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Contra el desalojo: La lucha de las mujeres del Cerro18

Por: Carolina Rojas @carolarojasn / Fotografías: Nicole Kramm. / Publicado: 07.10.2019
Fotografía: Nicole Kramm. / Fotografía: Nicole Kramm.
Son más de cien personas que viven en el sector de Cerro 18 sur de Lo Barnechea, quienes debido a su precaria situación, fueron construyendo a pulso decenas de mediaguas. En junio, el alcalde Felipe Guevara ordenó su desalojo. La batalla de los vecinos para no abandonar los faldeos dejó al descubierto el hacinamiento y el gran número de familias que hoy viven de allegadas en la comuna. La demolición de las viviendas es inminente, pero las mujeres del campamento se organizaron y dicen que pelearán hasta el final.

Es un viernes frío de octubre. Myriam Meza (38) comienza en Avenida Lo Barnechea el largo camino hasta su casa. Avanza con pericia por los atajos de tierra y piedra de la ladera sur del cerro 18, como una equilibrista acostumbrada a esas lomas. Tiene el pelo negro y una sonrisa cálida. Dice que para subir, en ocasiones, pueden usar el funicular. De todos modos, desde allí, se llega a pie por un camino empinado que solo se puede recorrer a través de cien escaleras.

Una vez arriba, la brisa golpea.

Hace cuatro años, cuando no había ni un solo madero en pie y todo estaba poblado de litres, Miryam llevó a sus tres hijas a la ladera sur del cerro y les hizo una promesa: “Niñas, ¿les gusta la vista desde acá? Bueno, en este lugar vamos a poner nuestra casa algún día y cada una va a tener su pieza”. Sus hijas sonrieron incrédulas y siguieron jugando.

Era una época difícil: ella se había separado de su segunda pareja y quedó en la calle. Una amiga la recibió en su casa, pero sus hijas tuvieron que quedarse en la casa de sus abuelos. No quería seguir separada de ellas, tampoco quería seguir viviendo con las incomodidades de la vida de “allegada”. Junto a otras amigas que habían nacido en la comuna –y estaban en la misma situación- decidieron habitar esa ladera.

Primero fue ella y una vecina. Con la ayuda de amigos se hicieron paso entre quebradas pronunciadas a punta de picota. Había que dejar plano el terreno. Lo más difícil fue subir los materiales. Cargó más peso de lo que su cuerpo soportaba.

-Yo no me podía rendir, pero subir las planchas de madera volver a bajar, era desesperante; en muchas ocasiones lloraba sentada del cansancio -recuerda.

Al llegar a su casa, abre el portón de madera y la sale a saludar “Yika”, una gata blanca con manchas negras que le pide atención. Está en medio de un jardín prolijo y florido. En el living, los objetos reposan en un orden singular: el comedor, un sillón rojo, las fotos de su familia. En el patio cuelgan unos tendederos con ropa recién lavada. El piso brilla.

-Para algunos puede parecer poco, pero esta es mi felicidad, mi casa -dice y sonríe.

Myriam es de esas mujeres que nunca se queda quieta, así mientras cuenta su historia, prepara café. Todo le ha costado cuatro años de esfuerzo, lo que ha podido costear con un sueldo de $380 mil como auxiliar de aseo en oficinas. Lo que vino después no lo esperó. Las protestas que han organizado y el posible desalojo ordenado por el alcalde Felipe Guevara (RN). Tampoco esperaba convertirse en una lideresa para los pobladores. Algunos han desistido, pero ella no se amilana, sigue en pie con sus vecinas para no abandonar el lugar.

-Tengo muchas familias en la espalda que no pueden quedar viviendo en carpa, es harta responsabilidad -dice orgullosa y su voz se vuelve un sollozo contenido.

Myriam Meza, una de las afectadas por el desalojo. / Fotografía: Nicole Kramm.

* * *

El Cerro 18 se ubica en el sector oriente de la capital, en la precordillera del valle de Santiago, adyacente al río Mapocho. Las poblaciones Cerro 18 Norte, Cerro 18 Sur y Villa Cerro 18 se establecieron a fines de la década del 80 como solución habitacional para familias en la línea de la indigencia que habitaban en campamentos en la ribera del río Mapocho.

Colindante al pueblo de Lo Barnechea, esa realidad convive con un paisaje donde se erigieron los mejores colegios particulares de Chile, clubs privados, caserones  y departamentos que se venden a los segmentos más que acomodados del país. Una comuna con viviendas de cientos de millones de pesos, pero donde también se pueden encontrar familias que viven del sueldo mínimo, mujeres que trabajan como asesoras del hogar, auxiliares de aseo, jardineros y reponedores de supermercados.

