Después de graduarse del liceo, estudió en la facultad de medicina de la Universidad de Chile para entender mejor este deporte. Hombre muy serio, Allende empezó a ir a partidos poco después de ser adolescente, y a jugar competitivamente antes de cumplir treinta años.  En 1952, logró llegar al campeonato nacional, pero terminó en cuarto puesto. En 1958, después de seis años llenos de estudio y entrenamiento, llegó otra vez al campeonato nacional. Ahí perdió por poco ante Jorge Alessandri, el hijo de Arturo Alessandri, campeón nacional del año 1932. Los admiradores de Allende consideraron injusta esta pérdida, pero confiaban en que ganaría el campeonato en unos pocos años más. Muchos aficionados a la ruleta rusa pensaron que 1964 sería el año de Allende. No obstante, su tercera pérdida terminó siendo la más dolorosa. El campeón fue Eduardo Frei, un rival de Allende por mucho tiempo, quien había terminado en el tercer puesto —es decir, un puesto inferior—solo seis años atrás. Allende empezó a expresar su frustración, bromeando que en su tumba se debía inscribir: “Aquí yace Salvador Allende, futuro campeón nacional de ruleta rusa.”

Pero su dedicación al deporte lo lanzó otra vez más al campeonato nacional en 1970. Ahí se encontró con dos finalistas muy serios y, al final, los árbitros declararon a Allende campeón—solo por puntos, y después de mucha deliberación—.  De repente se encontró en una situación antes inimaginable: era el campeón nacional de ruleta rusa como siempre había querido, pero solo por un tecnicismo. Muchos chilenos, y no solo aficionados a la ruleta rusa, consideraron a Allende un campeón falso, y expresaron esta opinión abiertamente. La vanidad de Allende no podía aguantar estos insultos. Empezó a aislarse del mundo del deporte y dejó de confiar en muchos de sus amigos y colegas. Agitado, decidió invitar a toda la gente que había declarado “falsa” su victoria del campeonato a ir a su casa personal en Santiago para jugar ruleta rusa con él. Esta invitación claramente era seria, porque después de hacerlo, Allende contrató a uno de los entrenadores de ruleta rusa más famosos y respetados del mundo: Fidel Castro.

Muchos de sus rivales terminaron siendo perros que ladran pero no muerden. Por mucho tiempo, nadie aceptó esta invitación. Patricio Aylwin, uno de los deportistas más famosos de Chile, suplicó que era necesario destronar a Allende —un campeón totalmente falso, a su juicio—. Sin embargo, no se podía encontrar al hombre con el coraje necesario para hacerlo. Carlos Prats había rechazado su oportunidad; y Raúl Silva Henríquez también.  Finalmente, en 1973, llegó un contrincante conocido como general Augusto Pinochet. En ese entonces, era en gran parte desconocido, solo se sabía que era un militar; quienes le habían tratado dijeron que era un tipo muy solitario. Lo que sí resultaba evidente era que Pinochet quería arrebatar el título de “campeón nacional” de las manos de Salvador Allende.  Con la confianza de siempre, Allende felizmente aceptó la llegada de Pinochet, y decidieron jugar ruleta rusa el once de septiembre en la plaza de la Constitución, frente a la casa de Allende. Esa mañana, todo el público chileno encendió sus televisores para ver el torneo. Los periodistas deportivos hablaron por horas sobre las diferencias profundas entre los dos hombres, enfocándose particularmente en sus armas. Allende tenía un revólver clásico, un regalo de su entrenador, el Señor Castro. Pinochet, mientras tanto, tenía una pistola automática y muy nueva. Un dato no menor es que su arma, también era un regalo de su entrenador, un tal Henry Kissinger, quien recién había jubilado de su puesto como entrenador de harakiri en el sudeste asiático.

La expectativa era que el torneo duraría todo el día, pero Allende ganó en la primera vuelta. Ganó tan rápidamente que Pinochet ni siquiera tuvo la oportunidad de dispararse. Una victoria tan inmediata y decisiva solo había ocurrido anteriormente una vez en la historia de los campeonatos nacionales de ruleta rusa en Chile: con José Manuel Balmaceda en 1891. De esa manera, Allende dejó de ser un campeón por puntos, y se convirtió en uno de los campeones deportivos más admirados de su patria. Fue declarado muerto segundos después de su único disparo, y es cierto que murió feliz, sabiendo que por fin había logrado la meta de toda su vida: ser campeón nacional absoluto de ruleta rusa en Chile.  La informalidad de este torneo terminó siendo muy influyente. En los años siguientes, mucha gente ajena al mundo de los deportistas profesionales empezó a armar torneos de ruleta rusa sin sanción oficial. Muchos de ellos lograron gloria internacional, especialmente dos entusiastas seguidores de Allende: Víctor Jara y Orlando Letelier.