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Opinión

Guaidó, el presidente imaginario

Por: Alejandro Navarro / Publicado: 25.09.2019
guaido / Foto: Getty Images
Guaidó ejerce una presidencia imaginaria sobre un país imaginario. En una Venezuela que no existe más que en su propia imaginación, porque por más que lo reconozcan como “presidente encargado” un cierto grupo de países, especialmente europeos, la realidad sobre el terreno, no dice otra cosa: Nicolás Maduro ejerce el poder popular efectivo sobre el país y sus instituciones.

Hace ocho meses que Juan Guaidó se autoproclamó “presidente encargado de Venezuela” y líder de la oposición venezolana. Hasta donde se sabe, lo hizo sin consultarlo con nadie. No testeó el acuerdo de los partidos de la coalición opositora que lo respalda, ni de los miembros del parlamento en desacato que él mismo integra. O sea, lo decidió por sí mismo con el solo respaldo de EE.UU., cuyo gobierno salió rápidamente a reconocerlo y a respaldarlo.

Guiadó, quien obtuvo cerca de 60.000 votos como parlamentario electo, pretende ahora presentarse como la máxima autoridad legítima de Venezuela, a pesar de que, a la fecha, carece de un gabinete de ministros, mando sobre las FF.AA. y adherencia social en el territorio. Vale preguntarse entonces, ¿sobre quién o quiénes ejerce poder efectivo Guaidó? Sobre nadie.

Bien lo dijo la Alta Comisionada de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, en una reciente entrevista. Guaidó es el presidente de la Asamblea Nacional y Nicolás Maduro es el presidente de la República.

Desde su autoproclamación, Guaidó supuso que todo sería como “coser y cantar”, pero nada le ha salido bien. Más bien hemos descubierto sus oscuras redes.

Ahora sabemos que el show de Cúcuta, se hizo con la complicidad de grupos de narcos y paramilitares colombianos denominados “Rastrojos”, tal y como lo demuestran las fotos que se tomó en la muy amable compañía de sus líderes que portaban armas, y quienes le proporcionaron la logística para su ingreso a Colombia.

En estos 8 meses, Guaidó ha malgastado miserablemente su tiempo en una empresa inútil e inconducente, intentando legitimarse como autoridad. Lo último ha sido suspender su participación del Grupo de Oslo, que busca en Noruega el diálogo entre oficialismo y oposición, y convocar al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) contra su propio país, abriendo la puerta a una intervención armada, además de respaldar un bloqueo inmisericorde en todos los ámbitos contra Venezuela, que afecta a la población y profundiza la crisis.

Guaidó ejerce una presidencia imaginaria sobre un país imaginario. En una Venezuela que no existe más que en su propia imaginación, porque por más que lo reconozcan como “presidente encargado” un cierto grupo de países, especialmente europeos, la realidad sobre el terreno, no dice otra cosa: Nicolás Maduro ejerce el poder popular efectivo sobre el país y sus instituciones.

Lamentablemente, el presidente Piñera acaba de insistir una vez más en reconocer a este impostor, mientras otros países se lo están pensando mejor ahora cuando “el choclo comienza a desgranarse”, y antiguos aliados rompen filas y se disponen a negociar con el gobierno.

Por lo demás, ahora mismo debería darse cumplimiento al acuerdo político de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) para proceder a rotar la presidencia de la coalición opositora, acuerdo que Guaidó se niega a cumplir.

Guaidó se niega a negociar y a pactar con el gobierno. A sabiendas que este es el único camino conducente y viable para encontrar una salida a la crisis. Sin diálogo entre las partes no hay solución posible; aquello es prístinamente evidente.

Por ello, el pecado capital de Piñera y el pecado imperdonable del Grupo de Lima es que en momentos en donde todo avanza hacia un gran acuerdo dentro de Venezuela, se apoya una opción armada como el TIAR.

La incoherencia es evidente, el desesperado protagonismo de Piñera al tocar suelo norteamericano y que se desata en Nueva York previo a la reunión con Trump, nos revela que no hay interés por los venezolanos, sólo existe interés en compensar el deterioro de su publicidad interna, el incumplimiento en la agenda nacional, su mal manejo de la economía, y sus promesas incumplidas, con una ofensiva externa de carácter populista a costa del pueblo venezolano.

Alejandro Navarro
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