Paola apenas rozaba los 23 años cuando comenzó la búsqueda del cuerpo de su padre, el doctor Claudio Tognola, asesinado en 1973. Tenía una misión clara: encontrar sus restos. Era 1990,  había viajado en bus hasta Tocopilla. Se bajó en el terminal con el pecho apretado, respiró profundo y volvió a escuchar con atención el desierto. Atrás había dejado amigos,  familia y su casa. Se propuso la posibilidad de vivir un par de años en el puerto si era necesario, buscar trabajo, quizá instalarse en un departamento. Hacer lo imposible. Pero esta historia comienza mucho antes.

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 aplastó a Tocopilla, a punta de desapariciones y torturas. Uno de los asesinatos más conocidos fue el del alcalde la ciudad, Marcos de la Vega, y el del gobernador Mario Arqueos, quienes luego fueron trasladados a Antofagasta y ejecutados por el paso de Caravana de la Muerte. Fue una represión transversal, mediante la cual se persiguió desde políticos a estudiantes. Una represión que que quedó marcada a fuego: denuncias a  vecinos, amigos y familiares. La delación y violencia transformó a algunos en torturadores y verdugos de personas que conocían.

-A mi padre lo mataron quienes habían trabajado con él, sus amigos-, dirá más tarde Paola.

En 1962, Tognola llegó a Tocopilla desde Santiago con su esposa Rosa Canales, quien estaba embarazada de su primera hija. Luego vinieron Paola y Verónica. Al principio, trabajó en el Hospital Marcos Macuada y luego fue contratado como médico oficial de Carabineros. Después de un tiempo se separó, regresó a Santiago a cursar su especialidad en Obstetricia, pero en 1972 decidió volver a Tocopilla. En ese tiempo conoció una nueva pareja, pero seguía comunicándose con su ex esposa y sus hijas a través de cartas. Tenían una relación cercana, de hecho, Rosa se instaló con las niñas en la casa de sus suegros, en Avenida Matta.

Tognola era un hombre querido por la gente del puerto. Obtuvo el cargo de médico general poco tiempo después, fue militante socialista y ya había sido electo secretario general del partido una semana antes de Golpe de Estado. Era reconocido por su aspecto físico; un colorín pecoso de baja estatura y carácter fuerte, pero afable, muy preocupado de los temas sociales, de la gente humilde de esa tierra. Conocidas eran sus atenciones a domicilio; llegaba hasta la última casa del cerro, construcciones que colindaban con la línea del tren. Una vida que sería súbitamente interrumpida con la llegada del 11 de septiembre.

-Mi papá era así, si veía a un señora mayor o viejita, le decía: “Ya, vamos a atendernos”. Y la llevaba al hospital en brazos, muerto de la risa. La gente lo quería mucho y tenía una vida social muy activa- recuerda Paola.

Paola Tognola (53) conserva el temple, el rostro cubierto de las pecas que heredó de su padre, mientras habla de esa historia de búsqueda, pero también una historia que no termina. Ha organizado funas para los culpables, pero siente que la justicia no ha llegado aún, al menos, no del todo. Han muerto militares y carabineros que estuvieron implicados en los asesinatos de Tognola -y 11 personas más- y nunca pusieron un pie en los tribunales.

Paola cuenta lo que se sabe que pasó con su padre: después del 11 de septiembre había trabajado con un salvo conducto, estuvo detenido unos días antes, pero lo habían dejado ir. El 16 de septiembre de 1973 fue distinto. Cerca de las 21:30 horas, el jefe de Investigaciones de Tocopilla, de apellido “Fuentes”, lo fue a buscar a su casa. Afuera lo esperaba una patrulla de militares en una camioneta verde de la Corporación del Cobre (CODELCO).

A Tognola lo tuvieron recluido en la Comisaría de Carabineros de Tocopilla y luego fue trasladado a la cárcel de esa ciudad. Ahí lo vieron algunos testigos. Dicen que lo escucharon gritar que tenía hambre. Lo dejaron comer algunos días, pero su apariencia ya era pálida y enfermiza. Fue sometido a proceso en la Fiscalía de Carabineros junto a Luis Segovia, Carlos Garay (todos desaparecidos), a Freddy Araya y a Reinaldo Aguirre (ejecutados), entre otras personas más.

