Opinión

El liberalismo sin mañana

Por: Rodolfo Fortunatti / Publicado: 30.09.2019
Los liberales de hace treinta años no entienden hoy la lucha global a favor de la universalización de los derechos económicos, sociales y culturales. No aceptan y, por eso, carecen de respuesta al desafío ineludible de la universalización de la salud y la educación, de la recuperación del agua como patrimonio común de la humanidad y de las naciones, de un crecimiento económico que arrasa los equilibrios biológicos del planeta, de una muy injusta distribución del ingreso y de una pobreza multidimensional escandalosa.

Nuevos desafíos del liberalismo en el siglo XXI, es el nombre elegido por los promotores del seminario que reunirá en Centro Parque a un grupo de analistas y académicos de centroderecha.

Convocados por la Fundación para el Progreso, bajo el mecenazgo de Nicolás Ibañez —mismo que hace poco se quejó del mal trato dispensado a los empresarios por los gobiernos de la transición— y la dirección ejecutiva del revisionista Axel Kaiser, los diez doctores y solo dos doctoras invitadas tienen la tarea de echar luces sobre el futuro de las ideas liberales y algo más.

Es razonable especular sobre el futuro del liberalismo; el mañana está abierto incluso a la extinción de ciertas ideas. Pero ¿es sensato teorizar sobre los desafíos futuros del liberalismo, lo cual entraña asumir que aún tiene algo que decir acerca de los retos futuros? ¿Pretendiendo que el liberalismo puede hacerse cargo del siglo xxi cuando todavía no salda las deudas de arrastre del siglo xx?

O aquí alguien padece anosmia hermenéutica, insensibilidad absoluta frente a la descomposición e impertinencia del viejo cuerpo de ideas, o, más acá de este debate y en un plano mucho más prosaico y mundano, la función latente del seminario es recuperar la presencia política del think tank, oscurecida por la salida de Mauricio Rojas y Roberto Ampuero del Gobierno y, especialmente, restablecer los puentes entre la derecha hegemónica y el nacional populismo representado por José Antonio Kast.

Hayek y la alienación política del individuo

Antes de hablar de desafíos y de mandar a nadie a la trinchera, lo primero que deberían hacer sus prosélitos es preguntarse cuál es el estado de salud del diversificado y, hoy por hoy, sincrético, arco de ideas denominado liberal ismo, y qué queda de su principio esencial, aquel según el cual todos los individuos nacen libres y con derecho a gobernar sus vidas. ¿Qué del individuo autónomo, no de la persona, aquella singularidad sublime que los humanistas franceses jamás disociaron de la comunidad, sino del hombre soberano en su conciencia y en su voluntad?

Antes bien deberían preguntarse por qué perdieron la hegemonía sobre el relato histórico y no les ha quedado sino lamentar que los ojos de la filosofía política se vuelvan, sin las inhibiciones culposas del pasado donde los había fijado el pensamiento único, hacia el neomarxismo y el comunitarismo.

Ninguno de sus exponentes, desde el padre del neoliberalismo, Friedrich von Hayek, hasta el justicialista John Rawls, supera la prueba del individuo libre y con derecho a la autodeterminación que se impone a sí misma la doctrina. Ninguno de los valores en virtud de los cuales procuran medir su eficacia las políticas liberales realmente existentes, la libertad, la justicia y el progreso, confirma la verdad y bondad de su manifiesto ideológico. ¡En ninguna parte del mundo!

De entrada, la contradicción entre la supresión de los derechos humanos, civiles y políticos y las garantías reservadas a la propiedad privada y al emprendimiento, exaltada por Hayek en La Constitución de la Libertad, pone de relieve el doble estándar moral del liberalismo.

Hayek fue políticamente consecuente con este doble estándar. Alabó las dictaduras de Salazar en Portugal, de Videla en Argentina, y de Pinochet en Chile, al tiempo que justificó la privatización de las empresas públicas (El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno, en palabras de María Olivia Mönckeberg), de las aguas, de la previsión social, de la salud, de la educación, de las relaciones laborales, así como la institucionalización de la llamada democracia autoritaria, tecnificada y protegida en la Constitución que nos rige desde 1980.

Estado mínimo y liberalismo económico, aún a costa de sacrificar la democracia y las libertades públicas, debería ser el programa a seguir de los liberales y, sin embargo, no lo es. Los liberales privatizan las aguas y aseguran el libre intercambio de los derechos de uso, pero a la hora de atacar la crisis hídrica generada por ese mismo régimen, convierten el Estado mínimo en el Estado interventor que corre raudo en auxilio de los empresarios de la agroindustria exportadora. Es la sequía, dicen. Es el Código de Aguas, se les replica. El ministro Antonio Walker anuncia que Hacienda añadirá la inédita cantidad de 42 mil millones de pesos al presupuesto para rentabilizar el negocio de la compra y venta de derechos de aguas.

