Gran revuelo ha desatado en las redes sociales, en los periódicos digitales e incluso en los foros políticos, la relevancia adquirida por el discurso ambientalista de Greta Thumberg. Más de una picante polémica ha sazonado su enjuta figura, pasando de las declaraciones de amor a la interpelación odiosa en menos de 140 caracteres.

¿Cómo es posible que una adolescente venga a darnos lecciones sobre el cuidado del mundo?, se pregunta puerilmente cierta parte del mundo adulto. En línea con lo anterior, un afamado intelectual nacional, nos interpela: ¿Debemos tomarnos seriamente el mensaje fanático sobre la crisis ambiental de una niña? Son ejemplos de tales posiciones odiosas, que dejan ver ciertas formas de injusticia en relación al conocimiento y su alcance público.

El posicionamiento de Carlos Peña, de claro tinte platónico, es algo más elaborado que el adultocentrismo de la primera pregunta. El filósofo rey no solo desconfía de la posición del hablante (Greta, la niña), también del contenido de su discurso (su ligereza y fanatismo), como de los efectos del mismo (el paternalismo de reconocidos líderes progresistas), al tener a su base una matriz emocional. Para el intelectual, el discurso de la adolescente no cumple con las condiciones necesarias para ser aceptado por la razón pública, por ende debe criticársele en su capacidad de producir sentido razonable para la sociedad. Peña promueve otra forma de injusticia cognitiva en este punto, no hacia el hablante, sino hacia su discurso- no tan lejano de muchos discursos que promueven hoy la protección del medio ambiente-. Para señalarlo en simple, el discurso de Greta no se sostiene, no tiene validez y, por ende, no debe promoverse ni atenderse, debido a su fanatismo, emotividad y simpleza.

Ambos casos, la no credibilidad del hablante (la niña) y la no credibilidad de su discurso (emocional, simplista y fanático) son formas de injusticia cognitiva. La filosofa Miranda Fricker propuso hace varios años el concepto de injusticia epistémica, para dar cuenta de la discriminación que sufren grupos o individuos en relación a la posibilidad de posicionar su discurso y saber en la sociedad. Ambos casos son ejemplos de esto.

Ella identificó dos tipos de injusticias epistémicas, la testimonial y la hermenéutica. La primera se produce cuando los prejuicios llevan a un oyente a disminuir la credibilidad de los juicios de un hablante por un rasgo estructural y no situacional, en este caso referirse a Greta como la niña. La segunda remite a la ausencia o falta de recursos de interpretación colectiva que dificultan la comprensión de las experiencias de ciertos individuos y grupos. Acá la diferencia generacional presente en la columna de Peña contra Greta, muestra cierta incapacidad hermenéutica en su reducción a un discurso emocional, simplista y fanático.

Sin embargo, la controversia no termina en este polo. Otra arista con mayor profundidad se abre desde los cuestionamientos del propio mundo ambientalista. ¿Por qué una niña blanca, europea y de una clase acomodada puede exponer su discurso en el espacio público global con tal impacto?, se preguntan otros sectores de la sociedad que no tienen necesariamente el sitial de privilegio del filósofo rey u otros anti-gretistas declarados. Más acá de la desconfianza sobre quiénes financian el discurso de Greta- cuestión, desde mi punto de vista, importante de esclarecer en el contexto de las sociedades periféricas del neoliberalismo extractivista-, desde el mundo indígena y popular del tercer mundo, la pregunta anterior se acompaña de otra de mayor calado: ¿por qué nuestros/as luchadores/as sociales son perseguidos por defender el medioambiente, perdiendo incluso su vida?

Tales cuestionamientos entrelazan los dos tipos de injusticia en una sola, situándolas en el contexto social del capitalismo actual. El reclamo y desconfianza de grupos ambientalistas en las sociedades del sur global, frente a la resonancia y recepción del discurso de Greta, es legítimo. No solo moral también políticamente, pues lo que denuncian no son ciertas relaciones específicas de injusticia epistémica entre actores sociales en la sociedad- lo que el filósofo español Fernando Broncano llama la dinámica epistémica de una sociedad-. Al contrario, lo que expresan los cuestionamientos desde el ambientalismo del sur, es la existencia de una estructura epistémica de la injustica, relativa a la distribución desigual del saber, su circulación y su alcance (los efectos que produce), a nivel nacional y global. Esto remite a cuestionarnos la forma de distribución del conocimiento en la sociedad y los mecanismos de producción, uso y apropiación del mismo por diversos grupos y colectivos sociales.

No habrá justicia social sin justicia cognitiva (epistémica), nos dice hace unas décadas el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos. Reducir las formas de injusticia cognitivas o epistémicas que se dan en la sociedad, implica volver sobre los modos de participación en la configuración de nuestra comunidad política, es decir, a las formas en que los diversos saberes participen de y en la democratización de la sociedad. Siguiendo no tan de cerca, el debate originado por Greta y su discurso, creo que es hora de tomarnos el discurso ambientalista más seriamente, sin menospreciar a ninguno de sus hablantes. Lo mismo con la propuesta del sociólogo portugués. Lo anterior significa comenzar a valorar los reclamos y propuestas de las comunidades indígenas y de las luchas populares territoriales que deben enfrentar diariamente la depredación de su ambiente, incluyéndolos en la conversación sobre el presente, y el futuro, de nuestra vida en común.

 

*La columna es parte del proyecto Conicyt Redi 170473.


Investigador Ceder-Universidad de Los Lagos.