. Lo confronté varias veces. Después de su muerte, me encontré en una actividad con una de las víctimas de Rengo, y él identificó a mi papá. “Tu papá me torturó”, me dijo. Fue algo que me removió. Ya no necesitaba más confirmación. Lo que recopilé lo puse a disposición de ciertas comisiones gubernamentales de derechos humanos. Si hoy es raro que una hija de genocida se acerque, hace 20 años era incluso más inesperado.

-Sandra, ¿te queda algún recuerdo bonito de la infancia?

Sandra: Pese a sufrir un lado oscuro de agresión, yo pasé los mejores años de mi vida en una iglesia. Ahí canté, me podía desahogar. Iba a peñas contra la dictadura. La villa militar era un iglú, un mundo de fantasía. Mis hermanos no sabían lo que era el hambre, pero mi papá nos agredía una y otra vez.

Andrea Serrano

Andrea Serrano

-¿Tus hermanos se rebelaron?

Sandra: No, yo fui la única que no lo fue a ver a la cárcel. Cuando cayó preso, yo estaba feliz. En la villa quedaron con la boca abierta con la noticia, porque para todos era un hombre intachable. Todavía me parece verlo con su mirada, su perfil alto. Nunca se arrepintió de lo que hizo ni nunca lo hará. No tuvo piedad con nosotros y menos la tendrá con los otros.

-¿Volviste a hablar con el hijo de Tucapel Jiménez?

Sandra: Hemos vuelto a hablar como dos o tres veces, pero siempre me ha apoyado. Fue muy fuerte llamarlo como hija del asesino de su papá. Luego hablamos en su estudio jurídico, pero ha sido una persona muy transparente conmigo.

-¿Te has puesto en el caso si te lo encuentras en la marcha?

Sandra: Uf, no, yo creo que sería muy fuerte. Me gustaría abrazarlo fuerte. Ya lo he hecho, a pesar de ser quien soy.

-Verónica, ¿cuál es el rol que podría cumplir el colectivo como potencial colaborador en la búsqueda de verdad y justicia, más allá de lo simbólico-testimonial?

Verónica: Todos tenemos distintos grados de conocimiento de lo que hicieron nuestros familiares. Hay casos que están juzgados, para ellos la función es simbólica. Pero hay compañeros que tienen información sobre sus padres y que puede ser útil jurídicamente. Nuestra tarea es aportar con lo que se sabe, a partir de los medios que se disponen. Hay algo importante que decir sobre la postmemoria, un concepto que trabajo yo: una cosa que marca la postmemoria de los victimarios es la culpa y la vergüenza; en las víctimas es el dolor y la pérdida.

-¿Cómo viven el proceso tus hijas, Sandra?

Sandra: Ellas tienen 29, 25 y 21. Esto de ser “hija de” les ha afectado. Una quería entrar a la PDI, pero no puede por ser hija de un genocida, tiene una mancha. “Me da rabia haber sido Contreras, debí haberme sacado este apellido, todo el mundo sabe que soy la nieta de este caballero que mató a Tucapel Jiménez”, me dice ella. Tocó la mala suerte, encima, que me casé en ese entonces con un Contreras, y mis tres hijas tienen sus apellidos Contreras Contreras. Es una deshonra para ellas. Mi hija está full metida compartiendo todo lo de Desobedientes en Facebook e Instagram. No pertenece al colectivo, pero sí es seguidora por redes sociales. Le da vergüenza ser “nieta de”, pero está orgullosa de que su madre haya sacado la voz.

-¿Y en tu caso, Andrea?

Andrea: Tengo hijos revolucionarios gracias a Dios, para mí son el mejor regalo. No necesitan ir conmigo, van a todas solos.

-Para cerrar, Verónica. ¿Qué mensaje le entregarías a quienes se quisieran sumar al colectivo?

Verónica: Que nuestra fuerza reside en el hecho de que son historias distintas, pero tenemos un objetivo común: la lucha por los derechos humanos. Es un objetivo muy alto. Hay ejes directivos muy claros, sin ambigüedad posible. Ojalá en el futuro nuestros hijos se paren dignamente, sin culpa y sin vergüenza, contra la violencia o injusticia.

Lisette Orozco: “El colectivo nos fortalece para enfrentar a nuestras familias”

El colectivo participará durante la semana entrante en varias actividades de conmemoración del 11 de septiembre, entre las que se incluye la proyección del documental “El pacto de Adriana”, de Lisette Orozco, también integrante de la agrupación. En la página de Facebook (Historias Desobedientes Chile) e Instagram (@historiasdesobedientes_chile) se encuentra disponible todo el detalle de los eventos. Como invitados especiales estarán un siquiatra y una sicóloga argentina que pertenecen a Desobedientes allende los Andes.

Orozco vive en Bogotá y actualmente se encuentra de visita en Chile presentando su obra en que narra la historia suya y la de su tía Adriana Rivas, ex secretaria de Manuel Contreras Sepúlveda, por quien existe una solicitud de extradición desde Australia. El documental se encuentra disponible en La Tienda Nacional, y también la autora lo vende personalmente. Se le puede escribir al sitio de Facebook “El pacto de Adriana”.

“Cuando estaba haciendo la película, me costaba encontrar gente que estuviera en lo mismo que yo. Hablé con los especialistas argentinos que estarán esta semana en Chile. Ellos trabajan el daño transgeneracional desde los victimarios y me ayudaron con sus conocimientos. Ahora que se haya formado el colectivo en Chile, me demuestra que no estoy sola. No estamos con nuestras familias; sí estamos por la memoria, la verdad y la justicia. El colectivo nos fortalece para enfrentar a nuestras familias y para dejar en claro que sí queremos ayudar a curar la herida de este país”, dice la cineasta.

Con respecto a la manifestación de hoy, Orozco dice que “siempre me imaginé dónde quería estar en la marcha del 11, pero sentía que no pertenecía a ningún lugar. Tenía una crisis de identidad. Sin embargo, estar en el colectivo me ha hecho pertenecer a algún lugar. Me ha permitido decir que sí estamos con las víctimas, aunque nosotros no somos víctimas”.