Opinión

Prendo el televisor a las 11 de la mañana y veo la Moneda en llamas

Por: Carmen Berenguer / Publicado: 11.09.2019
En la radio se escuchaba la voz del último hit de Janis Yoplin, Summertime, era septiembre 100 grados de hot y yo estaba wet. Y no imaginamos el mundo al que decidimos regresar.

Hoy 11 de septiembre Carlos Antonio, mi pareja, defiende su tesis de doctorado, prendo el televisor a las 11 de la mañana y veo la Moneda en llamas, en ese mismo instante me llama por teléfono y anuncia que pasó bien su disertación en Ciencias y que estamos listos para regresar a Chile el 17 de septiembre. Le cuento lo que veo en la pantalla que ya daba comunicados más seguidos. Fui a la cocina con desazón a prepararme un café con inquietud e inestabilidad, pues habíamos vendido todo y no teníamos ningún plan de quedarnos en aquellos momentos de incertidumbre.

En ese entonces la Universidad de Chile proponía la idea de apoyo económico de financiamiento para obtener el postgrado de Doctor en las universidades en los Estados Unidos, con el objeto de regresar y de ese modo contrarrestar la llamada fuga de cerebros. Nosotros estábamos en dicho programa.

Día 11 en la noche

Seguíamos recibiendo despachos de Chile acerca del bombardeo a la Moneda, aún no se sabía de la muerte de Allende, se mostraba La Junta Militar.
 Más tarde se anuncia la muerte, la trágica muerte de Salvador Allende y el último diálogo entre el general Pinochet y Allende. No es preciso describir lo que sentimos y nos colmó de ansiedad. Los bultos y maletas a medio hacer y los niños sentían nuestro mutismo y no querían irse a la cama.

Nos quedaban siete días para regresar y por supuesto fue difícil lograr comunicarnos con Chile, luego de intentarlo muchas veces lo logramos y pude hablar con mi madre, aún tengo grabadas sus palabras, “no se vengan”, y luego se cortó. Carlos llamó a su jefe de inmediato, –vénganse nomás, le dijo–, comenzó una serie de llamadas telefónicas a Chile para obtener más información, todos nos decían las mismas palabras. Entonces entendimos que quedaba en nuestras manos la decisión.

Nos habían conseguido un avión de la Fuerza Aérea para regresar con enseres y un auto en razón del proyecto de volver, pero ahora todo nuestro destino era incierto. Con esa incertidumbre nos fuimos a la cama.

Home sale

Las cosas cambiaron poco, el jefe de mi pareja le propuso quedarse por siete meses hasta encontrar un lugar con el fin de hacer su posdoctorado y debíamos pensar en esa posibilidad. Nos sentimos muy nerviosos, en un estado de inestabilidad y vulnerabilidad ante el incierto panorama y sus consecuencias para nuestro futuro.

Yo daba vueltas poniendo y envolviendo, ya que haríamos un home sale, con el objeto de vender y regalarles objetos caseros a estudiantes nuevos. De todas maneras teníamos que dejar el departamento.

Mi vecina Cherokee vino a informarme que al día siguiente me darían la despedida las amigas, y a ofrecerme ayuda para cuidarme los niños. Los chicos revoloteaban como nunca, mi pequeña, quería que la abrazara a cada momento. Rodrigo no se separaba de Miquel y de Tofer, sus entrañables amigos, intuyendo que de todas formas dejarían de verse.

El teléfono no paraba de llamar, amigos chilenos que especulaban acerca de nuestro destino sin que se lo pidiéramos.

No hables con nadie

Los días se nos hacían cortos e insoportables, obviamente el 17 tal como había sido organizado con antelación, ya no corría, y había que improvisar rápido.
 Pedimos una prórroga de la estadía en nuestro departamento por un mes. Eso me dio un respiro, Rosi y su prole llegaron a comentar las imágenes en la TV. Una hoguera donde con orgullo la Junta quemaba libros, nos dejaba sin habla, Eva que me había traído unas galletas de una receta de Puerto Rico, mientras decía escúchame si toman la decisión de irse, no hables con nadie, no opines nada, porque hemos visto mucho y a mi tía que vivió el fascismo en Italia sus parientes la denunciaron, te lo digo no confíes en nadie, yo soy mayor que tú y he visto y escuchado sobre estos regímenes, te lo pido por favor –mirándome fijamente–, prométemelo! Sí, sí, decía un tanto desconcertada, pero aún no sabemos nada.

Los niños ajenos jugaban en la arena del jardín comunitario de los departamentos Hook Drive, en la radio se escuchaba la voz del último hit de Janis Yoplin, Summertime, era septiembre 100 grados de hot y yo estaba wet.

Y no imaginamos el mundo al que decidimos regresar, donde nacimos y tuvimos historias de colegios y dejamos amigos. Era la hora de volver sin pensar que estábamos en el principio de un fin de esa historia y de lo que fue ese Chile…

Del libro Mi Lai (Mago Editores, 2015) 

Carmen Berenguer
Contenido relacionado

Gracias, amigx que tira agua con bicarbonato en una marcha

Chile: no hay peor gobierno que el que no quiere ver

Déjanos tus comentarios
La sección de comentarios está abierta a la reflexión y el intercambio de opiniones las cuales no representan precisamente la línea editorial del diario ElDesconcierto.cl.
Te puede interesar

“Chile en marcha”: una marcha que iba para otro lado

Francisca Fernández, antropóloga: “El Golpe (de Estado) en Bolivia es de extrema derecha, racista y fanático religioso”

Una dictadura perfecta