¿Y qué decir de la privatización de las sanitarias? ¿Dónde está garantizada la libertad del consumidor? ¿Dónde el ejercicio de su derecho a un servicio de agua potable seguro?

Libertad económica y salvaguardias a la propiedad privada, postulan los liberales. Pero esto que vale para los controladores de las administradoras de fondos de pensiones, no vale para los legítimos dueños de los recursos invertidos vicariamente por ellas en distintas actividades económicas. Y entonces cuando en virtud de este principio liberal, los ciudadanos se movilizan y judicializan la demanda de su derecho, y cuando en el Congreso se presenta una indicación que permite a los cotizantes disponer de sus platas, los liberales lo reniegan subordinando las necesidades de los propietarios al interés de las corporaciones privadas que deciden por ellos. La renuncia del presidente de la Asociación de AFP no es algo fortuito; es síntoma de la descomposición de un relato liberal que no tiene cómo enfrentar los desafíos del siglo xxi, ni cómo deshacerse de las criaturas que lo persiguen desde el siglo pasado.

  1. Michael Pearson, CEO de Valeant Pharmaceuticals, multinacional que compra medicamentos en el mercado para elevar su precio y el de sus acciones, justificó su comportamiento liberal declarando que «la responsabilidad de su compañía es con sus accionistas, no con los clientes que dependen de sus medicamentos para vivir».

Rawls y la imposibilidad de la justicia social

Tampoco se salva el igualitarismo liberal de John Rawls que dio fundamento ideológico a las políticas económicas y sociales de la transición democrática chilena, y cuyo fracaso ha quedado terminalmente demostrado en las crisis globales del 2008 y 2016. Pues, si la teoría de la justicia de Rawls sirvió para frenar el shock neoliberal de la dictadura, resultó inútil para dar sentido a una nueva estrategia de desarrollo. Entonces todavía Chile tenía una sociedad civil organizada, un sindicalismo fuerte y un electorado movilizado y vigilante de sus derechos. Aún no había confirmado cara a cara y con sorpresa el desamparo en que lo había dejado la reforma previsional de José Piñera, uno de los más fabulosos experimentos liberales del siglo xx.

En aquella época los actores públicos que concurrían al consenso liberal estaban disponibles para domesticar sus demandas, agachando la cabeza ante los ministros de Hacienda y Trabajo, e incluso tolerando la irrelevancia acordada a las injusticias pasadas y a las reivindicaciones históricas, en aras de satisfacer las urgencias impuestas por la coyuntura y, claro, de dar vuelta la página respecto de la legitimidad de origen del modelo.

Los liberales de hace treinta años han envejecido con sus ideas, mientras emerge un mundo totalmente distinto al que esas ideas alimentaron. El mundo de las grandes corporaciones financieras, de los poderosos centros de mediación de controversias, de los macro tratados comerciales, de las redes globales de corrupción y tráfico de influencias, del clientelismo y la gobernabilidad transnacionales. Han visto infectarse, desacreditarse y vulnerarse las democracias representativas y los derechos del ciudadano y, en no pocas ocasiones han sido cómplices de la venalidad y la herejía. Han permitido que compartan sus tribunas y foros, a veces actuando en connivencia con ellos, los agentes negacionistas, racistas, clasistas, supremacistas y promotores del odio y la segregación social, todos enemigos del individuo y de su libertad intrínseca.

Los liberales de hace treinta años no entienden hoy la lucha global a favor de la universalización de los derechos económicos, sociales y culturales. No aceptan y, por eso, carecen de respuesta al desafío ineludible de la universalización de la salud y la educación, de la recuperación del agua como patrimonio común de la humanidad y de las naciones, de un crecimiento económico que arrasa los equilibrios biológicos del planeta, de una muy injusta distribución del ingreso y de una pobreza multidimensional escandalosa.

También para ellos sigue latente, lacerante y sin réplica la observación general que hace 171 años quedó grabada en las páginas del Manifiesto del Partido Comunista:

«La moderna sociedad burguesa, que se levanta sobre las ruinas de la sociedad feudal, no ha acabado con los antagonismos de clase. Lo único que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas formas de opresión, nuevos modos de lucha, que han venido a ocupar el lugar de las antiguas».

Rodolfo Fortunatti
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