Qué difícil es escribir sobre Camilo Sesto cuando todo el mundo lo está haciendo. Los perfiles y los comentarios son casi los mismos en todas partes. “Muere Camilo Sesto a los 72 años”, “Fallece uno de los mejores compositores de Hispanoamérica” (ahora sí le reconocen su labor más allá de la interpretación). Lo único que creo podría hacer distinta esta columna sería contar mi experiencia personal entorno a uno de los artistas más iconicos que nos ha dejado España.

Como buen ciudadano parido en esta patria a mediados de los 80, durante la niñez y preadolescencia tuve que escuchar lo que escuchaban mis papás. En casa la radio se oía a toda hora bajo su curatoría. Así, en las mañanas era mi madre quien dictaminaba qué escuchábamos. Y la memoria no falla cuando tengo que recordar los momentos en que el volumen aumentaba y salía por los parlantes la aguda y dulce voz de Camilo Sesto acompañada de sus perfectas melodías que hoy son monumentos de la canción romántica. ‘Jamás’, ‘Melina’, ‘Piel de ángel’, ‘Perdóname’, ‘El amor de mi vida’ o ‘Vivir así es morir de amor’ –con la que alguna vez peleé con mi hermana por quién cantaba “y ya no puedo más”) son parte de un cancionero gigante e inmortal que caló muy profundo en el Chile de los años 70 y 80.

Las radios nacionales habían encontrado en la música romántica el pulmón para subsistir, luego de un periodo de censura y de cierto bloqueo –en el mainstream– de estilos como el rock. A su vez, ya se había instalado la tradición de compartir las tardes y noches en torno al televisor, donde por los inofensivos estelares de la tv criolla desfilaron los grandes baladistas de la época con sus sensibleras performances y el descaro uso de playbacks. En medio de todos eso, un lozano Camilo Sesto entró a sus anchas al país, llegando como una estrella desde la península ibérica e iniciando su demoledora internacionalización con su debut en el Festival de Viña en 1974, de la mano de un show despampanante, una ovación inicial que satura el audio del video disponible en YouTube y, antes de iniciar su show, un agradecimiento al público que remata con un «por favor pedirles una cosa: no me olviden porque yo quiero volver».

Así era Camilo Sesto: implacable.

Volvió siete años después convertido en un gigante de la canción, en la recordada edición del evento viñamarino de 1981, el que es sindicado como el mejor festival de todos los tiempos (con los recordados shows de Julio Iglesias, “El Puma” Rodríguez, Miguel Bosé, Leonardo Favio, Ángela Carrasco, entre otros). Eran años donde el valenciano ya era toda una celebridad mediática que ya había acumulado, hasta aquel entonces, 13 discos en una década con una lista contundente y envidiable de éxitos románticos que siempre estuvieron en el top de las listas de ventas. En nuestro territorio, no hay dudas que Camilo Sesto era un artista con una popularidad efervescente. Por supuesto, era el cantante favorito de madre, el que le robaba cada suspiro colegial. Pregúntenle a mi hermana cuántas veces le dijo que él era su papá, mostrándole una foto de carnet del español que guardó celosamente por años (y que simbolizaba la añoranza de su juventud en plenos años 90). Así es el fanatismo. Y así era el poder de encanto que ejercía ante sus admiradores, más allá de “sus canciones”, con todo el sentido de propiedad de la palabra, ya que, a diferencia de varios de sus colegas –españoles, italianos o mexicanos–, Camilo Sesto fue el compositor de la mayoría de sus más éxitos, incluyendo el primer no. 1 de su carrera: ‘Algo de mí’, single de su disco debut como solista en 1972.

Con una muy reconocida calidad vocal, su voz era capaz de aunar los más ricos matices expresivos con una gran potencia y flexibilidad. Le era posible superar las tres octavas, pues su registro abarcó desde la voz de bajo hasta la de tenor, llegando incluso a notas de voz ligera. Con aquel talento y el dominio de sus composiciones, tardó solo dos años en convertirse en la máxima estrella de la música romántica española. Su disco “Camilo” (1974), que compone y produce en su totalidad (como una especie de Prince o Jeff Lynne de la balada) vendió cerca de 18 millones de copias y convirtió en imprescindible de las parrillas programáticas románticas el single ‘¿Quieres ser mi amante?’. Un año más tarde se transformó, literalmente, en el mesías, con la aparición de la reinterpretación en español de la ópera rock Jesucristo Superstar (original de Andrew Lloyd Webber). Vale recordar que su filiación con el rock provenía desde fines de los 60, ya que al igual que Sandro con Los de Fuego, fue parte de Los Daysons y Los Botines, dos grupos de tradición beat (a lo The Animals o The Kinks), cuando aún usaba su nombre de nacimiento, Camilo Blanes. Por entonces, mi mamá tenía tiernos e inocentes 15 años.

Mi vieja conoció a Camilo Sesto con ‘Fresa salvaje’, el single de promoción de su segundo disco “Sólo un Hombre” (1972). De ahí escuchó la radio sagradamente todos los días para conocer más sobre esa misteriosa voz española de un cantante de peculiar acento, del cual solo conocía el nombre. A medida que su fanatismo aumentó, lo empezó a buscar en diarios y revistas. Cuando lo encontró, su enamoramiento se completó al ver al entonces joven melenudo de profundos ojos azules. Por fin, le pudo poner rostro a sus adolescentes fantasías, como muchas otras jóvenes que comenzaron a seguirlo a fe ciega, comprando cada disco y llenando cada teatro donde actuó en el país, uno de sus destinos favoritos y del que tenía especial vínculo, como le confesó en entrevista a un medio local el año pasado: «Chile y yo tenemos un pacto muy especial, una unión super perfecta y eterna».

Camilo Sesto definió nuevos valores, nuevos estándares y pavimentó nuevos caminos en la canción romántica. Pocos artistas pueden jactarse de tener un abanico de hits internacionales tan abultado, con canciones maravillosas y álbumes de gran factura, que hablan y hablarán de un artista integral con un legado invaluable; atormentado como tantos otros –en su caso, su trastorno dismórfico corporal y su respuesta en la adicción a las cirugías estéticas–, que pasó sus últimos años en soledad y que se había transformado en una parodia de sí mismo.

“Mamá, murió tu ídolo”, le mensajeé por WhatsApp a mi vieja la madrugada del domingo. No obtuve respuesta hasta la mañana, cuando me llenó de emoticones con lágrimas la pantalla del celular para luego poner un escueto “Grande Camilo”, acompañado de dos corazones. La pena y las lágrimas vendrían al pasar de las horas cuando la noticia inundó los noticiarios.

Si en la pasada tarde dominical llegaron a Plaza Italia algunas fanáticas para, de alguna forma, rendirle homenaje al cantante, en mi casa ponía el vinilo de “Amor Libre” (1975), porque imposible no tener algo de su obra si me crié escuchando cada una de sus obras cumbres que harían gigante cualquier playlist con el rótulo de “grandes éxitos”. Porque la herencia de Camilo Sesto –en mi caso– va más allá del recuerdo nostálgico de canciones devenidas en himnos de la cultura pop que huelen a cera y virutilla y que tienen el sonido de la enceradora incorporado a la melodía. Esa pasión de mi madre permeó al punto que, la vez que me tocó usar un nombre ficticio para publicar un texto, el subconsciente hizo lo suyo y la única opción fue usar “Camilo”.