En el año 2014 el Movimiento de Pobladores por la Dignidad de Lo Barnechea (MPD), entregó cifras alarmantes: en la comuna existían cerca de cuatro mil familias allegadas, cantidad que habría aumentado estos últimos cinco años.

La vista desde una de las casas del cerro. / Fotografía: Nicole Kramm.

Myriam comenta que el primero de junio les llegó una notificación donde les informaban que tenían 15 días para desalojar el terreno. Por eso organizaron marchas para impedir ser echados a la calle en plena ola polar. Los reclamos dieron resultado y la Municipalidad de Lo Barnechea les extendió el plazo por tres meses. La fecha límite se cumplió el martes de la semana pasada.

“Ordénese el desalojo de todas las propiedades singularizadas (…) Ordénese la demolición, a costa del propietario, de las construcciones no autorizadas señaladas en el punto uno”, se lee en el documento fechado el 27 de mayo. Firman Vivian Barra, secretaria municipal, y el alcalde Guevara.

-Subieron casi treinta asistentes sociales con carabineros del Gope, querían que firmara la notificación, pero no firmé nada -recuerda Myriam.

La escalera de los 100 peldaños. / Fotografía: Nicole Kramm.

Después de la notificación, la mayoría de las mujeres quedaron desesperadas. Lloraron, se dieron ánimo, la sola imagen de sus casas en el suelo las deprimió por días, pero Myriam las sacó adelante.

-¡Ya chiquillas, vamos a seguir bajando con ollas, carteles, lo que sea, hay que dar la pelea -les dijo.

Allí estaban Fanny, Elba, Abigail, Olga, Daniela, Dominique, Nandi y tantas más. Sabían que si hay algo que desde el municipio no iban a soportar, es que se sacara la basura debajo de la alfombra.

Desde ese momento comenzaron a organizarse con más fuerza, siguieron las protestas afuera de la Municipalidad. Al principio fueron ocho personas, después llegaron a ser hasta 40 familias y cien niños. Desde la municipalidad les ofrecieron la compra de viviendas con subsidio y un fondo de 250 mil pesos, pero en la búsqueda se dieron cuenta que solo podrían optar a una casa en otras comunas como La Pintana, lejos de sus familias. Si el desalojo se concretara hoy, quedarían en la calle.

Como parte de la discusión reclaman que existe un terrero de 9,5 hectáreas que fue entregado por el ministerio de Bienes Nacionales para viviendas sociales, pero el alcalde lo ha propuesto para viviendas con crédito hipotecario, algo a lo que los vecinos no podrían acceder por su situación de extrema precariedad.

Fotografía: Nicole Kramm.

-El alcalde dice que es un terreno de integración social, pero de integración no tiene nada, sabemos que algunas cuestan desde 60 millones hacia arriba; acá a nadie le alcanza -explica Myriam.

Para ellas no ha habido una respuesta que las tranquilice. Poder optar a viviendas sociales dentro de la misma comuna sería lo óptimo también, pero el panorama es oscuro. El desalojo es inminente. Y sienten que la municipalidad ha reaccionado solo con ataques: les dicen que lo que hicieron es un robo, que todo esto es culpa de las familias que allí llegaron, que las van a demandar para desalojar.

La segunda protesta fue en 18 de junio. Fueron muchas familias y casi cien niños. Después, el primero de octubre, marcharon desde la Dehesa hasta la Dirección de Desarrollo Comunitario (DIDECO). Esa tarde, los carteles decían: “Somos de Barnechea, hijos del pueblo”, “Exigimos una solución habitacional para el pueblo de Lo Barnechea” y “Hace mucho frío para estar en la calle”. Interrumpieron el tránsito en Avenida El Rodeo. Llegaron todos los canales de televisión.

Myriam en la entrada de una pieza. / Fotografía: Nicole Kramm.

-Ahí salieron un par de asistentes sociales y abogadas de la municipalidad que nos miraban de pie a cabeza como pensando “estos rotos haciendo boche”, pero somos mujeres y las mujeres organizadas somos inamovibles. Por muchos años ha habido prejuicio en contra de los vecinos del cerro, sobre todo los del sector norte, y somos nosotros quienes combatimos la delincuencia, el micro tráfico, hacemos un filtro de quienes van a habitar esos espacios porque nos cuidamos entre todos -dice Myriam.

El alcalde ha dicho en los medios que van a presentar un escrito en Tribunales, que hay 17 familias que ya han accedido a la una ayuda y que desde la municipalidad están dispuesto a poner plata en las libretas para una vivienda definitiva.

Myriam lo refuta.

-Él no se ha reunido con nosotros; es más, en una de las últimas entrevistas que dio el alcalde, dijo que no entendíamos nada por ignorancia, que botábamos nuestros desperdicios a la calle. Nosotros tenemos de todo construido con esfuerzo, hasta alcantarillado. Para él somos unas antisociales y algunos no tendrán acceso ni a la ficha de protección social -reclama.

