Cultura

Alfredo Castro vuelve a las tablas interpretando a un militar travesti

Por: Rodrigo Miranda, periodista y escritor / Publicado: 12.10.2019
Es difícil no salir asombrado de una función de la apabullante versión teatral de Excesos, libro del escritor chileno Mauricio Wacquez (1939-2000). Alfredo Castro está magistral al interpretar a un militar impune y travesti que no se adecua a su género normativo, una especie de opuesto literario de La loca del Frente de Lemebel, pero facho y de clase alta. Más que un homenaje a su brillante talento, este montaje es un recordatorio de la trascendencia de Wacquez, una suerte de Lemebel adelantado a su época.

Con un ritmo pausado y lleno de silencios, Castro transmite una poderosa pulsión queer, un soterrado grito de transgresión que problematiza la identidad de género. En una hora de duración, la obra avanza áspera, incómoda e implacable. Finalmente, la historia termina apoderándose del espectador que la presencia boquiabierto y atento al mínimo detalle.

Tras varios minutos de mutismo extremo, aflora la coexistencia, en un solo cuerpo, de signos masculinos y femeninos y la tensión que entre ellos se crea. Es un ritual: ojos, párpados y mejillas maquilladas, boca con rouge, uñas pintadas también de rojo, una bata semitransparente algo ajada, zapatos, tacones. Impresionante resulta la precisión expresiva del protagonista. Su rostro y cuerpo reflejan en forma descarnada la intersexualidad, el artificio, la imitación, todo lo que ese militar puede admirar del otro femenino y negar y ocultar de esa versión de sí mismo.

El espejo y el doble

Castro descolla con su pura presencia en el escenario y, junto al siempre sorprendente Felipe Zepeda, crea un personaje que proyecta la imagen de su doble opuesto en un espejo, deseando reconocerse en esa identidad rota y fracturada.

La impecable puesta en escena dirigida por Cristian Plana, compuesta por un sofá, un espejo, una lámpara y una radio antigua sirve de telón de fondo para el ensamble de cuatro textos de Mauricio Wacquez. El cuento Excesos –de una página de extensión, publicado en 1969 en Francia con prólogo de Julio Cortázar y en 1971 en Chile por Editorial Universitaria– se une a los textos Los domingos, La sonrisa en la boca y Frente a un hombre armado. El resultado es un poliédrico espejeo de identidades entre la luz y la penumbra. Habituado a atmósferas asfixiantes e inquietantes, Plana remarca la clausura y encierro al que es sometido el deseo queer con la omnipresencia de una monologante voz radiofónica.

Como lo hizo en Evita Perón (2001) y Los arrepentidos (2017), Castro encarna a un personaje femenino sin borrar su corporalidad masculina y lo convierte en una dualidad.

Con resonancias actuales, el montaje incluso podría aludir a la violencia y a los crímenes homofóbicos y transfóbicos que hasta hoy se producen día a día.

Excesos explora las tensiones entre literatura y teatro, represión y libertad, clóset y visibilidad, una exploración derivada de lo físico y también de lo onírico. El material resultante es un híbrido como lo es la estética travesti.Yo soy real, dice el personaje de Castro, quien hace un pacto con el imaginario femenino pero desde la irrealidad del artificio, el maquillaje, la máscara y la prótesis que trastoca el sexo anatómico.

Con asombrosa y fina sensibilidad, Castro articula la figura travesti, un cuerpo perseguido, reprimido, estigmatizado y vejado por las estructuras de poder. Una figura que representa la violencia ejercida históricamente contra todo sujeto cuya identidad de género no calce con su cuerpo. Ese conflicto pondrá en crisis la heteronormatividad y tensionará la masculinidad militar tradicional.

El militar y el travesti

En el texto literario y en la obra teatral, el poder masculino y sus estrategias de dominación se contraponen a los cuerpos que intentan desobedecer, diferenciarse y transgredir. Este repertorio de liberación y diversidad sirve de reflejo para su opuesto: los cuerpos reprimidos y violentados en dictadura por los militares. Frente a un hombre armado fue publicado en 1981 en Barcelona y es la respuesta de Wacquez al golpe de Estado de 1973 y a la dictadura chilena.

Los personajes transitan desde el uniforme de milico, icono por excelencia de la represión y la homofobia, a su antípoda, la estética travesti. A través de la ficción, el militar le levanta la bata y sodomiza a la travesti. Se consuma el acto sexual como práctica amenazante que recuerda escenas de represión y tortura, donde se flagelan y fragmentan los cuerpos y fluyen fluidos corporales, sangre y semen. La temporalidad y genitalidad queer se enfrenta a la pulsión de muerte y el deseo martirizado se ubica en ese umbral entre lo vivo y lo muerto, lo real y lo imaginario. 

Wacquez dijo respecto a Frente a un hombre armado: dominar y ser dominado, poseer y ser poseído son categorías dialécticas constitutivas de nuestra condición.

El personaje de Alfredo Castro representa la loca transgresora que a Wacquez le hubiera gustado ser, la performance de esa mariquita linda que la represiva sociedad de su época no le permitió protagonizar y que literariamente le tocó representar al eterno Lemebel y a un José Donoso escamoteado en la Manuela de El lugar sin límites

 

Excesos. Elenco: Alfredo Castro y Felipe Zepeda. Dirección: Cristian Plana. GAM. Alameda 227. Hasta el 27 de octubre. De Jueves a domingo. 21 horas. Entradas: $ 6.000 general, $ 3.000 estudiantes y tercera Edad. Mayores de 16 años.

 

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