Opinión

Del evadir al protestar. La explosión del malestar urbano

Por: Vicente Inostroza Sánchez / Publicado: 20.10.2019
chile / Foto: Agencia Uno
Estas protestas y posteriores disturbios urbanos aumentaron debido a: la omisión política del diagnóstico de malestar, la demora de voluntad gubernamental de solucionar estas injusticias sociales, la ineficiente comunicación política por parte de las autoridades, las oportunidades para expresar estos descontentos y, además, la respuesta policial desproporcionada al inicio con la creciente escalada de violencia que se alimentaron de las últimas decisiones en la fuerza militar.

Estos últimos meses, varias ciudades del mundo, como Hong Kong, Barcelona y Quito, han estado marcadas por la expresión de protestas sociales contra las autoridades y medidas políticas a través de disturbios urbanos. Santiago no ha sido la excepción en esta disrupción con sus respectivas demandas. Esa demanda empezó a estar manifiesta por una molestia netamente urbana: una nueva alza del Transantiago ¿La estrategia? Dirigida en una “evasión masiva” en varias estaciones de metro por parte de manifestantes y un considerable lema con el grito “evadir, no pagar, otra forma de luchar”. Pasando las horas, esta demanda se agrupó en un gran malestar, descontento e indignación por varias situaciones de injusticia social que han sido expresadas en la ciudad. Tan solo fue un espejo urbano y territorial de las injusticias sociales existentes.

El gobierno y las autoridades correspondientes solo se han pronunciado en las actitudes de protesta con respuesta policial temprana y desproporcionada en las estaciones de metro. Desde el comienzo, la ministra Cecilia Pérez consideró a los protestantes como “delincuentes” por evadir el pasaje y ocasionar disturbios en las estaciones. Se puede inferir que las autoridades no han considerado estos eventos urbanos como de protesta, sino más bien como actos puntuales, a pesar de que tiene un fuerte mensaje político y social con conexión en el sentir socio-urbano desde su inicio. Este diagnóstico llegó demasiado tarde en la cadena nacional presidencial, cuando la ciudad estaba convulsionada. Pero ¿cuál es el origen de este descontento? ¿Esta sensación de disconformidad por el precio del transporte (y a nivel general) estuvo presente desde hace tiempo? ¿Corresponde a la explosión de un malestar urbano que estaba encubierto y se conectó con un malestar social generalizado?

En definición, el malestar urbano es generado por los mismos aspectos de la vida urbana, dominado desafección, desesperación y melancolía por cierta utopía urbana (Fischer, 1973), y ciertos aspectos que han sido predominantes en las ciudades actuales como hacinamiento, contaminación, estrés e inseguridad (Quiroz, 2003). El malestar no solo puede entenderse en las subjetividades y realidades, sino que también en las conductas y expresiones como catalizadores de los descontentos, desde los reclamos formales de las organizaciones comunitarias hasta los disturbios que se ocasionan en la ciudad, como los clásicos ejemplos de Los Ángeles en 1992, en los disturbios de 2005 y los “Chalecos Amarillos” de 2018 en París, y el caso nacional de la Revuelta de la Chaucha en 1949. Este movimiento de “Evasión Masiva” es un evento de malestar urbano que cumple con estas dimensiones, con disconformidades por la ciudad (alza del transporte) y en la ciudad (manifestación en hitos urbanos), y que se están articulando con otras demandas y peticiones sociales en una cadena de equivalencias (Laclau, 2012) que se manifiestan en la ciudad.

¿Cuál es la génesis de estas evasiones masivas como protesta y disturbios urbanos? Principalmente, debido a una alta percepción social de encarecimiento del costo de transporte como detonante de un malestar general y un conjunto de causantes, escenarios y articuladores que llevaron a la expresión de esta tensión socio-urbana. Por un lado, si examinamos indicadores de malestar por la ciudad en la capital, uno de los máximos indicios de disconformidad radica en elementos de economía urbana. Según los datos analizados de la Encuesta ELSOC-COES en los años 2016 y 2017 para el Gran Santiago, 8 de cada 10 personas considera que el precio del transporte ha encarecido, superado únicamente por la percepción de encarecimiento de las viviendas con aproximadamente un 90% que están de acuerdo o muy de acuerdo con esta sensación. Esto supera significativamente algunos ítems de insatisfacción con la residencia y otros conflictos simbólicos, pero estos malestares aumentan y se acompañan junto a dicho descontento urbano a menor nivel socioeconómico y mayor segregación urbana.

Acompañado con esta percepción fundamental del costo del transporte, se puede armar un cóctel de sensación de malestar con los largos tiempos de viaje en el transporte, algunas experiencias negativas en el viaje (ir apretado en el metro o esquivar palomas para no dañar la vestimenta del día en estaciones de altura), otros tipos de malestares urbanos y sociales, causas estructurales de la segregación en la ciudad, entre otros. Este tipo de malestar urbano ha estado presente, contenido e incubado en sectores sociales sin espacios de expresión política. El escenario es óptimo para la articulación de las demandas si no se empieza a atacar las injusticias sociales de manera profunda y desde su origen.