La división de ciertos sectores. / Fotografía: Nicole Kramm.

* * *

Daniela Larraguibel (35) acaba de hacer dormir a Amanda, una pequeña de diez días. Es amiga de Myriam. Muestra su casa orgullosa, esos 40 metros cuadrados donde en el living ha podido instalar una mesa alta con dos sillas, una encimera y un refrigerador. Su mayor orgullo es la pieza de su hija Antara, de 11 años: una cama con un plumón de detalles rosados, varios sombreros colgados de una pared y una frase escrita con pintura negra que reza:“No dejes que nadie apague tu sonrisa”.

-Ella despierta feliz acá, con esa vista, este es su lugar, su espacio, su casa -dice y sonríe mientras bebe un sorbo de bebida.

Después de que su amiga le hablara de este lugar, no lo pensó dos veces. Ahí estaba ella subiendo planchas por la ladera del cerro, detrás de ella dos amigos y Myriam o su “veci”, como la llama cariñosamente. De su libreta de vivienda sacó un millón doscientos mil pesos para comprar materiales, des las vigas hasta los últimos clavos.

-Cuando me separé, me tuve que ir a la casa de mis viejos, postulé al subsidio, me salió, pero las casas era muy cara, la más barata era en comunas muy lejos de acá. Luego se dio esta posibilidad y no lo pensé dos veces, tenía que darle un techo a mi hija -dice con una sonrisa y los ojos chinos.

Daniela y su hija. / Fotografía: Nicole Kramm.

Sus padres tienen una casa en una villa cercana. Ya no se imagina otro lugar para vivir. Trabaja en un supermercado part time, su nueva pareja es reponedor externo de una empresa de lácteos y están felices con este nuevo hogar. Confiesa que no concibe la posibilidad de irse de la comuna, sería dejar toda esa vida que funciona como reloj: ir a trabajar y salir a tiempo para pasar a buscar a su hija a una escuela que le gusta. Es algo que quiere replicar en un futuro con la recién nacida.

-Ese día de junio, cuando vinieron a dejar la notificación, fue una pesadilla, a varias personas les llegó la carta del desalojo y a mí me llego una que decía que me tenía que acercar a la municipalidad, no podía creerlo, no podía perder todo -confiesa Daniela.

Todos los recuerdos vinieron a su memoria: la construcción de la alcantarilla, el aislamiento de las casas para el frío en el invierno, su hija jugando a las muñecas con sus amigas. Toda la solidaridad que se ha tejido entre las vecinas.

-Cuando cocinamos nos prestamos un poquito de aceite, fósforos, un limón para evitar que una vecina tenga que bajar todas las escaleras hasta el almacén, aquí hay mucha apoyo, nos cuidamos entre todas -explica.

Daniela junto a Myriam y su hija. / Fotografía: Nicole Kramm.

* * *

Desde el funicular hasta a la Avenida Raúl Labbé, más de diez personas se detienen para a saludar a Myriam. Ella contesta rápido, amable, risueña. Su batalla le ha dado fama entre los pobladores, vieron en ella a alguien que los escuchaba. Su futuro probable es la política.

Cuenta que un día, cuando las familias ya estaban asentadas, hicieron un asado entre todos para celebrar y la plata alcanzó hasta para comprar helados para todos los niños. Ahora todo eso podría terminar.

-Mira, desde acá se ve mi casa, la de la bandera chilena, si es tan re linda -dice apuntando el cerro.

Daniela Larraguibel. / Fotografía: Nicole Kramm.

Es la hora de ir a buscar a sus hijas al colegio, hay un taco enorme de camionetas cuatro por cuatro en la salida de la iglesia de Santa Rosa, que a esa hora está atiborrada de señoras rubias. A pocos metros, en uno de los paraderos, un grupo de mujeres espera la micro. La mayoría son asesoras del hogar.

Mientras camina con las manos en los bolsillos, Myriam dice que quiere darles un futuro mejor a sus niñas, la posibilidad de que sean mujeres profesionales para que nunca tengan que depender de nadie. La del medio, por ejemplo, quiere ser diseñadora de vestuario. Dice que cuando trabaje, la va a llevar a conocer París y Japón.

-En una de esas todo eso se cumple, todo esto es por ellas… Y hay que ser valiente. Una vez me encontré con la abogada de la muni y yo le dije que no me voy a ir de Barnechea, y el día que lo hiciera iba a ser mi decisión, no porque me echaran. No voy a romper la promesa que les hice a mis hijas -dice antes de despedirse.

Myriam desde el patio de esa casa que no quiere abandonar. / Fotografía: Nicole Kramm.

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