El 6 de octubre de 1973, se publicó en la prensa de la zona un comunicado oficial firmado por el delegado Jefe de Zona en Estado de Sitio de Tocopilla, Teniente Coronel y Prefecto de Carabineros, Luciano Astete Almendras, en el que se daba cuenta de una falsa fuga de un grupo de detenidos. Dicho comunicado decía que “a las 08:30 horas, en circunstancias que personal de las Fuerzas Armadas y Carabineros cumplían una diligencia de la Fiscalía Militar en una mina ubicada a 15 kilómetros al norte de Tocopilla, aprovechándose que este personal desenterraba una gran cantidad de dinamita, los prisioneros Carlos Garay, Luis Segovia, Claudio Tognola, Freddy Araya y Reinaldo Aguirre, ‘se dieron a la fuga’ hacia el interior de la mina y a pesar de gritarles ‘alto’ en reiteradas oportunidades, no obedecieron la orden de detención, motivo por el cual se disparó sobre ellos”.

Tognola tenía que ir por esos días a Santiago. Rosa, al no recibir noticias de él, hizo una maleta, viajó a Tocopilla y acudió al ministro de Minería, Alfredo Yovanne (también general de Carabineros y gestor de golpe), para pedir información de su esposo. La respuesta que tenían hasta ese momento era que lo habían involucrado en el “Plan Z” (un supuesto plan del gobierno de Salvador Allende para terminar con la oposición a su gobierno). Yovanne la envió en un avión institucional a Tocopilla y le entregó una carta donde le pedía al subprefecto Luciano Astete que le entregara toda clase de facilidades “para la gestión que realizará en la ciudad”. No hubo respuesta. Astete le dijo que regresara en un mes a buscar el documento que le otorgaría la Fiscalía Militar de Antofagasta, en el que constaría la desaparición del doctor.

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Paola tenía siete años cuando su padre pasó a la extensa lista de detenidos desaparecidos. Tognola había ido días antes a Santiago a visitar a sus hijas. Ella recuerda que venían llegando del Far West (un parque de diversiones temático), cuando escuchó su voz. “¡Llegó le papá, llegó el papá!”, gritó por la casa hasta que lo vio y corrió a colgarse de su cintura. Paola le pidió que se quedara; él le prometió que volvería en tres días. Esa tarde esperó sentada en el berger frente a una mampara de la entrada de la casa. Su padre nunca llegó.

-Días después escuché una conversación de un amigo de la familia con mis abuelos. Miré por la puerta entreabierta y vi a mi abuela taparse la boca para gritar: “¡No, mi hijo no!”. Ahí entendí todo-, recuerda.

De vuelta en Tocopilla de 1990, la insistencia de Paola arrojó los primeros resultados. En medio de ese proceso conoció a varias personas de la Comisión de Derechos Humanos de la zona, con quienes hicieron una campaña en radios, prensa y se reunían en la plaza Condell de la ciudad. Hicieron presión para que empezara la búsqueda de los cuerpos. En esos días hicieron un trabajo que los dejó sin aliento.

Había una esperanza, en el primer viaje de su mamá, un pirquinero se le había acercado para decirle que sabía dónde estaba el cuerpo de su esposo. Lo que parecía un rumor empezó a crecer, hasta que en 1974 dos pirquineros entraron a la mina y encontraron un grupo de cadáveres apilados y, entre ellos, un cuerpo que colgaba de cabeza con el cabello rojo y rizado.

-Ese rumor al final era una certeza, siempre supimos que estaban ahí, pero luego obligaron a esos pirquineros a dinamitar el lugar y luego ellos fueron torturados, pero esa era la pista que siempre seguimos, a diferencia de muchas familias, nosotros supimos dónde estaban-, explica Paola. El hecho fue descrito en un reportaje de la revista “Cauce”, en 1984.

A fines de julio de 1990, el juez de Tocopilla de ese entonces, Jorge Cortez Monroy, acogió la querella y comenzó la búsqueda de Tognola y de los otros desaparecidos.

