País

El luto de un 11 rodeando La Moneda como respuesta a Felipe Kast

Por: Richard Sandoval / Publicado: 11.09.2019
Hace sólo días el senador de Evópoli, Felipe Kast, abrió la polémica al tuitear que le parece increíble que en pleno 2019 sigamos hablando de Allende y Pinochet, “pegados en el pasado”. Y este 11 de septiembre, reforzando su idea de dar vuelta la página, dijo en radio Oasis que “claramente quedarse pegado en el pasado no ayuda”. Sobre el golpe, insistió con que hay que dejar atrás ese momento y mirar al futuro, con unidad. Pero, ¿para los familiares de los muertos, las mujeres torturadas, los trabajadores exonerados, los chilenos exiliados, es tan fácil sostener una idea así? Esta es la historia de quienes no se pueden subir al carro de un senador liberal que no mira hacia atrás ni a las consecuencias del ayer en las vidas de hoy.

“Ya estamos viejas, algunas están con enfermedades a los huesos, hay viudas de detenidos desaparecidos que se están quedando inválidas, pero nos seguimos parando igual, porque no hay que dejar de hablar nunca, hasta conseguir la verdad y la justicia, hasta que nos digan dónde están, hasta que se repare a las víctimas de las torturas. Cuando Felipe Kast dice que seguimos pegados en el pasado hablando de Pinochet y de Allende, es el fascismo el que se está manifestando de nuevo en él, el mismo fascismo que hizo caer al gobierno de la Unidad Popular y que hizo desaparecer a nuestros muertos. Eso es lo que él defiende”.

Uberlinda Mariangel está en la esquina de Alameda con Morandé, saluda a compañeras que no veía hace tiempo y sostiene un rostro de papel. Es Álvaro Vallejos Villagrán, detenido por la DINA, la policía secreta de Pinochet, el 20 de mayo de 1974. La pregunta sobre la cara de la fotocopia en blanco y negro insiste en no dar vuelta la página, al contrario de lo que  sugiere el senador e hijo de Miguel Kast Rist, ministro de esa misma dictadura que asesinó e hizo desaparecer el cuerpo de Álvaro y que aún no sabemos dónde está.

Uberlinda Mariange

Uberlinda Mariange

Metros más adelante está Gaby Rivera Sánchez, dirigenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Está vestida completamente de negro, lleva lentes de sol y una pequeña foto pegada en su pecho. Es su papá. Se lo arrancaron cuando era una niña. Gaby cree que aún no es momento de dar vuelta la página y así explica su postura:

“Nunca vamos a dar vuelta la página porque aún no encontramos a nuestros detenidos. Es vergonzoso que un senador dé esa opinión, porque el asesinato de la democracia se revive todos los días 11, el día en que se nos terminó la democracia a nosotros. La sensación en el aniversario 46 del golpe sigue siendo de mucho dolor. Llevamos 46 años con este duelo, pero parece que fuera ayer cuando cambió mi vida para siempre. Mi padre fue hecho desaparecer un 6 de noviembre del 75’. Siento que en Chile no se avanza en derechos humanos. Hay 1.201 detenidos desaparecidos y aún no encontramos ni al diez por ciento. Por eso este día, en septiembre, va a seguir siendo un día de luto”.

“Vestimos de negro porque es un día de angustia, pero también de fortaleza para seguir luchando. Mi papá era dirigente sindical de Chilectra, comunista. Yo tenía 14 años para el golpe y me acuerdo de  la pena que vi en el rostro de mi padre cuando encendimos la radio y decían que se estaba bombardeando La Moneda, luego de tantos años de democracia y lucha para lograr un presidente del pueblo. Jamás lo vamos a olvidar, éramos siete hermanos y el más chico quedó de tres años. Hemos buscado 45 años a mi padre y hemos logrado reivindicar su nombre. Y no nos vamos a cansar de buscar”.

“El negacionismo ha sido brutal. No es tiempo de dar vuelta la página, no es tiempo de ‘no quedarse pegados’. Es tiempo de reivindicar, hasta que se entregue la verdad y la justicia, hasta que se encuentre el último cuerpo. No sé cómo se sentiría Felipe Kast si sus padres fueran desaparecidos, si por un día no supiera dónde está algún familiar. No queremos que existan más detenidos desaparecidos en este país, porque para nosotros es una tortura permanente. Este ha sido el dolor más grande de nuestro pueblo, por eso no podemos dar vuelta la página”.

Juan, el padre de Gaby, apareció recién en 2001 en El Fuerte Arteaga. Los padres de cientos de familiares, todavía no aparecen.

