Cartas

Que viva el Chile de los que quieren ser felices

Por: Richard Sandoval / Publicado: 18.09.2019
Hay gente, reunión, nostalgia de la buena ¿será posible ser feliz un día? Embriagados, entre choclo y empanadas, entre vino y chicha fresca. No sabemos por qué. Qué será eso del orgullo patrio. Acá no está ni O’Higgins ni Carrera, está mi abuela. Una excusa, sin dudas, es la patria. Nadie lo sabrá explicar. Pero hoy estamos contentos. Que no nos molesten las angustias ni los intelectuales, los ladrones ni la burocracia. A esta casa no entra pena. Y si entra, que sea en la voz del viejo jugoso que se acordó de la señora muerta, para seguir brindando, emborrachado. Niñas vestidas de huasa corren dichosas por la plaza.

A estas horas a las familias ya les entró agua al bote. Es dieciocho y las tías buenas para el hueveo no paran de bailar. Cueca, cumbia, lo que venga. Ríen como payaso de circo, inventan las tallas más graciosas, absurdas, se molestan entre sí, y bailan. Bailan, bailan, bailan. Que se acabe el mundo en el escándalo. Hay melodías rancheras, y el viejo se acuerda de su mamita en el campo. Aparece una cueca brava, y la vieja se pone chora. La comida sobra para los guatones. Se levantaron temprano a cocinar en esta casa. Es un día tan especial. Lo venían pensando desde hace semanas, entre el pago de deudas y el arreglo de amores. Se pusieron todas bonitas. Hay que estar felices hoy. Nadie está de cumpleaños, no habrá regalos ni abrazos de Año Nuevo.

Hay gente, reunión, nostalgia de la buena ¿será posible ser feliz un día? Embriagados, entre choclo y empanadas, entre vino y chicha fresca. No sabemos por qué. Qué será eso del orgullo patrio. Acá no está ni O’Higgins ni Carrera, esta mi abuela. Una excusa, sin dudas, es la patria. Nadie lo sabrá explicar. Pero hoy estamos contentos. Que no nos molesten las angustias ni los intelectuales, los ladrones ni la burocracia. A esta casa no entra pena. Y si entra, que sea en la voz del viejo jugoso que se acordó de la señora muerta, para seguir brindando, emborrachado. Niñas vestidas de huasa corren dichosas por la plaza. Los perritos cargan sobre el lomo vestidos de gala recién comprados. La cueca sale de las casas, humeando. El olor a asado está impregnado.

El olor a carbón trae una jaqueca. Un pimentón se asa, solitario en la esquina de la parrilla, para el joven vegetariano. La gente se quiere abrazar. Los colores de la bandera son unidad para soltar la alegría. Y qué me importa a mí el heroísmo de una nación en deuda. Esta es la fiesta de mi barrio, de mi gente. La población se llena de humo en el día con la luz más brillante del año. En algunos pasajes colgaron las banderas de nylon de los años noventa. Son los pasajes más unidos y organizados. Un choripán se cocina en la vereda. Los niños lucen su mejor tenida de la temporada.

La tía curá hace su show de stand up comedy. Que la fiesta no pare. Que nadie se ponga triste, mierda. Ojalá que lo pase tan bien que mañana no me levante, desea el corazón chileno. Y qué viva Chile. Este Chile, el de los seres humanos que quieren ser felices. El de la identidad que se construye mirándose a los ojos y bailando apretadito, con un llanto entre medio de los hombres y mujeres.

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