Por otro lado, hay diferentes detonantes, escenarios y articuladores que confluyeron en este escenario de disturbios y protestas urbanas. Primero, esta nueva alza del Transantiago ocurre en un mes laboral y álgido, a diferencia de otras alzas que se comunicaban en meses más inactivos en la ciudad. Se refuerza, entonces, la poca conexión comunicativa entre las decisiones del Panel de Expertos y la ciudadanía que no comprenden los reajustes mediante el polinomio y el comportamiento de la demanda, cuyo descontento aparece con menor fuerza en dichos meses de menor actividad urbana.

Segundo, y anclado con lo anterior, ha habido una falta de voluntad política en discutir mecanismos que permitan una baja o variación en la tarifa, como la evaluación de modificar del artículo 15 inciso 4 de la ley 20.378, donde dicho panel no puede determinar una disminución de tarifas mientras esté vigente el subsidio de transporte hasta el 2022, ente otras iniciativas que permitan bajar y aliviar el costo del transporte público. Pero esto se viene advirtiendo y aconsejando desde hace tiempo. Personalmente, escribí algunas recomendaciones en la carta al director “Evasión versus Alza del Pasaje” en febrero de 2017 en un diario de circulación nacional. Este es solo un ejemplo de las advertencias de considerar las molestias de la ciudadanía y se puede replicar a las demandas sociales que se articulan con esta protesta social, incluso fuera del Gran Santiago.

Tercero, y una de las causas más importantes, corresponde a la ineficiente y, a veces, humillante comunicación política ante esta nueva alza tarifaria y el manejo de la crisis. Los ejemplos abundan: “quien madruga puede ser ayudado con una cifra más baja” (Juan Andrés Fontaine), con caso omiso a las personas que viven en la periferia urbana; “las flores han bajado un 3,7% los que quieran comprar” (Felipe Larraín), ignorando el alza del transporte; “no tienen argumento para protestar ya que los escolares no tuvieron ninguna modificación” (Gloria Hutt), desconociendo que las demandas de los estudiantes son sociales, que afectan a sus familiares y sin considerar que un estudiante de la comuna de El Monte tiene que pagar 4 o 5 veces más que el pasaje escolar del Transantiago. Las declaraciones inoportunas suman y siguen. Más que tomar atención a este descontento, socavaron aún más la desafección y desconfianza institucional, y aumentaron el sentimiento de malestar que sufren miles de santiaguinos en su rutina urbana diaria con estas declaraciones. No queda tiempo para que las autoridades y políticos puedan reflexionar sobre estos dichos o actos.

Se suma un cuarto elemento crucial correspondiente al rol de los estudiantes secundarios como articuladores principales de este movimiento. Junto a otros actores que se han ido sumando, canalizaron una nueva demanda presente en la sociedad demostrada en los datos anteriores. También se encontró el escenario principal para la expresión de este malestar en un símbolo urbano como el Metro de Santiago con distintas expresiones, desde evasiones grupales hasta los destrozos sufridos en las estaciones. Tampoco hay que obviar otras condicionantes como, por ejemplo, la influencia de otros casos de malestar social en el escenario internacional (Quito, San Juan, entre otros).

En definitiva, estos eventos corresponden a una explosión del malestar por y en la ciudad canalizado por el alza de transporte público y articulado con otras demandas de injusticia social, incubados desde hace un tiempo en la sociedad. Estas protestas y posteriores disturbios urbanos aumentaron debido a: la omisión política del diagnóstico de malestar, la demora de voluntad gubernamental de solucionar estas injusticias sociales, la ineficiente comunicación política por parte de las autoridades, las oportunidades para expresar estos descontentos y, además, la respuesta policial desproporcionada al inicio con la creciente escalada de violencia que se alimentaron de las últimas decisiones en la fuerza militar.

Debemos empezar a sacar diferentes lecciones profundas y estructurales de estas manifestaciones. Tal como se condena los actos vandálicos en estos disturbios, también se debe empezar a condenar otras violencias sociales en el origen de este malestar. Es una lección, también, al manejo comunicacional de las autoridades y a la consideración urgente de estas demandas que acompañan a estos movimientos. Por último, estos tipos de malestares se deben diagnosticar y solucionar con anticipación, sin esperar que ocurran hechos de disturbios generalizados y que ocurran en otros territorios para considerar estas injusticias. Y lo anterior es considerado para otros tipos de malestares sociales que componen estas protestas. Empecemos la discusión del malestar desde su origen expresados en la ciudad.

Vicente Inostroza Sánchez
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