Gaby Rivera Sánchez

***

El aroma de las flores frescas confunde. La vitalidad de los colores naturales evoca imágenes alegres, momento felices, pero también recuerda el olor de los cementerios. Vida y muerte coinciden a los pies de Salvador Allende, con una foto de Ana González de Recabarren pegada a la estatua cubierta de coronas. “Es el primer combatiente, Allende”, grita un hombre que pasa orgulloso, emocionado.

Gabriela Farías, dirigenta de la Fenpruss -el gremio de los profesionales de la salud-, recuerda que “como dirigentes sindicales tenemos la convicción de que es posible una sociedad más justa y que la riqueza alcance para todos, una sociedad mejor que esta individualista, capitalista; y como trabajadores de salud venimos a honrar a Allende porque admiramos las políticas que impulsó, muchas de ellas que se mantienen y que han permitido una población más sana y mejor nutrida. Como país no debemos olvidar el medio litro de leche, implementado cuando los niños y niñas pasaban hambre. Allende fue visionario”.

Justo frente a la puerta de Morandé 80, por donde salieron en calidad de prisioneros los funcionarios del gobierno de Allende, Alberto reparte rostros de detenidos desaparecidos, para que el manifestante que quiera lo tome y haga ese nombre suyo. Un adolescente recibe el de Muriel Dockendorff, militante del MIR detenida por la FACH el 6 de agosto de 1974. El joven la mira y se asombra. Parece tan joven como él, pero hoy nadie sabe dónde ella está. Alberto es un joven italiano. Está en Chile trabajando como voluntario para la agrupación de familiares. Pero la tortura, el genocidio, no son palabras ajenas a su propia historia. Su abuelo estuvo en campos de concentración nazis en Alemania y Polonia para luego convertirse en un sobreviviente.

“Cuando entregas un cartón con el rostro de un desaparecido, al principio te sientes como un niño, callado, observando y aprendiendo; y luego empiezas a sentir amor”, dice Alberto. “Compasión es lo que siento por lo que hicieron en Chile. Aquí se vivió lo mismo que en los campos de concentración en Europa, con otros nombres, con otros signos, pero es lo mismo”.

Es el momento justo en que una mujer le reclama a Alberto el cartón que tiene en la mano.

-Este es mi papá, me pertenece, lo tomaré yo- dice, con gesto tierno en los ojos-.

Alberto.

***

El Húsar de la poesía saca su encendedor y prende fuego a un libro, justo en la puerta de Morandé 80. Pero no es cualquier libro el que está quemando. No es uno de cubismo, como los que quemaron los militares chilenos pensando en que el movimiento artístico del cubismo se trataba de una apología al castrismo revolucionario. El Húsar de la poesía está quemando la Constitución del 80’, en un acto de sanación, una performance que hoy cobra más sentido que nunca.

“Es la tercera vez que quemo la Constitución en la puerta de Morandé 80, y lo hago porque acá se quemó la Declaración de Independencia por parte de un militar aberrante; fue un acto sangriento y lo que hago es una limpieza, una catarsis, una reivindicación de nuestra historia”, dice. “Así como ellos queman nuestra historia, nosotros también podemos quemar su sangriento legado. Esta Constitución fue realizada a sangre y fuego. Hay un mensaje aquí: está ardiendo la Constitución del tirano cada 11 de septiembre en Morandé 80”.

Húsar de la poesía.

La acción es observada por los integrantes del colectivo Historias Desobedientes, integrado por familiares de torturadores que no quieren tapar el pasado de su estirpe por las ansias del futuro. Verónica Estay es sobrina de un criminal de lesa humanidad y asegura que sus principios, como los de sus compañeros, son memoria, verdad y justicia. “No nos reconciliamos sin reparación, es muy fácil decir que hay que dejar de hablar de Allende y Pinochet, como dijo Kast, desde su posición; pero mientras no haya sanción en la medida justa, declaraciones como esas son inconcebibles”.

Lo mismo piensa Irene Cambias. Irene es una de las bailarinas de la cueca sola. Con su pañuelo rojo al hombro aporta con uno de los 46 pies de cueca frente al palacio de La Moneda, en la plaza de la Constitución. Cuarenta y seis danzas sin compañero que terminan con la vista baja, los ojos puestos en el piso, esperando hallar lo que se ha vuelto imposible.

“Es importante que la gente nos vea y que sepa que nunca los vamos a olvidar. Me gustaría que las personas que dicen que hay que dejar de mirar al pasado sientan, por un día, la desesperación que se siente al buscar a tu hijo, tu esposo, tu padre desaparecido, y no encontrarlo, a ver si pueden dar vuelta la página. Es muy fácil hablar cuando estás del lado de los opresores; pero en esta historia hay que solidarizar con las con los familiares de las víctimas”, dice Irene.

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