Paola dividía el tiempo entre su trabajo y subir al cerro “Tres puntas” con la ayuda de pirquineros, lámparas y camionetas cedidas por una empresa minera. Las mujeres cocinaban fondos de tallarines con salsa y otras comidas posibles gracias a los alimentos que les regalaban en algunos almacenes. No había dinero, pero todo se daba gracias a la solidaridad de sus vecinos de la ciudad. Los mineros se demoraban dos horas en bajar y cuatro para subir, lo que reducía el tiempo de búsqueda. Otras noches, en una especie de creencia de la zona, los lugareños dejaban guaipes encendidos en el camino desértico. “Para iluminarles la ruta de vuelta a casa”, les decían. En octubre habían encontrado los restos de los desaparecidos, solo faltaba su padre y quedaba poco para terminar la búsqueda.

El 5 de octubre de 1991, Marisol Ramírez -integrante de la Comisión-llegó hasta el lugar donde estaba trabajando Paola. Tenía los ojos humedecidos.

-“Paolita, encontraron una mano, creo que es de tu papá”, me dijo y yo le respondí que me la mostraran, que la reconocería de inmediato. Ella me contestó que se iba a hacer un doble peritaje para no tener problemas. En enero de 1992 fue a verme el doctor Alfredo Sierra, me pidió que habláramos -a esas alturas éramos todos muy amigos- , me informó que ya habían terminado las pericias y me mostró el expediente de fotos. Era él, era su mano izquierda. Yo estaba en shock, me llevaron al desierto, grite y lloré, al fin pude desahogarme”, recuerda Paola y su voz se quiebra.

En octubre de 2001, el juez Juan Guzmán comenzó a investigar el caso y en noviembre de ese año viajó a la mina. El 16 de julio del 2002 procesó y declaró reos a Juan de Dios Salazar y a Luciano Astete por el homicidio calificado de 12 personas en Tocopilla. Al final, la verdad salió a la luz: en una de las etapas de investigación, el ministro Carroza estableció que el 19 de septiembre de 1973, Iván Morán Araya y Ernesto Moreno Díaz, tras ser llevados a la comisaría de Tocopilla el día anterior para un supuesto interrogatorio, fueron finalmente ejecutados por funcionarios policiales. Luego, el 6 de octubre, un grupo de seis detenidos fueron llevados al pique minero “Mina La Veleidosa” o “La Descubridora”, por los mismos funcionarios, donde un pelotón de fusileros integrados por miembros de Carabineros, Investigaciones, la Armada y el Ejército, les quitó la vida. Inexplicablemente, se sobreseyó a Juan Manuel Bonilla-uno de los implicados- tiempo después. En las declaraciones de la sentencia se deprende que quienes se dedicaron a interrogar y a torturar a las víctimas fueron Alex Cantín y Omar Valdivia, como parte de la Sección de Inteligencia de Carabineros (Sicar). La mayoría de las veces ejecutaron torturas con electricidad.

Según lo vecinos de Tocopilla, Cantín fue quien habría sufrido el cambio más brusco de personalidad tras el 11 de septiembre. Habría reprimido y torturado a vecinos que conocía; lo mismo sucedió con el doctor chino Roberto Hafon, amigo y padrino de Verónica, una de la hijas de Tognola. Tras el golpe fue acusado de encubrir las muertes desde el Hospital de Carabineros.

En 2007, Paola dio con la dirección de Alex Cantín en el sur de Chile y fue a la universidad donde trabajaba. Organizó una funa; dice que parte de su lucha es conseguir que no se olviden de lo que Alex Cantín, Ángel Calderón, Juan Bonilla y Gilberto Egaña, entre otros, hicieron. Que nunca nadie olvide la matanza de Tocopilla.

-La justicia ha sido lenta y poco asertiva, somos castigados por toda partes, tuvimos que esperar que dictadura terminara para tener algo de justicia y luego siguió la tardanza y nosotros éramos los que estábamos pegados, estigmatizados hasta le día de hoy. Algunos de los implicados ya están muertos, pero a estas alturas, por lo menos, Cantín ha pasado por los tribunales a declarar, pero justicia real no hemos tenido-, sentencia Paola.

En febrero de 1992, los restos de Tognola fueron trasladados a Santiago, donde se les dio sepultura definitiva en el Cementerio General en el mausoleo junto a sus padres, tal como Rosa le había prometido a Rómulo, su suegro.

-Ese día me quedé mirando la carroza en la calle de la Costanera que va hacia el aeropuerto de Tocopilla con una especie de vacío. Ahí me di cuenta que el objetivo de toda mi vida había sido buscarlo, buscarlo tanto. Ahora tenía que empezar de cero-, dice y se queda en silencio.