Vieja operaria pobre, divina clase media, adorado jornalero ejemplar, levántese más temprano, no sea floja, no me eche a perder mi gobierno y los mejores tiempos que le traigo, esfuércese y así podrá llegar a fin de mes. Sabemos que usted puede.

El consejo resuena así en las periferias de la gran ciudad fracturada. El mensaje de Juan Andrés Fontaine, ministro de Economía, ha llegado a Bajos de Mena, Pudahuel Sur y Quilicura. Madrugue mi peón, que así el de arriba le ahorrará algunas doradas chauchas.

Pero qué se cree este Fontaine, rey de patria rancia, pije tibio con retraso de feudo, patrón de hacienda decadente en barrio cívico, mensajeando a su inquilino poblador. Es la costumbre del poder, del caminar diario con los trajes del que tiene lo que los demás no tienen, lo que le permite lanzar tales ofensas como si fueran efectivos buenos consejos; tales disparos, escupitajos venenosos de boca tan educadita, tan estudiada, tan posgraduada, y tan alejada de lo que viven quienes trabajan, con los brazos cansados, con las piernas de mujer llenas de varices, mucho más que él y sus colegas con sueldos más que millonarios ¿No quiere que sus últimas luquitas se las coma la BIP y el panel de expertos que tiene una cláusula para que las tarifas sólo suban y nunca bajen? Entonces corra, póngase la parka, el gorro, tome la mochila, afirme la cartera y corra. Mire el reloj con espanto. Faltan solos dos minutos para que empiece el horario de precio alto, y aproveche el ahorro maravilloso que Fontaine, con sonrisa de Universidad de Chicago, le ofrece

¿No se dará cuenta?

Si usted quiere que le alcance la plata para llegar a fin de mes, no se acueste tarde, no ayude a su hijo en las tareas, no vea televisión, para que le sea más fácil despertarse en la mañana y tomar el metro en la generosa hora valle. Como si fuera un dios haciendo una promesa. Así actúa Fontaine y su ministerio de Economía diciendo que el que “madrugue será ayudado” con la tarifa del transporte. Pero no es solo el ministro. Es el gobierno entero. El gobierno que ya nos pidió rezar para que el país crezca más. El gobierno que llamó a entrar a las 7 y media al trabajo, para tardar solo veinte minutos en el viaje, y llegar así una hora antes, de vuelta, a la casa por la tarde, evadiendo de esa manera el debate de fondo de la Ley de las 40 horas.

Han perdido toda vergüenza, o quizás, nunca tuvieron ninguna vergüenza. Mientras en Ecuador el pueblo se levanta para hacer valer el poder popular, la voluntad de los de abajo, en Chile nos piden que ante el aumento del pasaje del Metro y de la micro, el esfuerzo lo hagan las propias personas ya esforzadas para evitar el costo mayor que impone el imperio de un gobierno feliz, triunfante, premiado en el extranjero.

Han pasado los años, con furia transcurren las décadas, pero para el selecto grupo de los políticos de derecha egresados en la Universidad Católica en los 70 y 80,los jóvenes forjadores del modelo de endeudamiento que echa a las profesoras viejas a pedir a la calle y a los cabros jóvenes a encalillarse en departamentos de tamaño de perro, parece que todo sigue en el siglo de los fundos reinantes de Colchagua. Es el corazón del Chile mostrado en las películas de Raúl Ruiz el que vomitan las palabras del inofensivo Juan Andrés Fontaine. El Chile manso, de enfiestados que olvidamos todo, que pacientes esperamos a ver cómo se sigue perpetuando el ethos abusivo de una nación, el espíritu del pisoteo que ante un aumento de precios, de luz, de agua, de pasaje, te manda a madrugar consciente de que la gallá seguirá agachando el moño, seguirá votando por los mismos, seguirá en la siesta eterna del peón chileno dominado. Porque en este democrático y justo país siempre, siempre, se puede aguantar un poquito más.


Director Noesnalaferia