Opinión

Un caso violento en la 8a Primavera del Libro

Por: Eduardo Farías / Publicado: 12.10.2019
Desde hace muy poco se está cuestionando éticamente cómo se relacionan los hombres con otras personas, las relaciones sujetas a violencia de género, de clase, de raza, etc. Antes podíamos ver sin asco en Youtube a Bukowski ebrio pegándole a su esposa. Hoy no. Hoy importa que Pablo Neruda sea un violador y un padre sin responsabilidad afectiva. Pues bien, el último caso de violencia, no de género, en este caso, sucedió en el primer día de la Octava Primavera del Libro, cuando el poeta Juan Pablo Urtaza agrede a Tito Manfred, editor de Jámpster Libros. Esto es condenable, repudiable y nos hace volver a preguntas fundamentales: ¿cuál es el sentido de publicar?, ¿publicar para construir una sociedad cultural y económicamente digna de un territorio sin explotación del hombre por el hombre y diversa, o publicar para construir una sociedad en la que autores se sientan con el derecho de agredir por solo el hecho de ostentar algún nombre o poder cultural?

En la construcción de la sociedad, hay ciertas profesiones y oficios que ostentan cierto poder económico o cultural, o ambas, por medio de los cuales las personas creen que carecen de responsabilidad por sus acciones. En la actualidad, es el fútbol el que ostenta el mayor poder económico-cultural. El caso de Arturo Vidal y el choque de su lujoso Ferrari es un claro ejemplo de la sociedad que estamos construyendo. La literatura, como todo arte, no se escapa de la misma lógica. Bourdieu lo habla a partir del concepto de campo cultural, por tanto en la poesía, por ejemplo, hay poder que se ostenta (Zurita), que se disputa (Novísima v/s Generación de los noventa), que se ejerce sobre otros poetas (Zurita v/s Verónica Jimenez). Así, la edición y la publicación de un libro es uno de los mecanismos para mantener el statu quo del campo literario, específicamente, como campo de fuerzas que luchan por poder, poder que luego usan de la peor manera. La publicación, la distribución y el marketing (la prensa y los premios) sirven para la venta de un libro y para el ego del escritor. Así, hay personas que creen que la literatura y el éxito de la edición de sus libros le entregan el poder para usarlo a su antojo: por ejemplo, agredir a otro editor. La literatura y la edición no pueden ser un camino al poder para el ego de escritores, no podemos replicar una lógica nefasta que ocurre en el resto de la sociedad.

Aunque es imprevisible poder notar sutilezas en la personalidad de un autor (si no es editor-psicólogo, por supuesto), un editor debe considerar las consecuencias que puede provocar una publicación en su modo de comportamiento, así pareciera ser ahora. La separación entre la vida y la obra del autor solo funciona para el análisis literario de cualquier obra y de libros de autores muertos como Neruda, pues es evidente que no necesitamos explicarnos un mensaje literario por medio de la vida del autor. Es posible ir más allá, supongo que la belleza puede nacer desde lo horrible. Ahora bien, este argumento se relaciona con la pregunta: ¿por qué no leer a autores machistas, violentos, racistas, clasistas? En la vida real y en la edición la pregunta es distinta: ¿por qué publicar a un autor nefasto si la escritura abunda? En la edición, la separación entre autor y vida no funciona, sobre todo cuando trabajamos con autores vivos. Es necesario asegurar por el bien propio, del catálogo y de los lectores, que no sean publicados libros de personas que usan la literatura para darle poder a su ego y con ello cometer atrocidades. No seamos cómplices de un juego que no es el de la edición, en la cual hay que participar de una manera cauta, ética y decente. 

Sin duda, el momento de sacar del catálogo un libro es una decisión difícil, primero por el embrollo en el que indirectamente se ve un editor y/o una editorial, y segundo debido a que la decisión afecta a la editorial en términos económicos o culturales, pues o pierdes ejemplares o pierdes credibilidad. Ante ese dilema, creo que hay que tener valentía y sabiduría como la tuvo Ajiaco Ediciones en su momento. Por lo demás, se sabe que la cantidad de material manuscrito es dos o tres veces mayor a la cantidad que se publica. No es necesario enceguecerse con un autor cuando la escritura abunda. A propósito, es interesante que la libertad de catálogo consistía justamente en la posibilidad de negarle la publicación a un título por su calidad literaria o por no ser parte del espíritu de la colección o de la editorial. Ahora también consiste en negar la publicación a un autor por su conducta para con el resto de la sociedad. No es difícil aceptarlo, en mi catálogo Neruda y Urtaza no entran.

Por último, más allá de las penas legales que correspondan a cada delito, es necesario que, primero, exista un protocolo sobre violencia de género, de clase, de raza para la edición de libros. Protocolo que nos permita adscribir como editores a una política ética de edición y, segundo, que nos ayude a tomar la decisión correcta ante un panorama que nos pone entre la espada y la pared, pues aunque no lo parezca, ayudamos a construir la carrera de un autor y nos ayuda a cimentar la propia. Un protocolo así ya existe como una primera versión, gracias al trabajo de la Red Feminista del Libro, organización que está trabajando a partir de la Ley Zamudio no solo este protocolo, sino que también la paridad de género en la lectura escolar. Solo nos queda esperar los resultados del trabajo de la Red Feminista para adscribir y aportar para que la edición y la publicación de un libro sea un acto para construir una sociedad libre de discriminación alguna, libre de la violencia innecesaria y despolitizada.

Eduardo Farías
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